El robo de ese beso fue para Angie estremecedor, aunque no supo con certeza qué fue lo que la sacudió; si la sorpresa o la sensación maravillosa que le produjo, pues en contra de su voluntad, sucumbió a la pasión del beso.
Correspondió y probó, pero así de súbito como comenzó, terminó. Él la soltó apartándola con aspereza.
Ella lo miró, pasmada. Su respiración agitada mostró hasta qué punto la había dominado con su acción, sin embargo, Chris, totalmente controlado y frío, le informó:
—A esto me refiero. Ustedes las mujeres sólo sirven para esto. Son simples objetos de placer. Eso es todo. No sirven para nada más.
La indignación que Angie sintió al escucharlo, le permitió recobrar el control de sus emociones. Su orgullo herido le concedió la ira que necesitaba para levantar la mano y abofetearlo, pero él, más rápido que ella, tomó su mano en el aire, la miró burlón y luego la empujó hacia un lado de la calle, no demasiado fuerte, pero sí lo suficiente para hacerla trastabillar hacia atrás y finalmente caer. Angie quedó sentada.
Gritó, pataleó de impotencia y se sintió muy humillada.
Chris sonrió sarcástico al ver su berrinche, después se dio la vuelta y fue a subir a su auto. Al pasar por donde ella estaba, se detuvo, bajó la ventanilla y sin asomar la cabeza, ni siquiera mirarla, le gritó mordaz:
—¡Así que si quieres ser mi objeto de placer, ya sabes dónde encontrarme!
—¡Malnacido! ¡Cobarde! ¡Canalla! ¡Miserable! ¡Estúpido cretino! Ojalá que esta lluvia se convierta en un diluvio y siga lloviendo durante toda la primavera, que descienda a muchos grados bajo cero la temperatura y así se arruinen tus viñedos, truhán.
Y siguió gritándole calificativos poco dignos al malvado, deseándole lo peor, pero el sujeto se carcajeó burlón y sin dejar de reír, puso en marcha el auto y se perdió en la distancia, bajo una lluvia que repentinamente dejó de caer.
Pero la indignación de la chica no pasó y siguió soltando la letanía de insultos y no paró hasta que se desahogó.
Se quedó allí unos minutos mientras las lágrimas de rabia, caían. Cuando por fin se levantó, el cielo lucía abierto y la temperatura sin variación. El firmamento azul no dio indicio de que poco antes había llorado, a diferencia de ella que sintió irritados sus ojos por las lágrimas que se negaban a parar.
Se sintió muy dolorida, tanto físicamente por los golpes de las caídas, como emocionalmente. Aunque su ira había salido con los gritos, quedaron la tristeza y preocupación por no haber podido recuperar su trabajo.
Así volvió a su hogar, lamentándose por su mala suerte, aunque no entró a la casa sino hasta controlar sus emociones, pero aun así, la preocupación de Edith se hizo evidente en cuanto la vio.
—¡Angie! ¡Qué manía de olvidar aquí tu celular o de no responder las llamadas cuando te lo llevas!
—Lo dejé cargando, Edith.
—Pues no sé para qué lo quieres si siempre lo dejas acá “cargando”. ¿Qué pasó? ¿Pudiste hablar con él?
Angie se ruborizó al recordar el beso. Se mantuvo en silencio, porque la humillación que le hizo pasar la bestia, le robó el deseo de dar los pormenores. No podía hablar del bruto que le había robado su primer beso. Un bárbaro prejuicioso, arrogante, frío y con pocos sesos en la cabeza.
¡Cómo lo odiaba!
Se dirigió a la habitación para tomar el pijama y ropa interior; necesitaba una ducha. Además, la desagradable experiencia había enfriado tanto su alma que sentía mucho frío y sólo podía quitarlo de sí poniéndose bajo el chorro del agua tibia.
Edith la siguió al baño, ansiosa de conocer todos los detalles de la entrevista.
—Deja siquiera que me ponga ropa seca, ¿sí?
—¡Oh, sí! Perdona mi impaciencia. Tienes razón. Iré a prepararte una bebida caliente.
—Gracias, Edith. Me vendrá bien.
Así, mientras Edith se ocupaba en la cocina, Angie tomó la ducha. Se enjabonó y talló como si así fuera posible borrar el bochornoso encuentro, pero más que nada, quería borrar el recuerdo de ese beso que había sido dado para demostrar un hecho por demás denigrante.
Las mujeres sólo como un objeto de placer. ¿Cómo se le ocurría decir semejante cosa?
—¡Aggg! —se atragantó con el pensamiento—. ¡Qué estupidez!
¡Maldito desquiciado! ¿Quién se creía? Nació el deseo de hacerle tragar sus palabras, pero vio difícil conseguirlo. Como mujer, no podía entrar a la casa de los Romelí. Tampoco como objeto de placer. Ella no sería la amante de nadie, aunque ese nadie fuera el ser más hermoso que sus ojos hubiesen visto.
Salió de la ducha con dolor de cabeza por tanto pensar. Se reunió con Edith en la cocina y sentándose frente a su hermana, dio unos tragos al té que le había preparado.
—¿Y bien? —inquirió Edith, apenas dominando su impaciencia—. ¿Es gay? ¿Por eso odia a las mujeres?
Angie casi se atragantó con el té. Tosió al recordar otra vez el beso. Ese beso y sus palabras le mostraron que no era gay. Se ruborizó.
—¿De dónde sacas eso?
—No sé. Sólo pensé que si no quiere a las mujeres a su alrededor es porque es gay, aunque eso me confunde. Los gay pueden ser muy buenos amigos de las mujeres.
Editado: 24.10.2026