Todo sucedió una tarde de lluvia. No una tormenta furiosa que aterra y aleja, sino una lluvia suave, persistente, que cae sin prisa como quien no tiene adónde ir. Ruby estaba refugiada bajo el pórtico de la entrada principal, con la mochila abrazada al pecho, mirando cómo el agua resbalaba por las piedras del patio y todo se volvía gris y silencioso. No tenía prisa por irse, pero tampoco sabía si quería quedarse. Estaba suspendida entre lo que sentía y lo que temía, entre lo que le decían los demás y lo que le decía su propio corazón, sin saber cuál voz confiar del todo.
Escuchó pasos acercándose, crujiendo sobre las hojas mojadas. Cuando se volvió, lo vio venir a través de la cortina de agua, con la chaqueta puesta sobre los hombros, el cabello un poco empapado, caminando despacio, como si la lluvia no fuera un estorbo sino un refugio. Se detuvo junto a ella, bajo el mismo techo, y sonrió con esa calma que parecía acompañarlo siempre. —No para —dijo, señalando el cielo con la mirada.
Ruby asintió, sin apartar la vista del agua que caía al otro lado del borde. —He pensado mucho en todo —confesó bajito, con los dedos entrelazados con fuerza—. En lo que dicen, en lo que sentimos, en lo que nos espera. Y tengo miedo. De verdad. Más miedo del que quiero admitir.
—Yo también —admitió él, y su voz sonó tan sincera que ella lo miró de golpe.
—¿Tú? —preguntó, sorprendida—. Tú no pareces tener miedo nunca. Siempre estás tan tranquilo, tan seguro de lo que haces.
—Lo tengo —dijo él, mirando la lluvia igual que ella—. Tengo miedo de lastimarte sin querer. De que no nos entendamos cuando las cosas se pongan difíciles. De que nos alejemos poco a poco sin saber cómo evitarlo. Tener miedo no significa que vaya a huir. Significa que me importas lo suficiente como para temer perderte.
Ruby sintió que el pecho se le llenaba de algo cálido y valiente, algo que empezaba a disolver la niebla que llevaba días dentro. Si él podía sentir miedo y sin embargo quedarse, ella también podía. —Yo quiero intentarlo —dijo, y la voz le salió firme, clara, como si por fin lo supiera con certeza—. A pesar de todo lo que dicen. A pesar de mí misma. A pesar del miedo. Quiero intentarlo contigo.
Oliver la miró entonces, y en sus ojos no había duda, solo reconocimiento, como si hubiera estado esperando escuchar eso tanto tiempo como ella misma. —Yo también —respondió simplemente.
No hubo un beso todavía. No hubo promesas eternas ni juramentos grandiosos. Solo se tomaron de la mano, despacio, tanteando el gesto, como probando si encajaban. Y lo hicieron. No perfectamente, no sin esfuerzo, no sin que a veces uno apretara un poco más fuerte de lo necesario o soltara sin querer. Pero sí con firmeza, con la seguridad de que ninguno soltaría aunque la lluvia no parara.
—No sabemos cómo hacerlo bien todavía —dijo él, entrelazando los dedos con los de ella—. Es posible que nos equivoquemos. Que nos digamos cosas que no pensamos. Que uno vaya más rápido y el otro más lento. Pero lo haremos juntos. Eso es lo que importa.
—Sí —respondió ella, apretando su mano—. Juntos.
Permanecieron así un buen rato, bajo el pórtico, viendo llover, sin necesidad de llenar el silencio con palabras. El mundo podía seguir hablando fuera, podían seguir opinando y advirtiendo y temiendo… pero ahí, bajo ese pequeño techo, solo estaban ellos dos, el fuego y la calma, el rojo y el verde, decidiendo caminar el mismo camino.
Yo estaba ahí, saben. Vi cómo se tomaron de la mano por primera vez. Vi cómo la lluvia los mantenía aislados del resto del mundo, como si el cielo mismo hubiera puesto un muro entre ellos y todo lo demás. Y vi cómo, en ese instante, el rojo dejó de ser solo fuego que quema y corre. Se convirtió en el inicio de algo que crecería con todos los tonos posibles, uno a uno, hasta formar un arcoíris entero.