El bosque del lobo

El regreso a casa

Maya nunca pensó que regresaría a su pueblo natal. Después de todo, había escapado de allí años atrás, buscando un futuro en la ciudad que no la atara a las viejas expectativas de su familia. Había sido fácil dejar atrás la vida que su padre había planeado para ella: una vida de lujos, de reuniones de negocios y proyectos interminables. Ella, sin embargo, había elegido ser diferente. Maya había decidido ser veterinaria, no una empresaria, y ese simple acto de rebeldía había sido suficiente para distanciarla de su padre.

El auto de Maya avanzaba por el camino de tierra que llevaba al pueblo. El paisaje familiar deslizándose ante sus ojos. Las montañas, siempre cubiertas de niebla, parecían abrazar el pueblo como si lo protegieran de cualquier invasión del mundo exterior. El aire fresco de la mañana entraba por la ventana, y el olor de los pinos y la tierra mojada le trajo recuerdos de su niñez: tardes largas jugando en el bosque, corriendo por los campos cercanos a la casa de su familia.

Pero esas eran las memorias de una niña, no de la adulta que ahora estaba frente al volante, con los hombros tensos y la mente llena de dudas. Regresar al pueblo significaba regresar a un pasado que había dejado atrás con la esperanza de no tener que enfrentarlo de nuevo.

La casa de los Moreno era imponente, una mansión que dominaba el paisaje. El parque que la rodeaba estaba cuidadosamente cuidado, cada árbol y arbusto en su lugar. Su padre siempre había sido un hombre de control, de orden, de reglas estrictas. Nunca hubo espacio para la duda o la indecisión. Los recuerdos de su infancia estaban llenos de lecciones sobre el mundo empresarial, de conversaciones sobre proyectos y dinero, pero poco sobre los animales, la naturaleza o los sueños de Maya.

Al llegar, Maya detuvo el auto frente a la entrada principal de la casa. En la puerta, su madre la esperaba con una sonrisa cálida, pero sus ojos estaban llenos de una tristeza que Maya no sabía cómo interpretar. Su madre, siempre tan silenciosa y distante, rara vez discutía los temas que más importaban.

—Maya, qué alegría verte —dijo su madre, abrazándola con suavidad, como si no quisiera agobiarla con demasiada cercanía.

Maya sonrió, sintiendo una mezcla de incomodidad y cariño por esa mujer que la había criado en un mundo lleno de expectativas, pero que siempre había sido más tolerante con sus decisiones que su padre.

—Es bueno verte también, mamá. —Maya se separó de ella, mirando alrededor. El jardín parecía el mismo, los mismos caminos de piedra y las mismas flores rojas que su madre tanto cuidaba. Sin embargo, había algo en el aire, algo en el ambiente que la hacía sentir como si estuviera observando una escena repetida en sus sueños, una escena de la que no podía escapar.

El sonido de una puerta abriéndose desde el interior de la casa interrumpió sus pensamientos. Su padre apareció en el umbral, su figura alta y autoritaria, con su cabello gris perfectamente peinado y su mirada afilada. Cuando sus ojos se encontraron con los de Maya, un silencio incómodo llenó el aire.

—Maya —dijo él, su voz firme pero algo fría—. Me alegra que hayas venido.

Maya tragó saliva, sintiendo la tensión entre ellos aumentar de inmediato. Las palabras de bienvenida sonaban vacías, como si no las pronunciara por cortesía, sino por obligación. La relación con su padre siempre había estado marcada por las expectativas, las presiones, las conversaciones llenas de estrategias para asegurar su futuro en la empresa.

—¿Cómo estás, papá? —preguntó Maya, intentando mantener la calma. No le gustaba esa sensación de estar bajo juicio, pero lo sabía. Siempre lo sabía cuando estaba cerca de él.

Carlos la observó de arriba abajo, como si evaluara cada movimiento, cada palabra.

—Bien, bien —respondió él, sin dar demasiados detalles. La casa era tan silenciosa como siempre, el único sonido era el leve crujir del parquet bajo sus pies mientras caminaban hacia el interior.

La cena esa noche fue tensa. Aunque su madre se encargó de que la comida estuviera a la altura de los estándares de la familia, el ambiente seguía siendo frío. Los tres comían en silencio, y las miradas furtivas entre Maya y su padre hablaban más que cualquier palabra.

—Supongo que ya has escuchado sobre el proyecto —dijo Carlos de repente, interrumpiendo el silencio. Sus ojos se fijaron en Maya, y ella sintió un nudo en el estómago.

—Sí, mamá me lo mencionó —respondió Maya, sin saber cómo abordar el tema. Su madre nunca había sido tan directa, pero Maya sabía que este proyecto significaba mucho para su padre. Era su legado, su sueño.

—Entonces sabes que la construcción de la nueva fábrica avanzará pronto. —Carlos pausó, mirándola fijamente—. Me gustaría que pensaras en unirte a nosotros. Es el momento perfecto para que te involucres.

Maya dejó el tenedor sobre el plato, sin poder evitar que una oleada de frustración la invadiera. Ya lo esperaba, pero aún así le costaba escucharlo. Sabía lo que eso significaba. Su padre quería que abandonara su vida de veterinaria, que dejara a un lado sus principios y se uniera al negocio, para trabajar con él en su multinacional.

—Papá, ya te he dicho muchas veces que no quiero… —empezó a decir Maya, pero su padre la interrumpió.

—No es una opción, Maya. Este es el futuro de la familia. —La voz de Carlos sonó dura, pero Maya lo conocía demasiado bien para no percatarse de la tristeza detrás de sus palabras. En su mundo, los sentimientos y las emociones siempre habían sido lo último en lo que pensaba.

Maya sintió el peso de su mirada, una mirada que siempre había tenido la capacidad de hacerla sentir pequeña, como si sus decisiones no fueran importantes. Pero ya no era la misma joven que había salido del pueblo años atrás. Ahora era una mujer decidida a hacer lo que amaba, a luchar por los animales, por el medio ambiente.

—No puedo, papá. No puedo unirme a tus planes. He elegido mi camino, y es un camino diferente.




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