El clan de los condenados

Capítulo 55

Cinco años después.

¿Cuál es la fuerza motora del ser humano? Muchos dirían que es el amor, otros responderían que es el poder. Podría ser la esperanza o tal vez el dolor. La verdad es que no todos tenemos la misma fuerza motora. A cada uno nos impulsa algo diferente, algo único que, si bien puede tener un trasfondo, algunas veces simplemente no se puede explicar. La mía es, sin dudas, el amor. Ese que siento por mi hija. Uno tan puro que es sorprendente que provenga de algo tan impuro como un ser humano. El más honesto, el más leal, uno que transciende el tiempo y el espacio. No conoce límites ni tiene barreras. Sin embargo, no todo ha sido color rosa. La maternidad, una parte de ella, es asumir que nunca serás perfecta. Rara vez las cosas salen como una espera. Hay situaciones donde simplemente todo te sobrepasa, sientes que te asfixias, pierdes la calma, y te sientes perdida. Momentos donde deseas romper a llorar junto a tu hijo, quien posiblemente esté igual de perdido que tú.

Nadie te enseña a ser madre. Ninguna persona está realmente preparada para eso; es un viaje en el que caminas prácticamente a ciegas, aprendiendo a ensayo y error. Todo eso me ha enseñado a atesorar los momentos, da igual si son buenos o malos. Cada uno esconde un recuerdo que perdurará si sabes cómo cuidarlo. Es lo único que conservas cuando todo lo demás se esfume con el paso del tiempo. Eso sucede cuando creces: entiendes que solo somos momentos que se transforman en recuerdos. Recuerdos que prevalecerán mientras los visites de vez en cuando.

—¿Ya te vas? —preguntó sirviendo una de las mesas.

—Ya terminó mi turno —respondí, quitándome el delantal—. Tengo que ir por mi hija.

Como de costumbre, corriendo contra el tiempo, saltando entre el suelo recién trapeado del restaurante. Había conseguido un empleo en este lugar hace unos años, convirtiéndose en mi única fuente de ingresos. No soportaba la idea de vivir del dinero de mi abuela.

—¡Mamá! —exclamó en cuanto me vio.

Alcé los brazos, sus pequeñas manos rodearon mi cuello abrazándome fuertemente. Al separarnos, reí al encontrarme con aquel diente flojo que ya estaba a punto de caerse. Eso la emocionaba mucho.

Caminamos hasta casa saltando entre los charcos de agua. El cielo después de una llovizna siempre ha sido de mis favoritos; se siente y se ve más alegre. Aunque debo admitir que lo que más nos emociona es la idea de encontrarnos un arcoíris. Allá en el cielo las gotas actúan como pequeños prismas y, cuando la luz del sol las ilumina de la manera adecuada, la luz se separa en sus colores formando un arcoíris. A Sumi le fascina eso.

—¡Abuela, estamos aquí! —exclamé, quitándome los zapatos.

—Iré a cambiarme de ropa —asentí al oír su dulce voz.

Estiré ambos brazos con molestia mientras caminaba hasta la cocina. Fruncí el ceño al notar que la comida no estaba lista. Es más, todo estaba impecable. Con curiosidad, me dirigí hasta la habitación de mi abuela. Toqué algunas veces para terminar entrando de todas maneras. Susurré su nombre, pero una sonrisa apareció al notar que se había quedado dormida otra vez.

—Abuela, despierta —susurré acercándome—. Te quedaste dormida de nuevo.

No respondió. Lejos de molestarme, moví su cuerpo suavemente mientras volvía a llamarla. Un sentimiento de inquietud me penetró al moverla con más fuerza y ella seguía sin reaccionar.

—¿Abuela? —repetí intentando mantener la calma—. Abuela, por favor, despierta.

Acerqué mi oído hasta su pecho. Mi corazón saltó bruscamente al no oír latido alguno. Mi respiración se aceleraba mientras llevaba una de mis manos debajo de su nariz. No estaba respirando.

—Mamá, ¿comeremos pronto? —preguntó entrando por la puerta.

—Sí, cariño. Espera que despierte a la abuela y haré algo de comer, ¿está bien?

Sumi salió enseguida. Ahogué un grito dejando caer mi cabeza sobre su cama, tapando este sentimiento de la misma forma en la que tapaba mi boca para evitar que mi hija me oyera llorar.

Siempre me dolerá el no haberte disfrutado más, querida abuela.




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