La última porción del pay de queso desapareció del plato.
Adrián dejó el tenedor sobre la mesa con cuidado.
Después tomó el vaso de café frío y bebió el último sorbo.
Los cubos de hielo chocaron suavemente contra el cristal.
Clink...
Clink...
El silencio del Café Lluvia era distinto al del resto de la ciudad.
No era un silencio vacío.
Era un silencio que permitía pensar.
Adrián se levantó despacio, tomó su saco del respaldo de la silla y caminó hacia la puerta.
Antes de que pudiera abrirla, la voz de Héctor Salinas lo detuvo.
—Espera un momento.
Adrián giró apenas la cabeza.
—¿Sí?
Héctor ya estaba preparando otra taza.
No era el café frío de siempre.
Molió los granos con calma, calentó agua en una tetera de cuello largo y comenzó a verterla lentamente sobre el café molido.
El aroma llenó toda la cafetería.
Después añadió un pequeño trozo de cáscara de naranja deshidratada y una pizca de canela.
Sirvió el café en una taza de cerámica color marfil.
La colocó frente a Adrián.
—Llévatelo.
Adrián observó la taza.
—No lo pedí.
Héctor sonrió mientras secaba una taza con un paño blanco.
—Lo sé.
Hubo un breve silencio.
—Pero tampoco me lo vas a rechazar.
Adrián soltó una pequeña risa por la nariz.
Una risa tan breve que casi pasó desapercibida.
Tomó la taza.
—Gracias.
—Es el de siempre.
—¿El especial?
—Exactamente.
Adrián asintió.
Aquel café nunca aparecía en el menú.
Héctor solo lo preparaba para él.
No llevaba azúcar.
No llevaba jarabes.
Solo una mezcla de granos seleccionados por el propio dueño, un ligero aroma cítrico y el equilibrio justo para acompañar el sabor del tabaco.
—Dices que el cigarro sabe diferente con este café.
—Lo sigue haciendo.
—Entonces mi receta aún funciona.
Adrián salió del local.
La lluvia se había convertido en una llovizna ligera.
El aire era fresco.
Encendió un cigarro.
La llama del encendedor iluminó por un instante su rostro.
Inhaló lentamente.
Después dio un pequeño sorbo al café caliente.
El contraste entre el humo del tabaco y el sabor profundo del café era exactamente como lo recordaba.
No era una costumbre elegante.
Era un ritual.
Uno que repetía desde hacía muchos años.
Apoyó un hombro contra la pared del café mientras observaba la calle.
Los automóviles pasaban levantando pequeñas cortinas de agua.
Una pareja corría bajo un paraguas, riendo sin preocuparse por mojarse.
Un repartidor en bicicleta silbaba mientras avanzaba entre los charcos.
Dos estudiantes discutían por cuál era el mejor camino para volver a casa.
La vida seguía moviéndose.
Sin pedir permiso.
Sin detenerse por nadie.
Adrián dio otra calada al cigarro.
El humo se perdió entre la humedad de la noche.
Y entonces...
Sus ojos dejaron de mirar la calle.
Comenzaron a mirar el pasado.
...
Años atrás.
Él no fumaba.
Ni siquiera soportaba el olor del tabaco.
Vestía una camisa blanca remangada y un delantal negro.
Solo existía una tienda.
La primera Noctis 24/7.
Dormía poco.
Trabajaba demasiado.
Pero sonreía con facilidad.
Cada cliente era una oportunidad.
Cada moneda ganada representaba un paso hacia el sueño que perseguía.
Cuando terminaba su jornada, caminaba hasta el Café Lluvia.
Héctor ya lo esperaba.
—Llegaste tarde, muchacho.
—El proveedor volvió a retrasarse.
—Entonces te ganaste un café.
—¿Fiado otra vez?
—Cuando seas millonario me pagas.
Los dos reían.
Sin preocupaciones.
Sin silencios incómodos.
Sin ese vacío que ahora parecía acompañarlo a todas partes.
...
El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado.
Adrián observó el cigarro consumirse entre sus dedos.
Una tenue sonrisa apareció en su rostro.
No era una sonrisa de felicidad.
Era la de alguien que acababa de encontrarse con un viejo recuerdo.
Desde la puerta del café, Héctor lo observaba en silencio.
No dijo nada.
Solo sonrió para sí mismo.
Porque después de mucho tiempo...
Había visto a Adrián sonreír de nuevo.
Aunque fuera apenas por unos segundos.
Y para un hombre que había aprendido a esconder sus emociones detrás del humo de un cigarro...
Aquello ya era un pequeño comienzo.