La joven corrió y fue abriéndose paso entre las flores del campo que en esa época del año atestaban el campo. Había permanecido demasiado tiempo admirando la naturaleza y de seguro Gerti estaría molesta con ella por no llegar a tiempo.
Deteniendo su carrera, Angelina Azulino observó el frente de la mansión sin dejar de sentirse impresionada, como siempre. No era una casa cualquiera, sino que era un palacete levantado en medio de un enorme jardín que se extendía hasta hacer uno con la vegetación del campo.
Al norte de la mansión se apreciaban las bodegas de selección, procesamiento, fermentación y distribución del vino. La logística relacionada con este sector, hacía posible la transportación de vino a nivel nacional, y también internacional gracias a que los medios para transportar vino habían evolucionado.
En cuanto a los viñedos, estos se extendían por hectáreas cerca de las bodegas
Al este estaba la ciudad de Viñalinda y por la distancia parecía sólo una pequeña mancha de la naturaleza. La mansión estaba construida sobre un terreno elevado y por esa razón podía apreciarse todo el panorama de alrededor.
Cerca de la mansión había un pequeño establo que era el hogar de tres caballos.
Al oeste estaba otro campo de viñedos, el de Villanueva, así como la casona y bodegas de dicha propiedad.
Ahora bien, las viñas habían salido de su hibernación y los trabajadores del campo Romelí efectuaban la primera cava y se les podía ver de un lugar a otro en los viñedos, labrando la tierra, sepultando las malas hierbas, abonando y tratando el terreno para erradicar los insectos que eran perjudiciales para los viñedos, no obstante, en la campiña Villanueva era poco el movimiento que se observaba.
Al sur de la mansión Romelí, como a un kilómetro de distancia y la única oculta por haber sido construida en un pequeño claro en medio del bosque, estaba la casa que Angelina o Angie, como la conocían todos, habitaba con su madre enferma y su hermana Edith, de diecinueve años.
Angie había obtenido el puesto de asistente de administrador al morir su padre dos años atrás. En ese tiempo, a ella le faltaban algunos estudios para recibir el certificado que la acreditaba para ocupar su lugar, así que Gerti, profesora de la universidad en administración y gestión de empresas, había aceptado cubrir el puesto en la mansión y tomado a su cargo la capacitación de Angie, por lo que bajo su tutela, la chica había conseguido la certificación unos días antes.
El señor Romelí la apreciaba bastante y estaba contento de que la joven ocupara el lugar de su padre, a quien había querido como a su mejor amigo, pero desde unas dos semanas atrás, una amenaza se cernía sobre la mansión y por eso aún no había reemplazado a Gerti.
La amenaza presagiaba cambios.
Los Romelí eran una distinguida familia que la tragedia había marcado. Tres años atrás, la señora Romelí y Laura, la hija única del matrimonio, habían muerto en un trágico accidente aéreo. El viudo no había podido recuperarse de la pérdida de sus seres queridos, así que se había mudado a la capital del país y alguien de su entera confianza llevaba el negocio de los viñedos.
Y fue por medio del encargado de confianza, que les llegó la noticia de que el señor Romelí había vendido la propiedad.
Una dura realidad que les dolió a todos, porque estimaban mucho al señor Romelí, así que muy triste, el día anterior, Gerti la había citado al despuntar el alba para volver a examinar con detalle la contabilidad de la propiedad. Tanto ella como Gerti querían entregar cuentas claras al nuevo dueño que se suponía, iba a llegar a su nueva adquisición por la tarde de ese día.
Dejando escapar un suspiro de aprensión por la desagradable noticia del cambio de dueño, Angie entró a la mansión dirigiéndose a la parte del palacete donde estaban situadas las oficinas, pues el señor Romelí siempre había preferido llevar los asuntos de su negocio desde la casa, de ahí que no hubiera una edificación apropiada para eso.
En uno de los muchos pasillos que había, se encontró con Alma y Susana, dos de las tres domésticas que apoyaban a María, el ama de llaves, en la limpieza de la mansión y las cuatro vivían ahíen la mansión.
—¡Es terrible! —exclamó Alma a punto de llorar—. ¡Es terrible!
Angie examinó el rostro arrebolado de sus amigas y preguntó sorprendida:
—¿Qué sucede? ¿Por qué están así?
Ellas la abrazaron sin poder contener la angustia y Susana murmuró cortadamente:
—Nos echaron, amiga. Nos han despedido de nuestro trabajo.
—¿Cómo? —Angie las separó de sí y las miró con los ojos muy abiertos—. ¿Cómo que las echaron?
Ambas asintieron con la cabeza. Con largos suspiros de tristeza, Alma le informó:
—Al parecer, el nuevo dueño odia a las mujeres y no quiere a ninguna trabajando para él. Nos echaron a todas. ¡A ti también!
Como un balde de agua fría fueron para Angie las palabras de Alma. Dejó a sus amigas gimiendo su tristeza y continuó su camino a las oficinas.
Encontró a Gerti sentada en el mullido sillón detrás del escritorio. Permanecía muy quieta. Su pálido rostro mostró que la preocupación hacía de las suyas en ella. Su jefa levantó la mirada y sus ojos, detrás de los gruesos cristales de las gafas que usaba, se iluminaron por las lágrimas.
Editado: 24.10.2026