El Color que Dejamos al Mundo

PARTE VII — VIOLETA Capítulo 32 — El arcoíris que llevamos dentro

Lili me pidió que contara todo esto desde el principio, y ahora que llego al final, me doy cuenta de algo hermoso: la historia no termina aquí. Lo que termina es esta forma de verla, estos días que compartimos, estos colores que fueron iluminando el camino uno por uno. Pero lo que Ruby y Oliver construyeron sigue vivo, creciendo, transformándose, igual que el cielo cambia pero nunca se apaga del todo.

La última vez que los vi, estaban sentados en su lugar de siempre, bajo el árbol que ya no era solo un árbol, sino el testigo silencioso de todo lo que habían sido. El sol se ocultaba y el cielo se teñía de violeta profundo, envolviéndolo todo con una suavidad que parecía abrazar el mundo. No hablaban mucho. A veces no hace falta. Se miraban y sonreían, y en esa mirada cabía todo: el fuego y la calma, la prisa y la espera, la distancia y el regreso, el miedo y la valentía.

—Antes creía que el arcoíris era algo que se veía cuando llueve —dijo Ruby despacio, mirando el horizonte—. Algo bonito que pasa y luego se va. Pero ahora sé que no es así.

Oliver la miró con esa ternura que solo él sabía darle. —¿Qué es entonces? —preguntó, como si no supiera la respuesta, aunque en el fondo la supiera.

—Es lo que somos —respondió ella—. Tú con tu calma, yo con mi fuego, y todos los colores que aprendimos a tener juntos. No es algo que está afuera. Es algo que llevamos dentro. Y mientras lo cuidemos, nunca se apaga.

Se quedaron en silencio un buen rato, dejando que esas palabras se asentaran, suaves y firmes como la tierra bajo sus pies. Y entonces Oliver dijo algo que se quedó grabado en mi corazón para siempre: —Cada uno de nosotros lleva un arcoíris dentro. A veces lo tapamos con miedo, con prisa, con ganas de ser como los demás quieren. Pero está ahí. Y cuando dos personas se encuentran y se quieren de verdad, no borran los colores del otro. Los hacen brillar juntos. Y entonces el mundo entero se ilumina.

Poco después, nos despedimos. No fue una despedida triste. Nos abrazamos sabiendo que la vida nos llevaría por caminos distintos a veces, que creceríamos y cambiaríamos, que no siempre estaríamos todas juntas. Pero algo nos unía ahora que nada podría romper: la certeza de que el amor verdadero existe, de que transforma sin destruir, de que sostiene sin asfixiar, de que espera sin exigir.

Anahí apretó mi mano antes de irse y me dijo bajito: —Gracias por contarlo. A veces necesitamos ver que es posible para atrevernos a creerlo nosotras también.

Ámbar sonrió, tranquila por fin: —Lo que más me gusta es que no son perfectos. Son reales. Y eso da esperanza.

Y así, una a una, nos fuimos. Ruby y Oliver se quedaron sentados un momento más, viendo cómo el último tono violeta se fundía con la noche y las primeras estrellas empezaban a brillar. No sé qué les deparará el futuro. Nadie lo sabe. Habrá días grises, estoy segura. Habrá dudas, cansancios, momentos en que el camino parezca perderse entre la niebla. Pero también habrá amaneceres, reencuentros, risas que sanan, palabras que sostienen. Y siempre, siempre, habrá un arcoíris esperando a que se atrevan a mirarlo.

Porque esta historia no es solo suya. Es de todos los que alguna vez sintieron que eran demasiado para alguien, o muy poco, o simplemente distintos. Es de los que aprendieron a esperar, a hablar, a soltar, a confiar. Es de los que creen que el amor no es encontrar a alguien igual a ti, sino a quien te ayude a ser tú mismo, con todos tus colores, sin borrar ninguno.

Y así cierro este relato, no con un punto final, sino con una promesa: que mientras haya alguien dispuesto a escuchar, a esperar, a querer sin condiciones, el arcoíris nunca desaparecerá del todo. Vivirá en cada corazón que se atreva a brillar con luz propia y a compartirla con quien ama.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.