Roshan
Jordán se había pasado toda la noche encerrado en el sótano. Revisando logs, trazando paquetes y comparando hashes. Fue un detalle casi invisible lo que lo delató: un fragmento de código mal borrado en el sistema de encriptación inversa que solo dos personas conocían al detalle, él mismo y Marcus.
El intruso había usado el viejo backdoor que creamos juntos hace dos años para emergencias, pero lo había modificado ligeramente, dejando una firma única en la forma de encriptar los metadatos de los archivos eliminados.
Además, las transferencias offshore coincidían en tiempo y montos con los pagos que Jalow realizaba mensualmente a través de una wallet encriptada. Jordán cruzó los timestamps de los accesos no autorizados (siempre entre las 3 y 4 de la madrugada) con los registros de ubicación del equipo y todo encajaba. Marcus era el único que estaba en la zona de la IP de origen en cada uno de esos horarios.
El hijo de puta había borrado casi todo, pero no pudo ocultar la huella digital que él mismo ayudó a diseñar.
Cuando Jordán me dio su nombre, sentí una punzada grande en el pecho. No era mi mejor amigo, pero era alguien en quien yo confiaba. Me había salvado varias veces y me defendía. ¿Por qué? No lo sé.
La furia era tan fuerte que no podía esperar hasta el otro día. Bryan y Robin se encargaron de traerlo al sótano de Andrómeda esa misma madrugada. No pregunté cómo lo hicieron, solo sé que estaba inconsciente y con una herida en la cabeza.
Bryan quería matarlo enseguida, pero lo frené. No antes de que hablara.
Lo atamos a una silla, encendí el bombillo que colgaba del techo y me senté justo enfrente de él, en otra silla.
Hasta que por fin despertó de sus dulces sueños.
A medida que iba abriendo los ojos, miraba a todas partes, dándose cuenta de dónde estaba. Un Bryan enfadado se acercó y le propinó una bofetada que resonó por todo el sótano.
—Para que espabiles, idiota —dijo, alejándose un poco—Ni que te hubiera dado tan duro con el tubo.
Dios, está demente.
El rostro de Marcus era un poema, desconcertado, mirando a todos lados, apretando las manos y tratando de soltarse.
Mis manos se apretaron en puños, dispuesto a golpearlo, pero quería jugar antes.
—Buenos días... dormiste bastante...—Mi tono era juguetón, cualquiera diría que no estaba hirviendo por dentro.
—¿Qué... qué hago aquí? Soltadme. Roshan... ¿qué es todo esto? —Sonreí ante su desesperación.
—¿No lo sabes todavía?—Tomé la silla y me acerqué más a él— No te hagas el tonto, sabemos que eres tú el puto traidor.
—¡Qué... no... no! ¡Yo no soy el traidor! —Sus ojos se abrieron tanto que temí que se le salieran. Había mucho miedo en su expresión. Terror, diría yo.
—Mira, haremos esto de la siguiente forma,tú hablas, me cuentas todo y conservarás todas las partes de tu cuerpo. Si no hablas, te las voy sacando una por una. ¿Sí? —Volví a sonreír y él se movió en su sitio, tratando estúpidamente de soltarse.
—Eres un cobarde... ¿Por qué atarme? Suéltame y arreglemos esto como hombres.
Perfecto. Acababa de delatarse.
—¿Como hombres? Tú no eres un hombre—espeté.
Mi mirada se desvió hacia Bryan y Robin. Éramos los únicos en ese sótano. Jordán decidió no asistir.
—Pero tienes razón, tenerte atado es sinónimo de que te tengo miedo —Me acerqué a él, sin dejar de observarlo, chasqueé la lengua y me alejé-. Suéltalo, Bryan.
Ordené y me quité la camisa de mangas cortas que tenía puesta. Bryan me miró por un segundo, sacó la navaja de su bolsillo y se acercó a Marcus para desatarlo.
Marcus nos miró a todos expectante y se levantó rápidamente de la silla.
No sería fácil derrotarlo. Sabía perfectamente lo que hacía; por algo estaba en mi organización.
Marcus se levantó frotándose las muñecas, con una sonrisa torcida que no lograba esconder el miedo que aún le brillaba en los ojos. La luz amarillenta del bombillo que colgaba del techo le daba un aspecto pálido y enfermizo, resaltando el moretón oscuro que se le estaba formando en la sien.
—Así que quieres pelear como hombres... —murmuró, escupiendo al suelo cerca de mis pies—Bien. Hace tiempo que quería partirte esa cara de líder intocable.
No le respondí con palabras. Solo flexioné los hombros y cerré los puños. Sentía la adrenalina quemándome las venas. Marcus conocía cada una de mis cicatrices; habíamos peleado espalda con espalda demasiadas veces. Ahora esa familiaridad iba a ser su perdición.
Bryan y Robin se apartaron contra las paredes del sótano, dejando el centro libre. Bryan aún tenía la navaja en la mano, pero la guardó. Sabía que esto era algo que yo tenía que hacer solo.
Marcus atacó primero.
Fue un derechazo rápido y sucio dirigido a mi mandíbula. Lo esquivé por poco; su puño me rozó la oreja. Mi contraataque fue inmediato: un gancho brutal al hígado que lo dobló en dos con un gruñido ahogado. No cayó. Se recuperó rápido y lanzó una patada baja que bloqueé con la espinilla.
—Te creías muy listo, ¿verdad? —gruñí mientras giraba y le clavé un codazo en la mejilla— Usando nuestro propio backdoor... con mi puta firma de encriptación.
Marcus escupió sangre y sonrió con los dientes teñidos de rojo.
—Siempre fuiste un arrogante, Roshan. Pensabas que nadie más podía tocar tus juguetes. Jalow me pagó el triple de lo que tú me das solo por mirar para otro lado. Y cuando vi la oportunidad... la tomé.
La rabia se me volvió fría y precisa. Ya no era solo furia; era dolor, traición, la decepción de haber confiado en alguien que consideraba un hermano.
Me lancé contra él con todo. Chocamos como animales. Puñetazos cortos, rodillas, codazos. Marcus era bueno, muy bueno. Logró agarrarme por la nuca y estrellarme la cabeza contra la pared de concreto. El impacto me dejó aturdido un segundo; todo se volvió borroso.
Pero el dolor solo me enfureció más.
Con un rugido solté un uppercut que lo levantó literalmente del suelo. Cayó de espaldas, jadeando. Antes de que pudiera levantarse ya estaba encima de él, montándolo y descargando puñetazos precisos contra su cara.