El canto de las estrellas

CAPÍTULO 22

La luz blanca no iluminaba el corredor: parecía absorber la oscuridad y devolverla transformada en formas que Kaelen no lograba interpretar.

Se mantuvo a unos pasos de Seraphina, con el astrolabio sujeto entre ambas manos. La aguja había dejado de responder a los movimientos de sus anillos. Permanecía fija hacia el fondo del pasadizo, donde la claridad palpitaba con intervalos irregulares.

—¿Puedes identificarla? —preguntó Seraphina.

Kaelen examinó la pantalla de su microprocesador.

—No es una señal electromagnética convencional. Hay una frecuencia, pero también una variación que no consigo medir. Como si el sistema estuviera respondiendo a nuestra presencia sin emitir una señal estable.

—¿Está viva?

—No tengo datos suficientes para afirmarlo.

Seraphina le lanzó una mirada de impaciencia.

—A veces olvidas que no todo lo que existe cabe en una pantalla.

—Y a veces olvidas que ponerle un nombre a algo no significa comprenderlo.

Ella no respondió. Continuó descendiendo, y Kaelen la siguió.

El corredor desembocó en una cámara circular. No había puertas visibles ni escaleras que continuaran hacia abajo. Las paredes, cubiertas de placas minerales translúcidas, se curvaban hasta formar una bóveda perfecta. En el suelo se distinguían tres círculos concéntricos alrededor de un pedestal vacío.

La luz blanca surgía del centro del pedestal, pero no había ningún objeto sobre él.

Kaelen avanzó hasta el límite del primer círculo. En cuanto su bota tocó una de las líneas grabadas en el suelo, una sucesión de símbolos se encendió a su alrededor.

—No te muevas —dijo Seraphina.

Esta vez, Kaelen obedeció.

Los símbolos formaron una secuencia que ascendió por las paredes y se proyectó en el aire. Aparecieron imágenes fragmentarias: una extensión de terreno bajo un cielo repleto de estrellas, varias estructuras circulares conectadas entre sí y una figura que sostenía un dispositivo semejante al astrolabio.

La imagen se interrumpió.

Después apareció otra.

Una ciudad se extendía alrededor de un núcleo luminoso. Conductos subterráneos irradiaban desde su centro y alcanzaban las capas profundas del planeta. Al principio, la red brillaba con una luz uniforme. Luego, uno de sus ramales comenzó a oscurecerse. El vacío se propagó por los demás hasta que el resplandor de la ciudad quedó aislado en un pequeño punto.

Kaelen sintió que se le tensaba la mandíbula.

—Es el Reactor de Ambaria.

—¿Estás seguro?

—La distribución de los conductos coincide con los registros que descubrí en el sistema central. Pero esto parece anterior a la ciudad actual.

La proyección cambió de nuevo. La figura del astrolabio apareció junto a otras dos personas. Una sostenía una esfera de luz azul; la otra, una estructura plateada que parecía responder a ella. Las tres figuras se situaron alrededor de un mecanismo circular.

No se distinguían sus rostros.

En el centro de la imagen apareció un símbolo que Kaelen reconoció de inmediato: la misma marca que había visto en los registros cifrados de su padre.

El astrolabio vibró entre sus dedos.

—La inscripción —murmuró—. Estaba en los datos del Reactor.

Seraphina se acercó a la proyección, sin cruzar el segundo círculo.

—¿Qué decía?

—No pude traducirla por completo. Solo identifiqué una referencia a un sistema de protección y a una fuente de energía compartida.

—¿Protección contra qué?

Kaelen no contestó. La imagen se estaba deshaciendo, y el pedestal había comenzado a emitir una serie de pulsaciones que se aceleraban con cada segundo.

Entonces una voz llenó la cámara.

No procedía de las paredes ni del pedestal. Surgió de todas partes al mismo tiempo, sin tono reconocible, pronunciando palabras en una lengua que Kaelen no conocía. Sin embargo, el astrolabio tradujo algunos fragmentos en su pantalla.

DOS FRECUENCIAS.

La luz azul de la primera Llave Estelar se filtró desde la bolsa de Kaelen.

UN VÍNCULO INCOMPLETO.

Seraphina miró sus manos. La luminiscencia plateada de su piel se había intensificado.

IDENTIDAD NO VERIFICADA.

Kaelen sintió un pinchazo en el antebrazo. Las vetas azules que se habían extendido desde su contacto con el primer santuario se iluminaron de golpe.

La voz se interrumpió.

Un anillo de luz recorrió el pedestal y se detuvo frente a Kaelen. En su superficie apareció una secuencia de caracteres. El microprocesador intentó traducirlos, pero solo pudo recuperar una palabra:

HEREDERO.

Kaelen retrocedió medio paso.




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