El caos nos encontró.

Capitulo 3: Miaru

Despertó en la oscuridad, y la oscuridad, por primera vez en su existencia, le pareció algo real.
No supo cuánto tiempo llevaba tendido sobre la piedra fría de la cueva antes de que su cuerpo —su cuerpo, una palabra que todavía no sabía cómo habitar— reaccionara con un movimiento torpe, casi animal. Se levantó despacio, apoyándose en unas manos que no reconocía como suyas: dedos largos terminados en garras oscuras, afiladas, que arañaron sin querer la roca al buscar equilibrio. Bajó la mirada. Desde el cuello hasta los pies, su piel se había vuelto de un negro profundo, casi líquido, como si la sombra misma hubiera decidido quedarse a vivir bajo su superficie. Garras también en los pies. Un cuerpo que no pidió, en un mundo que no entendía.
No sabía qué era el miedo. No lo había sabido nunca, porque nunca antes había sido nada capaz de sentirlo. Y sin embargo, ahí, temblando en la penumbra de una cueva que no recordaba haber elegido, aprendió su nombre sin que nadie se lo enseñara.

Caminó —otra palabra nueva, otro verbo extraño en un cuerpo recién estrenado— hasta un pequeño estanque que se formaba entre las rocas, alimentado por un hilo de agua que goteaba desde algún lugar más alto. Se asomó. El reflejo que le devolvió el agua era el de un rostro afilado, de cabello oscuro y ojos de un rojo apagado, casi líquido, enmarcado por una oscuridad que le cubría el resto del cuerpo como una segunda piel.

Y entonces llegaron los recuerdos.
No llegaron poco a poco, con la cortesía de quien golpea la puerta antes de entrar. Llegaron todos a la vez, como una represa que revienta: el caos, la guerra, el desierto ardiendo, los gritos de un mundo que se resistía a morir, la energía descontrolada que había arrasado pueblos enteros sin que él —sin que eso, lo que fue antes— pudiera detenerse, porque no había un "él" entonces, no había voluntad, no había elección. Solo poder. Solo destrucción pura, ciega, sin nombre ni rostro, ejecutada por una pluma gris que ni siquiera sabía que existía como algo separado del caos que provocaba.

Un grito escapó de su garganta antes de que pudiera entender que era suyo.

Las lágrimas llegaron después, furiosas, incontrolables, cayendo sobre el agua del estanque y deshaciendo su propio reflejo en círculos temblorosos. Lloró como solo puede llorar alguien que acaba de descubrir, en el mismo instante, que existe y que ya ha hecho daño irreparable sin haber tenido jamás la oportunidad de decidir no hacerlo.
¿Era culpable? La pregunta lo perseguiría durante días, enroscada en su pecho como una serpiente que no encontraba salida. No había tenido consciencia. No había tenido voluntad. Había sido energía pura, un instrumento del caos y no su autor... y sin embargo lo recordaba todo, cada grito, cada pueblo caído, con una claridad que dolía como si las manos que habían causado aquello fueran, sin ninguna duda, las mismas garras que ahora se cerraban, temblorosas, sobre su propio pecho.

Pasó días —no sabía cuántos, el tiempo dentro de la cueva se movía distinto, más denso— sentado contra la piedra fría, envuelto en un silencio que a veces era tristeza y otras veces era simplemente terror. Terror a lo nuevo. Terror a un cuerpo que sentía frágil por primera vez, a una vulnerabilidad que antes, siendo solo poder puro, jamás había podido siquiera concebir. Ahora tenía piel que podía cortarse. Ahora tenía miedo de que alguien lo viera.
Pero el miedo, con el tiempo, se transformó en otra cosa.

Fue una inquietud lenta, casi imperceptible al principio, la que empezó a moverse dentro de él como una corriente subterránea. Sabía cosas. Sabía que existían otras plumas, que probablemente habían despertado igual que él, en algún rincón del mundo, confundidas, quizás asustadas, quizás sin memoria alguna de lo que habían sido. Sabía, también, que un héroe existía —lo había visto, lo había sentido en el instante mismo de la explosión que lo trajo a esta forma—, un joven con una espada capaz de apagar lo que ellos eran. Sabía cómo funcionaban los humanos, sus costumbres, sus miedos, su forma de organizarse en pueblos y mentiras pequeñas y necesarias. Todo ese conocimiento vivía en él sin que hubiera tenido que aprenderlo, como si hubiera estado absorbiendo el mundo entero durante toda la guerra sin darse cuenta.

Era el único, se dio cuenta, que recordaba todo.
Las otras plumas —si de verdad habían despertado como él, con cuerpo, con posible fragilidad— quizás no cargaban con esa maldición. Quizás caminaban por el mundo en este mismo momento sin saber quiénes habían sido, libres del peso que a él lo aplastaba cada noche contra la piedra de la cueva. Esa idea le dolió y lo alivió a partes iguales, y no supo, todavía, si esa diferencia lo convertía en algo más fuerte o simplemente en algo más solo.
—Necesito un nombre —dijo en voz alta, un día, a nadie, a las paredes de la cueva que ya conocían de memoria el sonido quebrado de su voz—. No puedo seguir siendo... eso. La pluma gris. Necesito ser algo más.

Pensó durante horas, dándole vueltas a sonidos, a sílabas, hasta que uno se sintió correcto de una forma que no supo explicar, como si llevara ese nombre guardado en algún rincón de sí mismo desde antes de tener consciencia para reclamarlo.
—Miaru —dijo, probándolo en su propia boca—. Me llamaré Miaru.

Con el nombre llegó, casi de inmediato, algo parecido a una identidad. No una completa, no una que se sintiera del todo suya todavía, pero sí un punto de partida, un lugar donde pararse antes de decidir hacia dónde caminar.

Y decidió caminar hacia las otras plumas.
No sabía dónde estaban. No tenía mapa, ni pista, ni más guía que una certeza instintiva de que debía encontrarlas, de que si algo de bondad podía sacarse de todo el daño que habían causado, esa bondad empezaba por reunir a quienes, como él, no habían elegido ser armas. Sentía que era su deber, aunque nadie se lo hubiera pedido, aunque nadie más que él supiera siquiera que ese deber existía.




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