*Se recomienda discreción. Lectura solo apta para jóvenes adultos.
En el pasillo, Angie se secó las lágrimas. No era tiempo de llorar, sino de buscar una solución a su nuevo problema. Ya controlada, se dirigió a la cocina en donde encontró a Edith, quien estaba muy entretenida haciendo un pay de queso.
—Hola —la saludó Edith sin dejar de engrasar el molde donde hornearía el pay—. ¿No es temprano para que estés en casa? ¿Está mamá descansando ya?
—Sí a las dos preguntas. ¿Por qué la dejas salir si sabes lo mal que le hace exponerse al sol?
—Angie, mamá no es una niña que podamos controlar a nuestro antojo.
Angie suspiró y luego aceptó:
—Cierto. ¿Te ayudo?
Mientras respondía, Edith vació la pasta preparada para el postre en el molde engrasado.
—No, gracias. ¿Por qué regresaste tan temprano?
Angie tomó asiento ante la mesa y miró a su hermana abrir el horno para introducir el pay. Suspiró y con voz tenue, dijo:
—Me despidieron.
La puerta del horno fue cerrada con violencia. Edith miró con incredulidad a la hermana mayor.
—¿Cómo que te despidieron? ¿Por qué?
—Al parecer, al nuevo dueño no le gustan las mujeres.
Edith marcó el tiempo de cocción en el panel y después se sentó ante Angie.
—¿Cómo que no le gustan las mujeres?
Angie levantó los hombros, fastidiada.
—No lo sé. Eso fue todo lo que me dijo Alma. Según ella, el nuevo dueño odia a las mujeres y así debe ser. Nos despidió a todas.
—¿A todas? ¿A Gerti?
Angie asintió.
—¿También a María?
—A todas.
—¡Pero María tiene casi tres décadas al servicio de los Romelí!
—Pues ya no las ajustó. Así que quedó en dos décadas y tres cuartos.
—¡Esto es…injusto!
—Lo sé.
—¿Y qué pueden hacer?
Angie volvió a levantar los hombros. El fastidio multiplicado le regresó la ira que sintió en la mansión Romelí.
—Nadie quiere hacer nada, con eso de que según Gerti, nos indemnizó muy bien. Míralo por ti misma, espera...
Dejó un momento a Edith para ir a la habitación y tomar el cheque del bolso.
—¡Vaya! —exclamó la más joven al tenerlo en sus manos y ver la cifra—. Pues sí, es más de lo que la ley exige, pero…
No pudo concluir la oración. Miró preocupada a Angie, quien asintió al momento de decir:
—Si, Edith. Temo que este dinero no será suficiente ahora que no tenemos el seguro médico.
Los ojos de Edith se llenaron de lágrimas. Angustiada, preguntó con un nudo en la garganta:
—¿Qué vamos a hacer?
Angie deseó disipar la angustia de Edith. Ambas se parecían en facciones. Las diferencias entre ellas eran que la más joven tenía el cabello rubio, dorado como el oro, los ojos de un color aguamar cuya visión cuidaba con unas gafas de sol que solía usar como diadema cuando estaba en el interior y era unos centímetros más alta que Angie.
—No te preocupes, Edith. Yo no me voy a rendir. Por la tarde iré a ver si ya llegó ese señor. Tendrá que darme alguna explicación. Creo que la merezco. Todas merecemos que se nos explique el porqué de tan cruel despido.
Así que más tarde, Angie hizo lo dicho.
Después de comer y de haber ayudado a Edith a limpiar la cocina, regresó a la mansión a pesar de que Edith le sugirió que lo dejara para otro día puesto que las nubes se habían acumulado más en el cielo, aumentando la posibilidad de lluvia.
En la región, la etapa de lluvias era beneficiosa para los viñedos porque los revitalizaba, pero cuando estas caían fuera de la temporada, eran muy temidas por los bodegueros y viticultores ya que podían causar daño a los cultivos, así que al mirar el cielo gris, Angie estuvo de acuerdo con el deseo de su madre y rogó para que sólo fuera la última lluvia de la temporada y que no fuera muy abundante.
La chica desvió la vista de las alturas. Un rápido escrutinio a su alrededor le mostró que el mitin de las mujeres había terminado y ya no se veía a ninguna por ahí.
Aspiró profundo para controlar los nervios que sentía, luego pulsó con firmeza el timbre. Casi enseguida, un completo desconocido respondió al llamado, aunque la puerta se abrió solo lo suficiente para mostrar al individuo.
—¿Sí?
Angie examinó el rostro serio. Era joven, alto, delgado, moreno y ojos negros, pero lo más particular del hombre era su cabello rojo, o tal vez su horrible indiferencia, porque no correspondió a la sonrisa de ella.
—Quiero ver al señor —dijo la chica sin dejar de sonreír.
El desconocido la recorrió de cabeza a pies y preguntó con hosquedad:
—¿Qué señor? Aquí hay muchos señores.
Angie se irritó, pero trató de mantener la calma, aunque su sonrisa murió cuando dijo:
Editado: 24.10.2026