El arte en nuestros días grises

Capitulo 1

Ya eran las siete y veinte cuando terminé de arreglarme. Llevaba unos anteojos redondos y grandes, y el cabello recogido en una coleta. Mi rostro no estaba mal, pero nunca me había gustado llamar la atención.

Al salir de casa con una tostada en la mano, aproveché que iba unos minutos antes de lo habitual y fui a la casa de mi tía. Ella tenía un gato gordo y meloso que se sentaba en la ventana a ver a las personas pasar.

Amaba acariciar a ese gato.

Abrí la reja con la tostada en la boca y saqué las llaves. Mi tía Katherine me las había dado por cualquier eventualidad, aunque casi siempre las usaba para entrar a acariciar al señor Bigotes.

Esta vez, el gato no estaba en la ventana, así que abrí la puerta. La tía Katherine ya estaba en la cocina. "Sofi, ¿eres tú?", preguntó desde allí. "No, soy el lechero", le dije entre risas.

"Ja, ja… Si buscas al señor Bigotes, ese gato aún está durmiendo en el segundo piso", dijo mientras salía de la cocina. "Lo único que hace es comer, dormir y cagar, aparte de llenarme la ropa de pelos", añadió con un tono severo, aunque sabía que ella amaba a ese gato.

Le di un beso en la mejilla y subí, no sin antes recibir un reto por estar comiendo solo tostadas.

Entré en la habitación y ahí estaba, todavía durmiendo, todo estirado. Me acosté a su lado y lo saludé. "Hola, señor Bigotes".

Me habría encantado tener un gato en casa, pero, como pasaba la mayor parte del día fuera y la casa siempre estaba sola, sería una crueldad tener uno allí.

Acaricié al gato, que se levantó para estirarse y volvió a dormirse. Le di un par de besos más hasta que tuve que irme.

"Llévate una manzana siquiera, Sofi. No quiero que vivas solo de tostadas", me dijo mi tía mientras me entregaba la fruta antes de abrirme la puerta. "Sí, tía", le respondí mientras salía de la casa.

Caminé hasta llegar a la estación de buses y me dispuse a esperar el mío. Tardaba solo veinticinco minutos en llegar a la escuela caminando, pero prefería tomar el bus, que solo demoraba diez minutos. Así podía entrar a la biblioteca y leer un poco antes de que comenzaran las clases.

El autobús no tardó en llegar. Me puse los audífonos para no escuchar el bullicio de la gente y de la ciudad, miré por la ventana y apoyé el mentón en mi mano.

Antes vivíamos en Nueva Orleans, pero, como mi tía vivía en San Diego, nos mudamos aquí.

El autobús llegó a mi destino. Me despedí del conductor y entré a la escuela. Ya había varias personas por allí, así que seguí caminando hasta la biblioteca. Eran las siete y cuarenta, por lo que tendría al menos unos veinte minutos para leer.

La biblioteca estaba casi vacía, tal como me gustaba. Dejé la mochila sobre una de las mesas del fondo, me acomodé en una silla y saqué el libro que había dejado a medias el día anterior.

Por fin, un poco de paz.

No había nada como sentarse a leer sin que nadie te preguntara por qué estabas tan callada, si te pasaba algo o si estabas enojada. Al parecer, para algunas personas, una chica que no hablaba hasta por los codos debía tener algún problema.

Yo, por mi parte, consideraba que el problema era de quienes no soportaban el silencio.

Pasé la primera página y me olvidé del mundo durante unos minutos. La historia estaba llegando a una de mis partes favoritas cuando escuché el primer grito en el pasillo.

Después, otro.

Y otro más.

Cerré los ojos por un instante.

Las clases ni siquiera habían comenzado y ya estaban poniendo a prueba mi paciencia.

Guardé el marcapáginas entre las páginas del libro y miré la hora. Faltaban cinco minutos para las ocho.

Cinco minutos de tranquilidad. ¿Era mucho pedir?

Al parecer, sí.

El timbre sonó y, de inmediato, el pasillo se convirtió en una especie de campo de batalla. Se escuchaban pasos apresurados, risas, voces que se llamaban de un extremo al otro y alguien que, por alguna razón que prefería no descubrir, corría mientras gritaba que iba a llegar tarde.

Me levanté, guardé el libro en la mochila y salí de la biblioteca.

El espectáculo era digno de estudio.

Un grupo de chicas se había reunido frente a los casilleros, hablando tan rápido que no entendía cómo lograban seguirse el hilo. Un par de estudiantes discutían por algo que había ocurrido el día anterior, mientras otros caminaban mirando sus teléfonos, ajenos a todo lo que tenían delante.

Tuve que esquivar a un chico que apareció corriendo por mi derecha y a una pareja que decidió detenerse justo en medio del pasillo para despedirse como si no fueran a verse durante los próximos diez años.

Suspiré.

¿Era tan difícil apartarse a un lado?

Llegué a mi casillero, guardé los audífonos y saqué los materiales para la primera clase. A mi alrededor, la gente seguía hablando de fiestas, tareas, exámenes y rumores que probablemente serían olvidados antes del viernes.

La vida escolar tenía sus propias reglas. Algunas eran razonables, como entregar los trabajos a tiempo. Otras parecían haber sido inventadas por alguien que necesitaba desesperadamente un pasatiempo.

Y luego estaban los rumores.

Esos eran una categoría aparte.

Bastaba con que alguien llegara con un peinado diferente para que, antes del recreo, media escuela tuviera una teoría sobre su vida sentimental. Si dos personas hablaban más de cinco minutos, ya estaban saliendo. Si alguien no saludaba a otro, seguramente se odiaban.

A veces me preguntaba cómo conseguían estudiar con tanto trabajo pendiente en sus vidas ajenas.

Cerré el casillero y miré hacia el aula.

La mañana apenas comenzaba y yo ya quería que terminara.

Me ajusté la mochila al hombro y caminé hacia mi primera clase, intentando ignorar el ruido que me rodeaba.

Un nuevo día escolar.




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