El club de las feas

Capítulo 1: Tres corazones rotos y un juramento.

Bella.

Hay mujeres que descubren la traición de un hombre con elegancia. Se sientan en un café de Via Montenapoleone, derraman una lágrima cristalina que rueda con gracia por la mejilla y suspiran mirando al horizonte, como en las películas en blanco y negro.

Yo me enteré de la mía con un cucurucho de pistacho en una mano y una servilleta en la otra, mientras veía a mi novio, Matteo, besándose con una rubia contra el escaparate de una zapatería. Con lengua. Con entusiasmo. Con una dedicación que jamás me dedicó a mí, ni siquiera el día de mi cumpleaños, cuando me regaló una plancha de pelo y me dijo que «le daba un aire más profesional».

Lo peor no fue el beso. Lo peor fue lo que vino después. El helado se me escurrió de los dedos, cayó sobre el empedrado y una paloma, la muy oportunista, se lo comió en tres picotazos, sin pestañear, sin remordimientos. Hasta las palomas de Milán se aprovechan de mi desgracia.

—¡Bella! —gritó Matteo al verme, separándose de la rubia con la rapidez de quien acaba de tocar una plancha caliente—. ¡Esto no es lo que parece!

Lo miré. Lo miré de arriba abajo, con su chaqueta de lino, su sonrisa de anuncio de colonia y su pelo perfectamente despeinado, ese que le llevaba cuarenta minutos conseguir cada mañana. Y entendí, con una claridad dolorosa, que había pasado dos años enamorada de un decorado.

—Entonces parece muchísimo lo que es —le respondí, y me di la vuelta con toda la dignidad que puede reunir una mujer que lleva la barbilla manchada de pistacho.

Caminé erguida durante tres calles. En la cuarta, me tropecé con un adoquín suelto y casi me estampo contra un puesto de periódicos. El vendedor me preguntó si estaba bien. Le dije que perfectamente. Luego rompí a llorar en mitad de la acera, con el bolso colgando del codo y la servilleta arrugada en el puño.

Llegué a mi apartamento a las seis de la tarde. A las seis y diez ya estaba tirada en el sofá, abrazada a un cojín con forma de corazón que Matteo me había regalado («para que me pienses», dijo el muy cursi). Le di un puñetazo al cojín. Después lo abracé más fuerte, porque seguía siendo muy suave y yo estaba muy triste. Tenía el rímel corrido hasta las rodillas y la dignidad por los suelos, junto a las migas de pistacho que aún llevaba pegadas a la blusa.

A las seis y cuarto sonó el timbre.

Arrastré los pies hasta la puerta, convencida de que era Matteo con un ramo de flores y una excusa ridícula. Pero no. Era Stella. Y detrás de ella, con la nariz roja y los ojos hinchados como dos ciruelas, estaba Fiorella.

Las dos tenían exactamente mi misma cara: la de quien acaba de salir de una película de terror protagonizada por su propia vida amorosa.

—Dime que no —murmuré.

—Sí —respondió Stella, entrando como un huracán de tacones y rabia contenida—. Hoy.

—¿A ti también? —preguntó Fiorella, con la voz rota.

—Hoy, a las tres de la tarde —confirmé yo, cerrando la puerta—. Pistacho y paloma.

—No quiero ni imaginarme qué significa eso —dijo Stella, dejándose caer en mi sofá—. Yo prefiero ahorrarme los detalles de lo mío. Basta saber que se acabó. Y que fue horrible. Con gritos y todo.

—Lo mío fue por mensaje —sollozó Fiorella, sentándose en el brazo del sillón—. ¡Por mensaje! Y con un emoji de manita saludando. ¡Una manita, Bella! ¡Dos años de relación y me despidió con una manita!

—Una manita —repitió Stella, indignada—. Hay que tener muy poca vergüenza.

Nos miramos las tres. Un silencio solemne se instaló en mi pequeña sala. Fuera, una vespa pasó pitando por la calle y alguien gritó algo en dialecto que no repetiré, aunque coincidía bastante con mi estado de ánimo.

Y entonces Stella soltó una carcajada.

Fue una risa fea, de esas que salen cuando ya no queda nada por perder. Un graznido, casi. Fiorella la miró espantada, parpadeó dos veces y, de pronto, se le escapó otra risa por la nariz, con un resoplido que sonó como una cafetera vieja. Yo no pude evitarlo. Me tapé la boca, me temblaron los hombros, y a los pocos segundos las tres estábamos tiradas sobre la alfombra, llorando de risa y de pena a partes iguales, entre pañuelos de papel arrugados y un cojín de corazón que alguien, no sé quién, acabó lanzando contra la pared.

—Esto no puede seguir así —dijo Stella cuando por fin recuperó el aire, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. En serio. Mirad cómo estamos. Somos tres mujeres inteligentes, trabajadoras, con carrera, con cerebro, con sentido del humor. Y con un gusto absolutamente pésimo para los hombres.

—Siempre elegimos a los guapos —dijo Fiorella, con la solemnidad de quien lee una sentencia.

—Y los guapos siempre acaban siendo un desastre —añadí yo.

—Los guapos son un fraude —dijo Fiorella.

—Los guapos son una plaga —rematé.

—Los guapos —declaró Stella, levantándose de un salto— deberían estar prohibidos por ley.

Fue directa a mi cocina, abrió la alacena como si fuera suya y sacó una botella de Chianti que yo guardaba desde Navidad «para una ocasión especial». Descorchó con los dientes, lo cual no recomiendo, y sirvió tres copas hasta el borde.

—Si esto no es una ocasión especial, no sé qué lo será.

Brindamos. Bebimos. Y entonces, con la segunda copa, Stella se subió de pie sobre mi alfombra, con la copa en alto y las mejillas encendidas, y pronunció las palabras que cambiarían nuestras vidas:

—Propongo fundar un club.

—¿Un club? —preguntó Fiorella, entornando los ojos.

—Un refugio. Un santuario. Un club de mujeres que no volverán a caer jamás. Un club contra el encanto, contra las sonrisas perfectas, contra los abdominales marcados y las frases bonitas. Un club de resistencia.

—¿Y cómo se llamará? —pregunté yo, intrigada a pesar de mí misma.

Stella lo pensó, mirando fijamente el fondo de su copa, como si la respuesta estuviera flotando en el vino.

—El Club de las Feas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.