El Bosque De Los Mil Susurros

Capítulo 4: El censo

A la mañana siguiente, Leo se despertó antes de que saliera el sol. No podía dejar de pensar en el papel que había encontrado al final de la ceremonia: **«No confíen en el elegido»**.

Se levantó y fue hasta la ventana. La calle seguía vacía. Entonces escuchó tres golpes en la puerta.

—¿Quién es? —preguntó su mamá desde adentro.

—Soy el oficial del censo. Vengo a anotar a los habitantes de esta casa —respondió una voz de hombre.

Leo se quedó quieto. Mateo había dicho que el censo empezaría ese día, pero algo no le gustó de aquella voz. Se asomó apenas por la ventana y vio a un hombre con un uniforme parecido al del oficial. Sin embargo, llevaba el sombrero bajo y no se le veía bien la cara.

—¿Cómo se llama el oficial que va a hacer el censo? —preguntó Leo, acercándose a la puerta sin abrirla.

Hubo un silencio breve.

—Yo soy el oficial —contestó el hombre.

—Sí, pero ¿cómo se llama?

El desconocido dijo un nombre, pero no era el del oficial que Leo conocía. Leo había hablado con él durante el censo anterior y recordaba que se llamaba Esteban.

—Ese no es el nombre del oficial —dijo Leo.

El hombre dejó de golpear.

—Me habré equivocado —respondió. Su voz sonaba molesta—. Volveré más tarde.

Sus pasos se alejaron rápidamente. Leo esperó unos segundos antes de mirar por la ventana otra vez, pero el hombre ya había doblado la esquina.

—¿Qué pasó? —preguntó su mamá.

—Creo que ese hombre no era el oficial del censo.

Leo salió a buscar a Sofía, Clara y Tomás. Los encontró cerca de la plaza y les contó lo sucedido. Sofía frunció el ceño.

—Tenemos que encontrar al verdadero oficial.

Los cuatro fueron hasta el edificio donde se guardaban las listas. Allí encontraron a Esteban, que ordenaba unos papeles.

—¿Ya empezaste el censo? —preguntó Leo.

—Todavía no —respondió Esteban—. Estoy terminando de preparar las hojas. ¿Por qué?

Leo le explicó lo de la visita y le contó el nombre que había dado el desconocido. Esteban negó con la cabeza.

—No conozco a nadie con ese nombre. Y este es mi uniforme. Nadie más debería llevar uno.

Tomás miró por la ventana hacia la calle.

—Entonces, ¿quién era?

—No lo sé —dijo Esteban—. Pero voy a avisar a Mateo.

Antes de que pudieran salir, un grupo de habitantes entró en el edificio. Varias personas estaban confundidas: algunos decían que alguien ya había pasado por sus casas; otros, que todavía no habían recibido a nadie.

Esteban revisó las hojas. Su expresión cambió al llegar a una de las páginas.

—Esto no puede estar bien —murmuró.

—¿Qué encontraste? —preguntó Clara.

Esteban les mostró la lista. Había una casa marcada como censada, aunque todavía nadie había ido a visitarla. Junto a la dirección, alguien había escrito un nombre: **Mara Veld**.

—¿Quién vive ahí? —preguntó Sofía.

—Nadie, hasta donde yo sé —respondió Esteban—. Es una casa abandonada.

Leo sintió un escalofrío. Era la misma casa que había aparecido en la investigación de la desaparición.

—La casa vacía —dijo.

Esteban tomó la hoja y se la guardó.

—No quiero que se acerquen solos. Voy a hablar con Mateo y después iremos juntos.

Mientras Esteban buscaba al presidente, los cuatro amigos esperaron en la plaza. La gente seguía haciendo fila para que la anotaran. Una mujer sostenía a un bebé mientras respondía las preguntas; un anciano corregía su apellido; dos vecinos discutían porque uno de ellos creía que su familia había sido contada dos veces.

El censo avanzaba, pero la confusión crecía.

Al rato, Mateo llegó acompañado por Elena, la nueva alcaldesa. Esteban les explicó lo ocurrido y les mostró la hoja. Mateo se quedó mirando el nombre escrito junto a la casa vacía.

—Mara Veld —repitió—. Ese nombre no aparece en ningún registro.

—¿Y si alguien se escondió allí? —preguntó Clara.

—Puede ser —dijo Elena—. Pero no vamos a entrar sin saber qué buscamos.

Mateo observó a Leo y sus amigos.

—Ustedes conocen la historia de esa casa mejor que nosotros. Pero no irán solos. Esteban y dos guardias los acompañarán.

El grupo caminó hasta la casa vacía. La puerta estaba cerrada, aunque Leo recordó que la última vez la habían encontrado abierta. Esteban golpeó tres veces.

Nadie respondió.

Uno de los guardias probó la manija. La puerta se abrió con un chirrido. Adentro no había muebles, pero en el piso se veían marcas recientes, como si hubieran arrastrado una caja.

Tomás señaló algo junto a la pared: una hoja doblada. Leo la recogió con cuidado.

La nota tenía una sola frase:

**«El censo no cuenta a los que ya desaparecieron».**

Sofía miró las paredes. Clara se acercó a una ventana y vio que el polvo estaba removido alrededor del marco.

—Alguien salió por aquí —dijo.

Desde afuera llegó un silbido. Los guardias corrieron hacia la puerta, pero no alcanzaron a ver a nadie. Solo encontraron huellas que se alejaban hacia el bosque.

Mateo pidió que nadie siguiera el rastro hasta que tuvieran más ayuda. Después ordenó que el censo continuara, pero que ningún oficial visitara una casa sin mostrar su identificación.

Cuando los demás volvieron a la plaza, Leo se quedó mirando la nota. Ya no parecía una amenaza cualquiera. Alguien estaba usando el censo para buscar a una persona que, según los registros, no existía.

Y ahora sabían dónde había estado esa persona: **en la casa vacía**.



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En el texto hay: aventura fantasía misterio

Editado: 23.10.2026

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