El caos nos encontró.

Capítulo 1: Lumina Valmir.

Despertó entre las raíces de un árbol tan viejo que sus ramas parecían huesos extendidos hacia un cielo que no reconocía. El musgo húmedo se le pegaba a la piel como si el bosque mismo hubiera decidido reclamarla, envolverla, hacerla parte de la tierra antes de dejarla ser algo más. Tenía el cabello blanco, corto, apenas rozándole los hombros, y cuando un mechón le cayó sobre el rostro y lo apartó con los dedos, no sintió sorpresa por su color. No sintió nada, en realidad. Solo un vacío enorme, silencioso, del tamaño exacto de todo lo que debería haber sabido y no sabía.

Sus ojos eran azules, de un azul que no pertenecía del todo a este mundo, como si alguien hubiera vertido el mar entero dentro de ellos y luego hubiera olvidado enseñarles a llorar. Y sin embargo, mirando el bosque que se extendía a su alrededor, sintió que algo en su pecho quería quebrarse. No sabía por qué. No sabía su nombre, ni su edad, ni el sonido de la voz de su madre, si es que alguna vez había tenido una. No sabía si alguna vez había reído. Solo sabía que estaba sola, profundamente sola, de una manera que no se aprende: se nace con ella o se cae en ella, y ella había caído.

Se puso de pie despacio, con las piernas temblando como si fueran nuevas, como si su cuerpo entero hubiera sido cosido esa misma mañana y todavía no supiera bien cómo sostenerse. Caminó. No supo hacia dónde, ni por qué esa dirección y no otra. El bosque no le ofrecía señales, solo árboles y más árboles, y una luz verde que se filtraba entre las hojas como si el sol también dudara de mostrarse ante ella.
Los días pasaron —no supo cuántos, porque contar exigía un ancla que ella no tenía— y descubrió, con una especie de asombro distante, que el hambre y la sed la visitaban poco, como invitados que llegan tarde y se van pronto. Bebía de los arroyos cuando los encontraba, comía bayas que su cuerpo parecía reconocer aunque su mente no supiera nombrarlas, y seguía caminando, un pie después del otro, como si caminar fuera lo único de lo que estaba seguro su cuerpo, la única verdad que le quedaba.

A veces se detenía y se miraba las manos, como si esperara encontrar en ellas la respuesta a quién era. Nunca la encontraba.

Fue una tarde de luz dorada, de esas que caen entre las ramas como si el bosque estuviera despidiéndose del día con cariño, cuando escuchó voces. Voces pequeñas, agudas, que se acercaban entre risas y ramas quebradas.

—¡Mira, mira, hay alguien ahí!

—¿Está dormida?

—No, está de pie. ¡Oye! ¡Oye, señorita!

Dos niños, no mayores de diez años, se acercaron a ella con la curiosidad despreocupada de quien todavía no ha aprendido a temer al mundo. La miraron de arriba abajo, el cabello blanco, la ropa sucia y rasgada, los pies descalzos y heridos.
—¿Estás perdida? —preguntó el más pequeño.
Ella no respondió. No porque no quisiera, sino porque no encontraba dentro de sí ninguna palabra que valiera la pena decir.

—No habla —dijo el otro niño, como si eso resolviera algo—. Ven, vamos a llevarla con mamá. Ella sabrá qué hacer.

La tomaron de las manos, uno a cada lado, y ella se dejó llevar sin resistencia, como una hoja que ha dejado de decidir hacia dónde sopla el viento. Caminaron entre los árboles hasta que el bosque se abrió en un pequeño claro, donde una cabaña de madera vieja se alzaba con humo saliendo de su chimenea, y ese humo, pensó ella sin saber por qué, olía a algo parecido a la seguridad.
La mujer que salió a recibirlos —de manos ásperas y mirada cansada pero amable— se llevó una mano al pecho al verla.

—Por todos los cielos… ¿de dónde saliste, niña?
Ella bajó la mirada. No tenía respuesta. Nunca la tenía
La cuidaron durante semanas. Le dieron un catre junto al fuego, ropa limpia, y comida que ella aceptaba con una gratitud silenciosa que se notaba más en sus ojos que en sus palabras. Hablaba poco, casi nada, y cuando lo hacía era en susurros breves, como si temiera que las palabras, al salir, pudieran romperse.

Una mañana, con la niebla todavía enredada entre los árboles, llegó una visita.

Era una mujer distinta a todas las que ella había visto hasta entonces —o hasta donde llegaba su memoria, que no era mucho—. Vestía con una elegancia que no pertenecía al bosque, telas oscuras bordadas con hilos plateados, y caminaba como quien está acostumbrada a que el mundo se aparte a su paso.
—Así que esta es la joven de la que tanto se habla en el pueblo —dijo la visitante, deteniéndose frente a ella con una sonrisa medida, calculada.
La dueña de la cabaña se acercó, secándose las manos en el delantal.

—No sabemos de dónde viene ni quién es —explicó—. La encontraron mis hijos, sola, en el bosque. No recuerda nada. Pero es una buena chica, tranquila, y muy bonita, como puede ver.

La mujer inclinó la cabeza, observándola con un interés que no se molestaba en disimular. Sus ojos recorrieron el cabello blanco, los ojos azules, el silencio que la envolvía como una segunda piel.

—Sí —murmuró—. Ya veo.

Se acercó un paso más, y la joven, tímida, retrocedió apenas un centímetro, aunque no apartó la mirada.
—No tienes nombre —dijo la mujer, no como pregunta, sino como una verdad ya aceptada—. No tienes familia. No tienes un lugar al que pertenecer. ¿Me equivoco?

La joven negó lentamente con la cabeza.
—Yo puedo darte todo eso —continuó la mujer, con una voz suave que, sin embargo, no lograba esconder del todo el filo debajo—. Un techo verdadero. Un nombre. Una posición en este mundo que vale más de lo que esta cabaña podría ofrecerte jamás. Solo tienes que venir conmigo.




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