El chico del pañuelo rojo

2. Mi día

⊶⊷⊶⊷⊶⊷⋆⊶⊷⊶⊷⊶⊶⊷⊶⊷⊶⊷⋆⊶⊷
En esa mañana, a última hora, el profesor había faltado. Por lo que no tendría clase y podría tener algo más de tiempo libre. Sin embargo, acepté la estúpida idea de mi grupo de trabajo en hacer una llamada para hablar sobre un proyecto que tenía. Cosa que, internamente, quería gritar de enfado por haber sido responsable y haber accedido.

Aprovechamos en hacer un meeting online, para hablar de lo que llevábamos hecho y ponerlo en común.

Ante esa extremadamente aburrida hora, solo observaba con impaciencia el reloj colgado en mi pared, escuchando en la lejanía sus distintas voces extranjeras.

Yo ya había terminado mi parte de esa semana, por lo que mi mente estaba bagando a otra parte, muy lejana de mi escritorio. Mientras que Salen, una de mis compañeras y la autoproclamada líder del grupo, hablaba sin detenerse. Mostrando su gran interés en aquello, mientras regañaba a algún que otro integrante por su avance retrasado o hecho a prisas.

Entonces la chica volvía a llamarme por tercera vez en esa hora. Su voz, algo electrónica a causa de su pobre micrófono, retumbaba en mis oídos de forma molesta. Ella muchas veces intentaba llamar mi atención con distintas formas, una de ellas hablándome en español, poniendo como excusa practicar el idioma. Aunque en el fondo era obvio que solo quería algo conmigo, gracias a sus incontables ganas de hacer llamadas privadas y preguntas externas del tema principal, algunas incluso más privadas.

—Gyan, eh... Estás tú oyendo?— Me llamó con ese característico acento extranjero suyo.

Parpadee con pereza para después desviar mi mirada del reloj a la pantalla, volviendo a centrar mi borrosa atención a la llamada.
Mi nombre es extranjero, escogido por mi madre, una mujer Italiana con una gran belleza que por consecuencias de la vida terminó en esta grisácea ciudad. Pero eso era lo único de mí que era originario de Italia, ya que no tenía ni pizca de idea de la lengua.

—Sí, uhh, Yes, I'm Sorry, What'd you say about that? — Respondí aun sin mostrar interés en nada relacionado en el trabajo y hablando en inglés. Puesto que intentar entender a un Inglés, totalmente novato, hablando español es mucho más difícil, y mi cerebro no quería esforzarse al doble solo por las insistencias de la chica. Me sabía mal, pero ese día no estaba de humor.

Ella me habló de mi parte, felicitándome y no diciéndome gran cosa más, como siempre, ya que era puntual y hacía mi investigación impecable, según ella me decía...

Hablaron de algunas cosas más, pero dirigiéndose principalmente a los otros componentes. Al volver a mirar las agujas del reloj que cada vez parecían ir más lento, resoplé cansado. Y ya harto de estar allí sin hacer nada, me inventé alguna excusa de tener que hacer alguna cosa importante e intentar cortar la llamada.

Hice mi parte, he dado mi opinión, así que no servía de nada seguir estando allí, solo oyendo como el más mayor del Grupo se disculpaba por no haber hecho su parte por culpa de sus hijos. Y, todo y las insistencias de la chica, me despedí.

Corté la llamada en seco, no sin antes decir un adiós en su idioma. Me aparté del escritorio, estirando mi espalda hacia atrás, sintiendo como crujía cada uno de mis huesos, consecuencias de estar tanto tiempo sentado.

Entonces me levanté, recogí un poco mis apuntes y libretas desordenadas de mi escritorio, para después ponerme la chaqueta. Con pasos tranquilos agarré mi encendedor rojo de encima de mi mesa y salí a mi preciado balcón, apoyándome en la barandilla oscura.

Con un movimiento rápido encendí mi cigarrillo, volviendo a relajar mis hombros y observar esa nada que cada mediodía veía.
La aborrecía, ¿quien no lo haría? Ver el mismo paisaje cada día, durante tres años. "Quiero un cambio..." Pensé al ver que cerrando los ojos tenía ese mismo paisaje memorizado al completo.

Entonces, como si alguna cosa me estuviera avisando en mi subconsciente, posé mis ojos en la calle de enfrente. Y entonces lo volví a ver, el chico del pañuelo.

Caminaba e iba vestido exactamente igual que el día anterior, llevando de la misma forma su gran carpeta. Tampoco tenía mucho tiempo como para analizarlo demasiado, pero si el suficiente como para saber fácilmente que era él. La curiosidad era una cualidad que pocas veces tenía, sin embargo, ese chico la hacía parecer. La única diferencia del día de ayer era que su pañuelo no le tapaba el rostro. Sobresaliendo una nariz y mejillas enrojecidas por el frío del ambiente.

Le miré indiferente, soplando el humo lentamente. La escasa gente que había, pasaba por su lado sin inmutarse de su vaga existencia. Donde yo, muy al contrario de ellos, no podía evitar mirarlo.

Al perderlo de mi vista, seguí con mi exploración al más allá. Sintiéndome igual de vacío que siempre, para después lanzar el cigarrillo al suelo y entrar en mi apartamento. El tiempo restante para iniciar mi turno en el trabajo me calenté alguna cosa que sobró del día anterior.

En fin, Al faltar ya poco rato para mi turno en la cafetería, agarré mi bolsa oscura con algo de dinero y me fui al trabajo.
Iba tranquilo, solía ser una persona muy puntual y siempre iba con tiempo. Por lo que, mayoritariamente, nunca tenía prisa, muy al contrario de mi amigo, que él siempre iba tarde a todas partes. La cafetería estaba a un par de calles más abajo y me quedaba bastante cerca, así que no debía caminar mucho.

Al llegar, mi jefa, una mujer de tez oscura y con su cabello recogido con un moño alto, me saludó mientras terminaba de arreglar un par de papeles. Entonces entré por la puerta trasera, lugar donde solo los trabajadores podían acceder. Hasta llegar a una estancia con algunas taquillas para guardar cosas y donde guardábamos nuestros uniformes.

—Qué tal chico, todo bien? — la mujer me preguntó, con su saludo rutinario, desde el marco de la puerta y con algunos papeles en mano.

—sí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.