El caos nos encontró.

Capitulo 5: La calma que ya no es.

La posada quedaba lejos de cualquier camino principal, escondida entre colinas bajas y campos de cebada que el viento mecía como un mar dorado. Era un lugar pequeño, de techos de madera oscura y mesas gastadas por décadas de codos cansados, y precisamente por eso les gustaba: nadie los reconocía allí, nadie se acercaba a pedirles una historia o a besarles las manos por alguna bestia vencida hacía décadas.

Dylan estaba sentado al fondo, con una jarra a medio terminar frente a él y la mirada clavada en la funda de Ilusia, apoyada contra el borde de la mesa. No había tocado la bebida en la última media hora.

Eirak y Auguri se acercaron casi al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo sin decirlo, y ocuparon los asientos a su lado.

—¿Y Zephirine y Liryen? —preguntó Dylan, sin apartar la vista de la espada, notando por primera vez que faltaban dos sillas en la mesa.

—Salieron a resolver un pendiente —respondió Auguri, recostándose con una sonrisa relajada que no terminó de convencer a nadie—. Algo de provisiones, creo. O de caballos. No me quedó muy claro, estaba a media cerveza.

—Nunca te queda claro nada a media cerveza —dijo Eirak, sin mirarlo.

—Eso es difamación.
Eirak no respondió. Estaba observando a Dylan, y Auguri, que también lo había notado, dejó de bromear poco a poco, como quien baja el volumen de una música que ya no encaja con el momento.

—Llevas días así —dijo Eirak, finalmente—. Callado. Mirando esa espada como si te debiera dinero.

—No es la espada —murmuró Dylan—. Bueno, sí lo es.

—Habla —dijo Auguri, con más suavidad de la habitual.

Dylan tardó en responder. Pasó el dedo por el borde de la jarra, dibujando un círculo lento sobre la madera húmeda.

—Ilusia se está comportando raro —dijo al fin—. Vibra. A veces se calienta sin razón, aunque no la haya tocado en horas. Anoche la sentí latir mientras dormía, como si tuviera algo vivo adentro.

—Eso no es normal —dijo Auguri.

—No, no lo es. La última vez que se comportó así fue antes de la guerra. Antes del desierto. Cuando avisaba de que la energía estelar estaba cerca. —Dylan levantó por fin la mirada, y en sus ojos había un cansancio que no era de una sola noche mal dormida

—. Y si eso es lo que está pasando, si el poder estelar apareció de nuevo en este mundo, entonces la paz que tenemos no está garantizada. Nunca lo estuvo.
El silencio que siguió fue incómodo. Del otro lado de la sala, el posadero secaba vasos tarareando algo desafinado, ajeno a todo.

—Entonces buscaremos —dijo Eirak, con esa calma suya que parecía haberse tallado en piedra a lo largo de un siglo—. Si las plumas siguen existiendo, las encontraremos. Y las eliminaremos, antes de que puedan hacer lo que hicieron la vez anterior.

—¿Y si no es tan simple? —preguntó Dylan.

—Lo será.

—No lo sabes.

—No —admitió Eirak—. Pero prefiero actuar como si lo supiera. Alguien tiene que hacerlo.

Dylan soltó una risa breve, seca, sin humor.
—Tengo miedo —confesó, en voz tan baja que Auguri tuvo que inclinarse para escucharlo—. Es una estupidez, ¿verdad? Cien años de bestias, de pueblos salvados, de pelear contra cosas que nadie más se atrevía a mirar a la cara, y lo que me da miedo es que todo vuelva a ser como antes.

—No es una estupidez —dijo Auguri.

—Este mundo se parece tanto al anterior —continuó Dylan, como si las palabras llevaran mucho tiempo atoradas—. Los mismos caminos, los mismos olores, a veces hasta las mismas caras con otros nombres. Pero tiene paz. Tiene calma. Cien años sin nada anormal, sin que el cielo se cayera, sin que nadie muriera por culpa de algo que no podemos nombrar. Solo nosotros, tratando de vivir una vida tranquila y de olvidar lo que recordamos. Y ahora Ilusia empieza a avisarme otra vez, igual que entonces, y yo... —Se detuvo. Apretó la mandíbula—. No quiero volver a enterrar a nadie.

Ni Auguri ni Eirak dijeron nada durante un buen rato. No hacía falta. Los tres habían estado en aquel desierto. Los tres recordaban lo que había pasado después.

Fue Eirak quien rompió el silencio, con la mirada perdida en la madera de la mesa y la voz más baja de lo normal.

—Si Ilusia apenas ahora empieza a comportarse así —dijo, despacio—, entonces el poder no lleva mucho tiempo de vuelta. Si hubiera regresado hace años, ella lo habría avisado antes.

—Eso es lo que pienso yo también —dijo Dylan.
—Entonces todavía estamos a tiempo.

—Eso espero.

Auguri, que no solía quedarse callado tanto rato, golpeó la mesa con los nudillos, no con fuerza, apenas para llamar la atención.
—Bueno —dijo—. Entonces mañana empezamos a buscar pistas. Preguntamos en los pueblos, revisamos los caminos del este, hablamos con quien haga falta hablar. No nos vamos a quedar aquí bebiendo cerveza mientras algo se cuece allá afuera.

—Hablas como si no hubieras estado bebiendo cerveza desde que llegamos —dijo Eirak.

—Y lo hice. Pero con remordimiento, que cuenta.
Por primera vez en toda la noche, Dylan sonrió, aunque fuera apenas.

—Tenemos que detener esto antes de que sea demasiado tarde —dijo, enderezándose, apoyando la mano sobre la empuñadura de Ilusia como quien se aferra a algo que no sabe si es amenaza o ancla.
Y Ilusia, bajo su palma, vibró.




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