—El chico viene por trabajo —informó el acompañante de Angie en tono indescifrable.
—Gracias, Ray —respondió Chris mirándolo, aún sin moverse del escritorio—, pero ya sabes, amigo, no tienes por qué hacer esto. Tú sólo viniste a asesorarme, a ver que la administración esté correcta, no a ser el mayordomo.
—Descuida, no me molesta echarles una mano a tus empleados, es… divertido, ahora, mira bien a este chico.
Angie se encogió cuando los dos clavaron sus miradas en ella, así que no hizo nada más que mantener los ojos fijos en el suelo, sintiéndose cada vez más nerviosa.
—Me refiero a que si se le puede colocar en algún lugar —continuó Ray en tono neutral—. En fin, hazte cargo. Iré a montar.
Chris dejó de mirar a Angie para dirigir la vista a su amigo:
—Anda, se ve que esos caballos te han gustado mucho.
Ray era el único de los nuevos inquilinos de la mansión que había encontrado un deleite al montar los caballos que habían pertenecido a la familia Romelí.
—Los caballos son otra de las mejores cosas que hay por aquí.
Con eso se despidió. La partida del sujeto hizo que Angie respirara con más tranquilidad. Por alguna razón, Ray la había puesto más nerviosa que Chris, quien bajó la tapa de la laptop, cerró el cuaderno y el libro, tomó una carpeta que había en el escritorio y mirándola después de eso, le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
A Angie no se le olvidó agravar el tono cuando respondió, pero casi estuvo a punto de revelar su verdadero nombre.
—Ang…
—¿Ang? ¿Así te llamas?
—Ang… de Ángel.
—Ang, de Ángel, ¿cuántos años tienes?
—Veintidós, señor.
Chris abrió la carpeta y con una seña de la mano, le indicó que se acercara.
—¿La conoces? —le preguntó cuando estuvo frente al escritorio.
Ella observó la hoja que resultó ser su propio expediente de trabajo. Su fotografía a color y de tamaño credencial, estaba engrapada en la parte de arriba, al lado izquierdo. El ritmo de su corazón se aceleró y tuvo que someter el asombro de su voz.
—No la conozco.
Chris frunció el ceño. La miró con frialdad al decir:
—¿Cómo que no la conoces? Creí que aquí todos se conocían. La ciudad no es tan grande y muchos trabajan en los viñedos, ¿o no?
Ella tragó saliva. Evitó mirarlo cuando él fue a ponerse a su lado, tan cerca, que pudo sentir el calor de su cuerpo. No pudo evitar que los nervios se reflejaran en su voz cuando respondió.
—Ah, pues… no sé. Yo soy nuevo por aquí. Verá, estoy recién llegado a la región. Vengo de la capital. Vivo ahora en Viñalinda con mis tíos y ellos piensan que no debo estar de ocioso, así que al enterarse que había vacantes aquí, me enviaron. Sólo vine para complacer a mis tíos…
Se interrumpió cuando sintió la aguda mirada de Chris en pleno rostro. Deseó darle la espalda, pero logró controlarse, aunque le costó más trabajo al comprobar que el hombre era de verdad un gigante, quizás más para ella que no era alta.
—¿Nos hemos visto antes?
El esfuerzo de la joven para controlar el rubor traicionero de su rostro al evocar de repente el beso fue supremo.
—No lo sé —respondió y sintió alivio al lograr que su tono sonara indiferente—. ¿Le parezco conocido?
Él respondió con otra pregunta:
—¿Qué sabes hacer?
Con la misma indiferencia, ella se encogió de hombros y respondió:
—Lo que sea. Estudié contabilidad.
«Por favor, por favor, que me dé trabajo», rogó en silencio.
—Tal vez se te pueda colocar en el campo.
—Gracias —susurró la joven y parpadeó para no llorar.
Angie se sintió defraudada. Ese no era el trabajo que buscaba, pero tenía que conformarse. Lo importante era que había logrado incorporarse a las filas de ese sujeto.
—Preséntate mañana en la planta.
Al parecer, con esas palabras terminaba la entrevista, pero Angie no hizo nada por salir de la oficina hasta que Chris le dijo fríamente:
—Es todo.
Sintiendo que estaba por enrojecer otra vez, Angie se movió con rapidez a la puerta y salió. Afuera de la mansión, aspiró profundo para controlar los nervios. Dirigió la mirada a las ventanas de las oficinas y se sorprendió al descubrir que Chris la miraba. Se dio la media vuelta para alejarse de allí, temblando por la experiencia.
Mientras tanto, Chris la observó hasta que ella desapareció de su vista y luego permaneció ahí mirando el panorama. Después de unos minutos, volvió a su sillón en donde fijó su mirada en el expediente de trabajo de Angelina Azulino.
Pasó la mano por la fotografía.
Estaba convencido.
La chica de la foto era la misma que lo había atropellado en el puente. Sí, ella había sido la que lo arrollara por su descuido al andar a media calle. Ese día llovía, pero su belleza no pudo ser opacada con nada, sino que al contrario, le había parecido una ninfa saliendo del agua. Una criatura nacida para hechizar a cuantos se atrevieran a posar su mirada sobre ella.
Editado: 24.10.2026