Roshan
El salón principal de Sueños Rotos está lleno de voces bajas copas de cristal tintineando y el olor a madera pulida mezclado con perfume caro. Las luces son tenues estratégicas para que cada obra respire. Mis veinte piezas dominan la pared principal junto con algunas de mi padre y mi madre. "Manos Rotas" está en el centro iluminada como un maldito altar. La gente se detiene frente a ella más tiempo del esperado. Susurros. Miradas de reojo hacia mí. Sonrío de lado cada vez que voltean a verme.
¿Qué pensarán? ¿Es un loco bipolar? ¿Maniático?
Me da igual.
Yo estoy de pie junto a una columna con un whisky en la mano que apenas he tocado. Llevo un traje negro impecable mangas largas para cubrir las vendas y los nudillos destrozados. Cada vez que muevo los dedos el dolor me sube por el brazo como un recordatorio vivo. Sonrío cuando es necesario. Asiento. Doy las gracias. Pero mi mente no está aquí.
Marcus sigue en ese sótano. Dos días. Todavía puedo oler la sangre en mis fosas nasales aunque me haya duchado tres veces.
—Señor Roshan la crítica de Art Now quiere una foto con usted frente a "Manos Rotas" —me dice mi organizadora acercándose con esa eficiencia nerviosa que tiene.
—Ahora no—respondo seco. Ella asiente y se retira sin insistir.
Miro hacia la entrada por enésima vez. El reloj marca las 8:17 pm. Alanah aún no ha llegado y no sé si vendrá.
Ven Alanah.
—¿Qué demonios te pasó en las manos?—Se acerca mi padre hablándome entre dientes con esa sonrisa para disimular ese traje impecable color beige intentando parecer inocente.
—Una tontería—observo mis manos- No sabía que te preocupaba tanto.
Le sonrío irónico y tensa la mandíbula.
—No puedes ser decente ni en tu propia exposición —habla mi padre con rabia.
Suelto una risa baja sin mucho humor.
—Al menos aún lleno gente en mi galería tú no, es más necesitabas a artistas como los Hoppers para llenar tu galería. —Me acerco a su oído— Lamentable—susurro.
Su expresión es un poema e intenta con todas sus fuerzas no lanzarse sobre mí. Yo le guiño un ojo y me alejo sonriendo.
No sé en qué momento mi padre y yo perdimos nuestra relación padre e hijo. Siempre fui muy apegado a él, era mi persona favorita. Hasta que empecé a crecer, me miraba con envidia quizás odio.
Todo cambió a peor cuando me dispararon, estuve a punto de morir y él no fue a verme nunca al hospital jamás me preguntó cómo estaba o me dijo que estaba feliz de verme con vida. Me dolió mucho ver su indiferencia y su frialdad.
Él sabe a lo que me dedico al menos cree que sabe, tiene una idea.
El murmullo de la sala cambia sutilmente. Giro la cabeza y ahí está ella. Alanah.
Lleva un vestido negro sencillo pero que le cae como si estuviera hecho para torturarme. El cabello suelto ondas que se mueven cuando camina. Sus ojos recorren el lugar hasta que me encuentran. Por un segundo se detiene en la puerta como si estuviera considerando dar media vuelta. No lo hace. Avanza.
Siento algo apretarse en el pecho. Rabia deseo cansancio... todo mezclado. Me separo de la columna y camino hacia ella ignorando a un par de coleccionistas que intentan interceptarme.
—Viniste—digo cuando estamos a un metro. Mi voz suena más ronca de lo que pretendía.
Alanah levanta la barbilla. Sus ojos están cansados pero brillan con esa mezcla de miedo y desafío que ya empiezo a reconocer.
—No sé por qué—admite— Tal vez porque soy masoquista.
Una sonrisa corta se me escapa. Me acerco un paso más. Huele a algo limpio a vainilla y a ella. Contrasta tanto con el olor a sangre y trementina que aún siento pegado en la piel.
—Gracias por venir—digo en voz baja—Necesitaba verte aquí.
Ella mira mis manos. Aunque están cubiertas nota la forma en que las mantengo ligeramente cerradas los vendajes que se transparentan un poco en los bordes de los puños.
—¿Qué te pasó?—pregunta directamente.
No respondo de inmediato. En cambio le ofrezco mi brazo.
—Ven. Te muestro las obras antes de que la gente me acapare.
Alanah duda pero termina tomando mi brazo. Su tacto es cálido. Real. Caminamos despacio entre los lienzos. Siento las miradas de algunos invitados. Bryan debe estar en algún lugar del salón probablemente vigilándonos. No me importa.
Me detengo frente a "Manos Rotas". Ella se queda quieta observando mi autorretrato, los puños destrozados el cuchillo derritiéndose en sangre la oscuridad que parece salir del cuadro.
—Es... brutal—susurra. Sus ojos grises recorren toda la obra con fascinación.
—Es honesto, crudo, me gusta —respondo— Terminé de pintarlo hace poco. Después de... un mal día.
Alanah gira la cabeza hacia mí. Estamos muy cerca. Puedo ver las ojeras que intenta disimular con maquillaje.
—Mi hermano llegó esta mañana con las manos igual de destrozadas —dice en voz muy baja casi contra mi pecho—Y no quiso contarme nada. Solo me dijo que tú eres peligroso y que me mantuviera alejada.
Ladeo la cabeza y sonrío.
—Bryan tiene razón en una cosa. Soy peligroso. Pero no para ti.
—¿Para quién entonces? —Sus ojos buscan los míos con urgencia—¿Qué está pasando Roshan? ¿Por qué mi hermano está metido en esto? ¿Por qué me besaste como si el mundo se fuera a acabar y luego desapareces dos días? No sé quién eres.
La intensidad en su voz me golpea más fuerte que cualquier puñetazo que le di a Marcus. Aprieto la mandíbula. El dolor de mis nudillos late al ritmo de mi corazón acelerado.
Me acerco a ella.
—Si sabes quién soy.
—No... —responde con los ojos apagados.
Yo suspiro y miro a mi alrededor.
—Ven...—Le tomo de la mano y salimos de la galería. Entrelazo mis dedos con los de ella y no se aparta ni se queja.
Nos subimos a mi coche y puedo notar cómo inhala profundo sintiendo mi perfume perfume que se mezcla ahora con el suyo.
—¿Qué hacemos? Tenemos que entrar gente te espera—habla confundida.