El Arte De Tocarte

Capítulo 19

Roshan

Tengo los nudillos ensangrentados, abiertos y un dolor punzante que trato de ignorar. Siento enfado, dolor, traición y mucha ira.

Marcus no ha abierto la boca en todo el tiempo que he pasado golpeando su desagradable rostro. No sé qué tanto le prometieron o cuánto sabe para estar dispuesto a morir. Tiene la cabeza baja y está prácticamente irreconocible. Su rostro está bañado en sangre y apenas tiene fuerzas para respirar.

Salgo del sótano echando humo. No me gusta recurrir a otro tipo de tortura. Me niego. Pero, al parecer, es la única solución. Bryan y Robin salen detrás de mí.

-Déjenlo ahí por ahora. En dos días volvemos. Sin agua, sin comida, sin nada.

Hablo y los dos asienten, dándome una palmada en el hombro y dirigiéndose a la salida.

Miro mis manos destrozadas, la sangre seca y fresca mezclada, y decido lavármelas en el fregadero que está justo al lado del sótano. Abro la llave y el agua fría corre roja sobre mis nudillos. El escozor me hace apretar los dientes.

Levanto la vista y me observo en el reflejo. Tengo ojeras, el cabello desordenado y un hilo de sudor bajando por mi frente. Me lavo la cara y decido ir a mi coche. Directo a casa o a algún lugar que me ayude a relajarme.

No sé si podré dejar a Marcus durante dos días. Pero, cuando volvamos, estará tan débil que hablará.

Salgo del bar y entro en mi coche. Cierro los ojos por un momento y suspiro.

Todo esto me está superando demasiado.

El sol ya está saliendo.

Arranco el coche y me dirijo a casa. Mi celular vibra en el bolsillo del pantalón y lo saco lentamente sin dejar de mirar al frente.

Es mi padre.

—Dime.

—¿Dónde demonios estás? —pregunta, claramente enfadado.

—En algún lugar—respondo sin ganas.

—No te hagas el idiota conmigo. ¿Se te olvida que hoy tienes una exposición? ¿Que hay cosas que organizar y hacer? No te reportas desde hace dos días.

Mierda. Es cierto. Se me había olvidado por completo que hoy tengo una exposición importante. Artistas muy reconocidos vendrán y no he hecho prácticamente nada.

—No te preocupes. Mi organizadora se encargará de ello—trato de calmarlo.

—Más te vale que todo salga perfecto.

Y con eso cuelga.

Tiro el celular a un lado y me detengo en una gasolinera. No tengo combustible y todavía me queda un tramo para llegar a casa.

Salgo del coche y el aire fresco de la madrugada me golpea. El sol ya asoma débilmente en el horizonte. Me siento como si no hubiera dormido en semanas. Mis nudillos palpitan con cada latido del corazón. Es un dolor punzante que sube por los brazos y se mezcla con la rabia que me quema por dentro.

Traición.

Esa palabra no deja de repetirse en mi cabeza. Marcus. Ese hijo de puta. ¿Cuánto le prometieron? ¿Quién carajos lo tiene tan agarrado como para aguantar todo esto sin abrir la boca? Lo golpeé hasta que mis manos se convirtieron en carne viva y ni una sola palabra. Ni un gemido que valiera la pena. Siento que me ha clavado un cuchillo en la espalda, aunque sea yo quien lo dejó hecho mierda en ese sótano.

¿Y si todo esto es una trampa más grande? ¿Y si alguien cercano me vendió?

La duda me carcome.

No confío en nadie ahora mismo. Ni en Bryan, ni en Robin, ni siquiera en mi propia sombra. Y es jodido sentirse así. Me siento derrotado. Pero esto se acabará.

Me dirijo al surtidor de gasolina con pasos pesados. Echo combustible mientras mi mente no para.

La exposición. Mierda. Artistas de renombre, críticos y compradores importantes. Y yo aquí, oliendo a sangre y sudor, con las manos destrozadas y la cabeza hecha un desastre. No he revisado ni una sola pieza. No he confirmado el montaje. Ni siquiera he hablado con la organizadora en las últimas cuarenta y ocho horas. Si esto sale mal, mi padre no solo me va a matar. Va a destruirme.

Saco un cigarrillo y lo enciendo, haciendo tiempo mientras el tanque se llena.

Miro a todos lados mientras le doy una calada. Todo está en silencio. Ya desconfío hasta de personas que no conozco. Tengo la sensación de que están muy cerca de mí, de mi gente. Las fotos que había en aquella carpeta lo demostraron.

¿Qué puedo hacer en ese caso? ¿Rendirme?

Jamás.

Ellos esconden algo. Algo peligroso, capaz de destruirlos. Y yo lo descubriré.

El tanque por fin se llena y me dirijo al coche rápidamente. Le doy una última calada al cigarrillo y lo tiro al suelo. Entro en el coche y lo pongo en marcha.

Mi mano busca el celular en el asiento del copiloto y llamo a mi organizadora.

—Ho... hola —responde con voz soñolienta—¿Desea algo, señor Roshan?

—Sí. A las siete de la noche tengo un evento importante en "Sueños Rotos". Necesito que te encargues de todo, igual que siempre.

—Vale, perfecto. Dígame, ¿qué tiene ya hecho? —pregunta.

—Absolutamente nada.

La línea se queda en silencio.

—Tú encárgate del evento. Yo me ocuparé de lo demás.

—Está bien.

Cuelgo.

Llego al garaje. Está en penumbras. Apago el motor y me quedo unos segundos ahí, con las manos todavía temblando sobre el volante. Los nudillos palpitan con cada latido. La piel abierta está tirante y pegajosa por la sangre seca.

—Joder... —murmuro mientras me bajo del coche.

Subo las escaleras hacia mi estudio. El lugar es un caos controlado. Hay lienzos a medio terminar apoyados contra las paredes, tubos de pintura tirados por el suelo, botellas vacías de whisky y ceniceros rebosados. Huele a trementina y a humo.

Enciendo las luces tenues y me miro en el espejo grande del pasillo.

Parezco un maldito fantasma.

Ojeras profundas, barba de tres días, ojos inyectados en sangre y ese corte en el labio que Marcus me hizo.

Voy directo al baño. Me quito la camisa manchada y la tiro al cesto. El agua caliente de la ducha quema como el infierno cuando cae sobre mis nudillos, pero no me aparto. Apoyo la frente contra los azulejos fríos y dejo que el vapor me envuelva. Cierro los ojos y disfruto un poco de la sensación.




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