El Armario

Capítulo 5

La idea parecía una fantasía, no obstante, cuando Angie encontró el objeto, lo miró con emoción y su mirada brilló cuando levantó la peluca ante la atónita mirada de su hermana.

—¡Mírala, Edith! Jamás pensé en volvérmela a poner después de representar el personaje de don Juan Tenorio en el último año de preparatoria. ¿Te acuerdas cómo se divirtió papá cuando le mencioné el personaje que representaría, porque ninguno de los compañeros quiso aprenderse el diálogo? Tina, que hizo de doña Inés, estaba muy decepcionada por no tener un don Juan Tenorio masculino.

Angie suspiró por los recuerdos.

—Angie, no estás hablando en serio. Una cosa es que la usaste para la obra de teatro y otra muy diferente que la uses para pasar por un hombre. ¡No engañarías a nadie!

—Mírala bien, Edith. Es natural. ¿No es cierto que al final de la obra papá me dijo que si hubiera tenido un hijo, seguro se vería como yo con el disfraz?

—Sí, pero…

—¿No quiso decir con eso que sí parecía un hombre?

—No creo que se refiriera a eso, Angie. Quizás…

—¿Eso piensas? Estás equivocada.

—No, yo creo que papá sólo…

—Nada, nada, sé muy bien que a papá sí le parecí un hombre.

—¡Por Dios, Angie, ya deja de interrumpirme! —pidió Edith, exasperada—. Esa peluca para la obra estuvo bien, pero aquellos que te vieron seguro te reconocerán, se acordarán de tu personaje.

—No lo creo. —Angie centró su atención en la peluca. Frunciendo el ceño, sacó del cajón del tocador unas tijeras y cortó la coleta que caía sobre la espalda—. Ya está. ¿Qué me dices ahora?

A continuación, tomó su cabellera para recogerla sobre la cabeza y ponerse encima la peluca de cabello negro. Edith le ayudó a acomodarla. La miró preocupada al reparar que el estilo que había quedado, no la favorecía, así que le dio la forma apropiada. Dejó caer el cabello sobre la frente de Angie para ocultar las finas cejas. Ambas tenían conocimiento en cortar el cabello, puesto que ellas mismas se hacían el corte una a la otra. Su madre, que en su juventud fue estilista, las había enseñado.

Satisfecha con el resultado, Edith murmuró:

—No está mal. Estás loca, pero si no hay más qué hacer, te apoyaré, porque si mal no recuerdo, ya te había dicho que lo haría.

Angie se miró en el espejo. Era asombroso ver cómo una simple peluca podía hacer un cambio tan grande, acaso era porque se veía un poco más cabezona; su cabello debajo del postizo le daba volumen a su craneo.

—Necesito cambiar el color de mis ojos. De seguro que el malvado los vio bien. Si tuviera pupilentes oscuros sería grandioso.

Edith meditó un momento, luego se dirigió a la puerta, diciendo:

—El otro día que fui a surtir la despensa a Viñalinda, me pasé a la óptica a ver qué novedades en gafas tenía don Gregorio y me mostró algunos pupilentes. Recuerdo unos que son perfectos, así que espero llegar a la óptica antes de que cierre. Hermana, ruega para que no los haya devuelto ya, sabes que si no vende algo, lo regresa de donde vino.

Sin darle oportunidad de responder, Edith desapareció y mientras Angie escuchaba como se alejaba la camioneta que había pertenecido a su padre, susurró para sí:

—Espero, querida Edith, que ese gasto que vas a hacer valga la pena.

Y al pensar en el gasto extra, su estómago se contrajo de ansiedad y así, toda preocupada, aguardó a que su hermana volviera, ocupándose en algo para que la espera no se le hiciera tan larga. Fue a ver a su madre y descubrió que había despertado.

—Ya regresaste, hija —le dijo Marcela.

Su pálida sonrisa intentó asomar, pero sólo fue un esbozo.

—Hace rato, mamá.

Angie se inclinó para besarla en la frente y luego preguntó:

—¿Cómo te sientes? ¿Necesitas algo?

—Nada, cariño, sólo ver que ustedes están bien.

—No te preocupes por nosotras, mamá.

Angie examinó el buró con las diferentes medicinas. Entre estas se encontraban las recetadas inyecciones de morfina. La fuerte droga era una indicación de que Marcela debía estar hospitalizada, pero la señora Azulino no había querido ingresar al hospital alegando que si iba a morir, quería hacerlo en su casa. El médico de la familia era un viejo amigo del matrimonio Azulino, así que había permitido que se cumpliera la voluntad de la enferma e indicaba en la receta médica que la morfina sólo debía aplicarse si el dolor era insoportable. Las hermanas Azulino tuvieron que aprender a poner inyecciones y seguir cualquier consejo del médico para poder atender en casa a su madre.

—Tranquila, Angie. Estoy bien y no necesito la inyección —dijo Marcela con valor—. Escuché la camioneta.

—Oh, sí. Edith fue a Viñalinda a comprar algo que necesita para un postre. Ya la conoces, mamá, siempre está viendo que delicias nuevas hacer.

—Y no sólo hace postres. Su pasión por la cocina me sorprende a veces —dijo Marcela en medio de un bostezo.

Los ojos turbios de la enferma se llenaron de lágrimas, así que parpadeó para aclararse la mirada.




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