El canto de las estrellas

CAPÍTULO 20

El aire en el umbral del Mar de Dunas Muertas olía a sal salobre, azufre seco y al frío mineral que la noche proyectaba sobre el desierto. Atrás, sepultado en la hondonada de basalto, el Oasis de la Matriarca Vega quedaba atrás como un último reducto de vida verde y agua pura; ante Kaelen y Seraphina se desplegaba una inmensidad cegadora de llanuras de sal petrificada y dunas de cuarzo blanco que crujían bajo el viento nocturno como cristales rotos.

Kaelen ajustó las correas de su bolsa de cuero sobre el hombro. Llevaba el rostro cubierto por un embozo de fibra vegetal que Seraphina le había entregado para proteger los labios del aire salino. Tras el juicio ante el Consejo del clan y la invocación del Vínculo Estelar, la tensión del santuario había quedado atrás, pero la urgencia del viaje pesaba sobre cada uno de sus pasos.

Bajo la tela de su túnica remendada, la primera Llave Estelar emitía una vibración rítmica y templada, un pulso azul que se traslucía a través de las venas de su mano izquierda como un entramado de luz cobalto.

—El viento de la sal borra las pisadas en cuestión de minutos, Kaelen —dijo Seraphina, ajustando la capucha de su manto etéreo mientras caminaba dos pasos por delante—. Pero no borra la firma magnética de tu metal. La guardia de Thon no atacará abiertamente tras el decreto de la Matriarca, pero sus exploradores vigilan las crestas del cañón.

Kaelen echó una mirada atrás. Sobre la cima del primer farallón de basalto, dos siluetas inmóviles con lanzas de aleación se recortaban contra el resplandor plateado de la luna.

—Thon no confía en la profecía, Seraphina —contestó Kaelen, con la voz apagada por la tela del embozo—. Piensa que llevarme al Mar de Dunas Muertas es abrir la puerta a los tanques de Ambaria. Y en parte no se equivoca: el Comandante Víctor no dejará de rastrear la señal de la aguja de cristal hasta verificar si el reactor de la ciudad puede absorber la energía de las ruinas.

—Víctor busca el fuego para alimentar una tumba —replicó Seraphina, deteniéndose en la cresta de una loma de sal brillante—. Lo que aguarda en el Templo de la Luna no es fuego, es armonía. Si no encontramos la Segunda Llave antes de que la Sombra Cósmica alcance el cenit, ni las murallas de titanio ni las tiendas de mi pueblo sobrevivirán al eclipse.

Seraphina alzó la mano derecha hacia el cielo nocturno. El firmamento, normalmente estrellado y limpio sobre el desierto de sal, presentaba una anomalía inquietante: en el flanco oriental, una franja de oscuridad absoluta, un vacío sin astros ni luz, se expandía lentamente sobre el velo nocturno, devorando la radiación de las estrellas lejanas como un pozo entrópico.

Kaelen contempló el fenómeno con un escalofrío de profesionalidad helada. En los modelos teóricos de los Astrónomos, aquello no era una nube de polvo ni una tormenta electromagnética; era la Sombra Cósmica, la marea de entropía pura que amenazaba con congelar el núcleo del planeta.

—El pulso de la Sombra se acelera —observó Kaelen, ajustando los anillos del viejo astrolabio de latón de su padre para encuadrar la zona oscura—. La velocidad de avance del vacío supera los índices del mes pasado. El drenaje que el reactor de Ambaria ejerce sobre el manto electromagnético está debilitando el escudo natural del planeta.

—Por eso la travesía no permite descanso —dijo Seraphina, reanudando la marcha a través de la llanura salina.

A medida que se adentraban en las Dunas Muertas, el suelo de sal se volvía más traicionero. Enormes costras de mineral blanco cubrían grietas subterráneas de lodo azufrado que silbaban con la presión del gas acumulado. La bioluminiscencia plateada que brotaba de las manos de Seraphina actuaba como una linterna viva, iluminando las zonas de firme seguro mientras Kaelen utilizaba la sensibilidad de su propia mano modificada para detectar la densidad magnética del terreno.

Cerca de la medianoche, cuando la luna alcanzaba su punto más alto, un silbido metálico rompió el silencio del páramo salino.

Kaelen reaccionó por instinto, tirando del brazo de Seraphina y arrojándose con ella tras una roca de sal fosilizada.

Un proyectil de aguja magnética atravesó el aire a escasos centímetros de sus cabezas, impactando contra la costra blanca con un chasquido agudo que desprendió una lluvia de esquirlas de sal.

—¡Nos disparan! —exclamó Kaelen, aferrando la maleta de herramientas.

A través del vapor salino de la cuenca, tres figuras encapuchadas avanzaron entre las dunas. No vestían la túnica de los Centinelas de Ambaria ni los mantos luminosos del clan de la Luna. Llevaban armaduras de cuero negro reforzadas con placas de titanio oxidado y máscaras estancas que filtraban el aire salobre.

—Cazadores de sombras —murmuró Seraphina con la daga de cristal en la mano—. Proscritos del desierto. Hombres que vendieron su lealtad al mejor postor tras la Purga.

—O mercenarios enviados por la Inquisición para rematar el trabajo que Víctor no pudo terminar —añadió Kaelen.

El líder de los atacantes amartilló una ballesta magnética de doble cañón, advancing con pasos seguros sobre la costra de sal.

—Entregad el metal y la chica, extranjero —ordenó el proscrito con una voz metálica filtrada por el respirador—. El Comandante paga buen precio por el cuerpo del ingeniero rebelde, vivo o en pedazos.




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