El Bosque De Los Mil Susurros

# Capítulo 5: Un día para olvidar

A la mañana siguiente, Leo seguía pensando en la luz que había visto en el bosque y en las palabras de su amigo:

—Bueno, es hora. Tengo que reunirme con los otros.

No sabía quiénes eran «los otros» ni por qué su amigo había salido en secreto. Pero, como había pensado la noche anterior, decidió no darle importancia. Tal vez se refería a una reunión de los trabajadores. Además, tenían cosas más urgentes que hacer: averiguar quién había agregado el nombre de Mara Veld a la lista del censo y qué significaba el símbolo encontrado en el árbol.

Cuando se encontró con Sofía, Clara y Tomás en la plaza, los cuatro acordaron volver a la casa abandonada. Sin embargo, al llegar, vieron que Mateo había puesto a dos guardias cerca de la entrada.

—Nadie puede pasar —les dijo uno—. El presidente ordenó que la casa quede cerrada hasta nuevo aviso.

Los chicos se miraron, decepcionados.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Tomás.

—Podríamos dejar de pensar en problemas por un rato —propuso Clara—. Todavía no conocemos bien la ciudad. Siempre estamos corriendo de un lado a otro.

Sofía sonrió.

—Tiene razón. Podemos recorrerla y, de paso, preguntar si alguien conoce a Mara.

Leo aceptó. No tenían pistas nuevas y, por una vez, les vendría bien caminar sin perseguir huellas ni discutir con adultos.

Empezaron por la calle principal. A esa hora, los puestos del mercado estaban llenos de frutas, panes y telas de colores. Una vendedora llamada Marta reconoció a Sofía y le regaló una manzana.

—¿La conocés? —le preguntó Leo.

—Ayudo en el puesto algunas tardes —explicó Sofía—. Mi mamá trabaja aquí cuando no está atendiendo en casa.

Marta escuchó el nombre de Mara Veld y negó con la cabeza.

—No me suena, pero pueden preguntarle al señor Julián. Lleva más tiempo que yo en la ciudad. Si alguien sabe algo, probablemente sea él.

Los chicos siguieron hasta una pequeña tienda donde vendían herramientas y objetos usados. Julián, un hombre de barba canosa y delantal lleno de bolsillos, los recibió con una sonrisa.

—¿Buscan algo en particular?

Clara le mostró un dibujo del símbolo que había visto en el árbol. Julián dejó de sonreír y se acercó a mirarlo.

—Ese símbolo aparece en algunos objetos viejos —dijo—. Mi abuelo decía que lo usaban los exploradores para marcar lugares importantes. Pero no sé si eso es cierto.

—¿Y conocés a una mujer llamada Mara Veld? —preguntó Leo.

Julián se quedó pensativo.

—Quizás escuché ese nombre, pero no estoy seguro. Era común que los exploradores cambiaran de ruta y pasaran mucho tiempo fuera de la ciudad. Si quieren saber de marcas antiguas, deberían hablar con la señora Amalia, la bibliotecaria.

Antes de irse, Tomás se detuvo frente a una rueda rota apoyada en la pared. Julián le explicó cómo estaba hecha y le permitió ayudarlo a arreglarla. Tomás trabajó con cuidado, ajustando una pieza con una llave pequeña.

—¿Siempre te gustaron estas cosas? —preguntó Leo.

—Desde chico. Me gusta saber cómo funciona todo. Si una rueda se rompe, no sirve quejarse: hay que encontrar qué la trabó.

—Eso también podría servir para resolver misterios —dijo Clara.

Tomás se encogió de hombros, pero sonrió.

La biblioteca quedaba en una calle tranquila, entre una panadería y una casa con macetas en las ventanas. Amalia los recibió detrás de un mostrador de madera. Cuando le contaron sobre el símbolo, no pareció sorprendida.

—Hay libros viejos en el depósito —dijo—. Pero no podemos revisarlos todos hoy. ¿Qué saben del dibujo?

Clara explicó dónde lo había visto. Amalia asintió y buscó un cuaderno gastado.

—Los exploradores usaban símbolos para dejar indicaciones sin escribir palabras. Este se llama «la vuelta» —dijo, señalando el dibujo—. Puede indicar que un camino regresa a un punto conocido.

—¿Entonces no señala hacia el bosque? —preguntó Sofía.

—No necesariamente. Un símbolo depende del lugar donde está y de lo que hay alrededor.

Amalia no encontró el nombre de Mara en sus registros, pero les prometió revisar otros libros. Mientras tanto, les prestó un mapa de la ciudad y señaló algunas calles antiguas. Los cuatro lo miraron juntos. Tomás ubicó las piedras del bosque; Clara reconoció el camino que habían seguido; y Sofía notó que una línea del mapa pasaba cerca de la casa abandonada.

—Puede ser solo un sendero viejo —dijo Amalia—. No saquen conclusiones sin comprobarlo.

Los chicos salieron de la biblioteca y continuaron su recorrido. Pasaron por la plaza, por el puente de madera y por una fuente que hacía años que no funcionaba. Sofía les contó que de pequeña jugaba allí con otros niños. Clara confesó que le gustaba dibujar los edificios y que a veces llevaba un cuaderno para copiar las formas de las ventanas. Tomás les enseñó a distinguir una bisagra gastada de una nueva.

Leo, que había hablado poco de sí mismo, terminó contando que le gustaba observar a la gente y recordar detalles. Por eso había notado que el falso oficial no se parecía a Esteban.

—Así que sos bueno viendo cosas que otros no ven —dijo Sofía.

—A veces —respondió Leo—. Pero también me equivoco.

—Todos nos equivocamos —dijo Clara—. Lo importante es que no investiguemos cada cosa por separado.

Caminaron durante horas. Compraron pan, compartieron las manzanas y se rieron cuando Tomás intentó cruzar el puente sin mojarse los zapatos y terminó salpicándolos a todos. Por un rato dejaron de hablar de la casa abandonada, de Mara y del censo.

Al atardecer, regresaron a la plaza. Habían pasado el día juntos y sabían un poco más unos de otros. También tenían dos datos nuevos: el símbolo podía señalar un camino de regreso y el mapa mostraba un sendero antiguo cerca de la casa vacía.

—Mañana podemos revisar el mapa con Esteban —dijo Leo—. Y esperar a que Amalia encuentre algo sobre Mara.

Los cuatro se despidieron y fueron a sus casas.



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En el texto hay: aventura fantasía misterio

Editado: 23.10.2026

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