Danael tampoco recordaba su nombre.
Lo habían encontrado años atrás, en las afueras de un pueblo que ni siquiera se molestó en preguntarle quién era antes de decidir qué hacer con él: un chico descalzo, con la ropa hecha jirones, los ojos rojos como brasas y la piel tan pálida que parecía no haber visto el sol en toda su vida. Nadie supo su nombre porque él tampoco lo sabía. Nadie supo de dónde venía porque él tampoco lo recordaba. Así que, como se hace con las cosas que no tienen dueño, lo vendieron.
Pasó de familia en familia como una moneda que nadie quería quedarse pero que tampoco se atrevía a tirar. Unos lo usaban para el campo, otros para los mandados, otros simplemente lo tenían porque una boca extra a cambio de trabajo gratuito siempre convenía. Terminó, finalmente, en las manos de un comerciante de vegetales, un hombre de bigote grueso y paciencia corta que lo llamaba "el chico" cuando estaba de buen humor y "una carga más" cuando no lo estaba, que era casi siempre.
—Espabila, que las zanahorias no se venden solas —le decía cada mañana, empujándolo hacia la calle con el carrito cargado.
La esposa del comerciante, en cambio, tenía otra mirada para él. Una mirada que Danael había aprendido a identificar como lástima, esa clase de compasión silenciosa que no cambia nada pero que al menos duele menos que la indiferencia. A veces le guardaba un pedazo de pan de más. A veces, cuando su marido no miraba, le decía "cuídate, muchacho" con una voz que sonaba casi a disculpa.
Pero eso no era suficiente. Nunca lo había sido.
Cada mañana era la misma rutina: salir con el carrito, gritar los precios, aguantar las miradas, aguantar los insultos. Porque en el pueblo nadie lo veía como a un muchacho más. Lo veían como a algo raro, algo que no encajaba, con esos ojos rojos y esa piel que parecía hecha de luna, y los brabucones del mercado—hijos de comerciantes ricos, con más músculo que sentido común—habían decidido, hacía tiempo, que Danael era el blanco perfecto para su aburrimiento.
Estaba cansado. Harto, en realidad, de una forma que ya no dolía tanto como quemaba por dentro. Pero no tenía a dónde ir. Un muchacho sin nombre, sin pasado y sin fuerza física no llega muy lejos solo, y Danael lo sabía. Así que seguía vendiendo. Seguía obedeciendo. Seguía tragándose la rabia como quien traga piedras, una tras otra, esperando el día en que el estómago no pudiera con una más.
Esa mañana llegó antes de lo que él hubiera querido.
—Miren quién anda vendiendo basura otra vez —dijo el líder del grupo, un joven robusto de sonrisa fácil y crueldad más fácil todavía, apoyándose sobre el carrito de Danael con toda la intención de volcarlo.
—Aléjate de mis verduras —respondió Danael, con los dientes apretados, sin levantar del todo la mirada. Era más bajo que la mayoría de ellos, más delgado, y lo sabía. Pero eso no significaba que fuera a quedarse callado.
—¿O qué? ¿Me vas a mirar feo con esos ojos de demonio? —el brabucón soltó una carcajada, y sus amigos lo secundaron de inmediato, como perros bien entrenados.
Empujó el carrito. Las zanahorias rodaron por el suelo empedrado, y Danael se agachó de inmediato, más por instinto que por decisión, tratando de salvar lo que pudiera antes de que el comerciante notara la pérdida y se lo hiciera pagar, literalmente, de su ya escaso salario.
—Vamos, demonio, recógelas todas. Así aprendes tu lugar.
—Déjenlo en paz.
La voz llegó desde un costado, tranquila pero firme, y todos —Danael incluido— giraron a ver de dónde provenía.
Era una joven de cabello blanco corto y ojos azules profundos, vestida con ropas finas que no pertenecían al mercado, arrodillándose sin ninguna duda junto a Danael para ayudarlo a recoger las zanahorias esparcidas por el suelo.
Los brabucones se miraron entre sí, sorprendidos, y luego rompieron a reír.
—Miren esto, la princesita jugando a ser buena samaritana.
Pero el líder no reía. La miraba fijamente, con una expresión que pasó de la burla a algo más calculador, más interesado.
—Espera… tú eres la hija adoptiva de los Valmir, ¿no es así?
La joven no respondió. Siguió recogiendo zanahorias, con las manos firmes a pesar del temblor apenas perceptible en sus hombros, sin mirarlo, como si él no mereciera ni siquiera esa cortesía.
—Le hice una pregunta —insistió el joven, dando un paso hacia ella.
En ese momento, un sirviente vestido con los colores de una casa noble se acercó apresurado entre la multitud del mercado, con el rostro pálido de preocupación.
—¡Señorita Lumina! Su madre la está buscando, no debería estar…
El nombre cayó como una piedra en el silencio incómodo que se había formado, y el líder de los brabucones soltó una carcajada que sonó, esta vez, genuinamente divertida.
—Lumina Valmir. Vaya, vaya. Qué casualidad —dijo, acercándose otro paso más, con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. ¿Sabes? Eso te convierte, prácticamente, en mi prometida.
Lumina se detuvo. Por primera vez desde que había llegado, levantó la mirada hacia él, y en sus ojos azules había algo que no era timidez: era desprecio, frío y claro como el agua de un río de montaña.
—Mi madre ya arregló el matrimonio con la tuya —continuó el joven, disfrutando cada palabra—. Así que, técnicamente, cuando seas mi esposa, no vas a poder seguir ayudando a perros callejeros como este.
Extendió la mano para tomarla del brazo, con una confianza que dejaba claro que estaba acostumbrado a que las cosas fueran exactamente como él quería.
Lumina lo apartó de un solo movimiento, sin violencia pero sin ninguna suavidad tampoco, como quien retira una mano de algo sucio.