Escuché la alarma del teléfono y la angustia subió: como óbolo al rojo vivo por el esófago, con ganas de liberar en cada arcada, mi frustración. Un día enquistado en este laberinto de tres metros cuadrados y con cajas apolilladas que se te vienen encima.
Entre pasillos improvisados donde mal pasa un chamaco enjuto. Con esos cuadros de angelitos de la guarda y últimas cenas, tan viejos y descoloridos; que a Jesús ya lo apresaron y Pedro fragua su traición. Clavados con ganzúas cromadas que ya dieron lo mejor de sí y amenazan con dejártelos caer en la cabeza.
Además, esas macetas variopintas amontonadas en el rincón que apesta a salitre y animal muerto.
El baúl desvencijado del tatarabuelo metamorfoseado a compostar y asaltado por los hongos y el musgo. Convertida en nueva Babel por la terquedad de los grillos, las cucarachas, y todo un escalofriante catálogo entomológico.
¡Y ni más ni menos que en el sofocón de las cuatro de la tarde! En esta cueva sin ventanas y con el escaso aire hediondo por los vapores de la podredumbre. Chorreando sudor y con la ropa pegada a mi cuerpo. Rebosante de fastidio.
Me asfixiaba la atmósfera y una angustia me oprimió el corazón. Se me vino a la mente mi infancia y el cuarto del peluche —aquel entrañable maltés que aulló desconsolado la muerte de mi tía Martina—, con su olor a viejo y a heces, pero con una grandísima recompensa que valía la entrada: el veliz de ixtle donde mi madre guardaba las figuras del nacimiento.
Pero el cielo se hizo infierno y el ángel diablo y recordé la impresión de ver amortajada a mi tía: entre cuatro cirios y en una atmósfera saturada por plañidos, rezos y golpes de pecho. El olor rancio de la mirra se renovó en mi nariz y me evocó el del cannabis. Me horroricé cuando el hedor se volvió picante y acerbo.
Recordé sus años, en el más profundo de todos sus abismos, cuando su cuarto apestaba siempre a alcohol y a opio, y dejaba las flores rojas o los bulbos resinosos en cualquier lado, mientras se perdía en ese infierno pálido que él imaginaba como un cielo azul.
Escuché la puerta principal azotarse y sus pisadas en el zaguán. El remanso cálido de recuerdos se fue a la fregada, cuando golpeó histéricamente la puerta y habló a gritos, como era su nueva costumbre:
—¿Cómo vamos mi cabrón?
—De la chingada en este puto muladar, ¡no hay ni por dónde empezar!
—Entonces ¿nomás te has hecho pendejo todo el día?
—¿Que no ves el desmadre que tengo, o a poco así estaba este mugrero en la mañana?
—Yo lo veo igual, no te des ínfulas y mejor dime, ¿qué has encontrado?, porque te recuerdo que esa carpeta, ¡aparece o aparece!
—Pues ¡veremos! Yo no tengo opción. Pero eso sí te digo: lo veo muy, pero muy cabrón.
—El que resuelve las cosas cabronas soy yo, tú dedícate a lo que te puse a hacer y deja de alegar.
—Bueno, entonces ¡por favor lárgate de aquí! Déjame en paz, para mover este mierdero sin que me estorbes.
—Jajaja, ¡qué pinche nena! Está bien, ya me voy, pero regreso y quiero esa puta carpeta cabrón.
Me quedé trinando de coraje, impotente por inferioridad estatutaria y frustrado; con las quijadas trabadas y con unas ganas locas de tirar toda esa mierda por el suelo, y luego salir a reventarle el hocico a ese pendejo.
En esa inmundicia de cajas ruinosas, dentro de una cajita muy vieja de metal, pintada con paisajes de los Alpes —y que decía «assorted cookies»— encontré una foto.
Vi el esplendor de mi madre. Su figura esbelta, sus hermosos ojos y su pelo brillante y ensortijado hasta los hombros. Con su vestido strapless entallado y con una falda que le caía primorosa en letra A. Lucía unas zapatillas de charol y su bolso de Cartier. En contraste con la espalda ancha y el pecho firme de mi padre, con sombrero de gamuza y gabardina, con valenciana en los pantalones y zapatos bostonianos.
Paseaban de la mano en un camino adoquinado, justo sobre una glorieta con monumento de cantera negra en el centro y, detrás de ellos, el caballo alazán de tamaño natural y la cámara fotográfica de tripié y caja negra.
Ver a mi madre esplendorosa, paseando con orgullo del brazo de mi padre, me despertó muchos recuerdos.
Conocí el infinito por mi madre. El amor de sangre y fuego, el calor que todo lo curaba de un beso suyo y la resurrección de todas mis muertes cuando me consolaba entre sus brazos.
Los discos de vinilo de 78 revoluciones por minuto y el fonógrafo; la máquina de escribir Remington y las otras que eran portátiles y de color beige. Las planchas de carbón, los vestidos almidonados y los inmensos roperos llenos de misterios.
La previsión y el ahorro que de grande ignoré. Las máquinas de coser Singer en mueble y con pedal, o cómo cambiar el fusible o la laminilla tras el corto en el interruptor, y también, las lavadoras de rodillos.
La pasión por el beisbol y la sensibilidad para descifrar un soneto. Los surtidores de agua quinada y el amor por la música; la costumbre a la comida deliciosa y las cenas prodigiosas. Del Amor y la fe en Dios; y del universo que ni siquiera he empezado a enumerar.
Mi madre fue mujer de una pieza y casi siempre, jubilosa. Mi abuelo, un hombre monolítico que era voluntad pura la resarció tanto como le fue posible, de la terrible pérdida de su madre en su tierna infancia.
Con mimos y todas las novedades que descollaban allá en Laredo, a donde mi abuelo iba una vez por semana, debido a su trabajo de agente postal —oficio en el que acumuló treinta años de labor intachable, sin una sola falta en todo ese tiempo—.
Entre todo el universo de luces y sombras que me heredó, se me vino un recuerdo de sus mocedades.
En ese tiempo ella estudiaba en el Colegio México de las hermanas josefinas; mochas hijas de la tiznada que confinaban en castigo ejemplar a las niñas en una mazmorra repugnante y fría, calabozo en la época cristera, que las mismas monjas bautizaron como «la covacha».