El Camino de las 13 puntas

CAPÍTULO 1: Dos realidades de un destino.

Lima - Perú,
Avenida Abancay ,
25 de junio de 2095 — 9:00 a. m.

El sol ascendía de forma lenta, pero vertiginosa en la Ciudad de Lima; lugar donde estaría a punto de ocurrir uno de los acontecimientos, más emblemáticos y extraños en el Pais, y no solo en el mismo, sino en todo el mundo.

En esos momentos, la avenida Abancay ya parecía cansada. Sus buses, como siempre, avanzaban entre tirones, encerrados unos detrás de otros bajo una neblina que todavía no terminaba de levantarse; las combis buscaban espacios inexistentes con el claxon apretado, los vendedores ambulantes ofrecían desayunos, cargadores y paraguas desde las veredas húmedas, y las fachadas grises acumulaban tantos anuncios electrónicos que, vistas desde lejos, parecían cubiertas por costras de luz. Lima había cambiado durante las últimas décadas, aunque no lo suficiente como para perder ciertas costumbres. Los vehículos eran más silenciosos cuando conseguían moverse, las cámaras municipales seguían a los peatones desde postes oscuros y muchas tiendas aceptaban pagos con solo acercar una pulsera o su mano derecha; sin embargo, el tráfico continuaba obedeciendo a una ley más antigua que cualquier programa, compuesta de impaciencia, bocinazos y la convicción de que siempre cabía un automóvil más en el cruce. En todo aquel escenario, Mateo Arévalo caminaba pegado a las tiendas, procurando no chocar con los hombres que descargaban cajas ni con quienes se detenían sin aviso para consultar sus teléfonos. Llevaba una casaca negra pese a la humedad, una camiseta blanca sin ningún dibujo y unos pantalones con bolsillos grandes que su madre consideraba propios de un trabajador de almacén. La mochila, castigada por varios años de universidad, le colgaba de un hombro; una de las correas había sido cosida con hilo gris y amenazaba con abrirse de nuevo cada vez que él apartaba a alguien con el cuerpo. Dentro llevaba apuntes doblados, dos libros prestados, un cargador que solo funcionaba si se torcía el cable y una libreta de tapas negras que protegía con más atención que todas las demás cosas juntas.

La libreta no contenía las notas que un profesor habría esperado encontrar. Había fechas escritas en columnas, nombres de imperios desaparecidos, dinastías interrumpidas, hambrunas demasiado oportunas y frases breves que solo Mateo parecía comprender. Junto a «Roma, siglo III», había anotado: «quien controla el remedio necesita que la enfermedad parezca espontánea»; bajo el nombre de una familia mercantil de la Europa medieval, aparecía una flecha que conducía hasta una casa bancaria fundada varios siglos después. Otras páginas mostraban círculos, líneas entre apellidos y pequeños dibujos de sellos antiguos. Aquello no formaba una teoría completa. Era, más bien, el depósito de todo cuanto se negaba a olvidar, porque llevaba años convencido de que la memoria humana perdía las conexiones importantes mucho antes que los nombres.

Esa afición le había valido casi todos los apodos previsibles. En el colegio se había vuelto en el rarito que prefería leer sobre ciudades abandonadas en lugar de hablar de fútbol; más adelante se convirtió en el enfermito que podía explicar durante veinte minutos por qué dos revueltas ocurridas con cuatrocientos años de diferencia compartían palabras semejantes. Mateo aprendió pronto que la curiosidad solo era celebrada cuando no incomodaba a nadie. Saber fechas servía para aprobar; relacionarlas, en cambio, podía convertirlo a uno en motivo de burla. Aun así, nunca consiguió abandonar aquella costumbre. Los misterios le gustaban no porque deseara vivir dentro de ellos, como aseguraban sus compañeros, sino porque cada misterio constituía una promesa: en algún sitio existía una explicación, aunque alguien la hubiera enterrado bajo versiones más cómodas.

Esa mañana, no obstante, el cansancio le ganaba terreno a la curiosidad. Había dormido poco, llevaba los lentes ligeramente torcidos y aún sentía en los ojos el ardor de haber revisado documentos hasta pasada la medianoche. Quería llegar a la universidad, entregar un trabajo y sentarse al fondo de un aula donde nadie le preguntara por qué había citado un ensayo olvidado sobre los ciclos de las monarquías. Mientras esperaba que el semáforo peatonal cambiara de color, abrió la mochila, comprobó que la libreta siguiera en el bolsillo interior y sacó uno de los apuntes. El papel estaba doblado en cuatro y, en una esquina, podía leerse una frase que había escrito ocho días atrás:

«Las palabras aparecen antes que el salvador».

Un bus pasó junto a la acera y lanzó agua sucia sobre sus botas. Mateo retrocedió con una maldiciendo de forma contenida, revisó el pantalón y oyó la risa de un vendedor que acomodaba periódicos impresos para los pocos compradores que todavía los preferían. No se ofendió; habría sido absurdo discutir con alguien por una salpicadura a las ocho de la mañana. Guardó el apunte, levantó la mano al ver acercarse un taxi y esperó a que el vehículo pudiera aproximarse entre dos combis.

El automóvil, un taxi por su tamaño, se detuvo varios metros más adelante. Mateo corrió hasta él, abrió la puerta trasera y asomó la cabeza antes de subir.

—¿Hasta San Marcos? —Preguntó, sosteniendo la mochila contra el pecho para que la puerta no atrapara una correa.

El conductor miró el tránsito por el espejo, después consultó una pantalla colocada sobre el tablero y torció la boca al ver las alertas rojas que cubrían el centro de Lima.

—Si nos dejan pasar —contestó—. Hay una protesta cerca del corredor y dicen que han cerrado varias calles. Puedo acercarte, pero no te prometo nada.

Mateo aceptó porque las otras opciones parecían peores. Se acomodó junto a la ventana, puso la mochila sobre las rodillas y observó cómo la avenida volvía a tragárselo todo en cuanto el taxi dejó la acera. El vehículo avanzó unos cuantos metros y se detuvo; avanzó otra vez, giró para evitar un bus y quedó preso detrás de una combi que recogía pasajeros en plena calzada. A su alrededor, Lima, seguía con la obstinación de una ciudad que se negaba a admitir que estaba inmóvil. Las pantallas publicitarias ofrecían viajes en vuelo, seguros contra disturbios y apartamentos inteligentes, mientras bajo ellas una mujer protegía con plástico los panes que vendía sobre una mesa plegable. Mateo contempló esa convivencia sin asombro. Y esque en la Capital Peruana, el porvenir podía instalar una torre de cristal sin conseguir que desapareciera el balde puesto bajo una gotera.



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En el texto hay: fantasia, epica, grimdark

Editado: 01.11.2026

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