El Color que Dejamos al Mundo

EPÍLOGO — El arcoíris que no se borra

Yo, Lili, estaba sentada junto a Anahí en el banco de siempre, aquel que nos había visto hablar, soñar y esperar tantas tardes. Tenía entre las manos las hojas recién terminadas, ordenadas con cuidado, y cuando leí la última línea, solté el aire que no sabía que había estado conteniendo. Lo había hecho. Había contado todo: el fuego y la calma, las dudas y los reencuentros, cada color, cada paso, cada momento en que el mundo parecía detenerse para dejarles crecer.

Cerré el cuaderno despacio. Anahí se acercó un poco más, me miró con esos ojos que siempre me hacían sentir que todo iba a estar bien, y sin decir nada al principio, posó su mano suavemente sobre la mía. —Lo lograste —dijo bajito, con una sonrisa que le llegó hasta la mirada—. Es hermoso, Lili. Tan real, tan tuyo… tan de todos.

Y entonces me besó, despacio, en la boca, un beso lleno de cariño y de orgullo, de esos que no necesitan palabras para decirlo todo. Me felicitaba, no solo por haberlo escrito, sino por haberlo vivido junto a las personas que más quería. Sentí que el corazón se me llenaba de algo cálido y luminoso, igual que cuando el sol atraviesa las nubes tras la lluvia. No era solo un logro como autora. Era el regalo de haber estado ahí, de haber visto nacer y crecer algo tan puro y verdadero.

—Vamos —le dije, tomándole la mano—. Hay que celebrarlo bien.

Fuimos a comprar helado, como tantas veces hacíamos cuando éramos más pequeñas, caminando despacio, saboreando cada paso, sin prisa por llegar. El día era claro, de esos que invitan a quedarse fuera hasta que cae el sol. Y cuando llegamos al lugar donde nos esperaban, ahí estaban: Ruby y Oliver, sentados bajo su árbol, compartiendo algo que solo ellos entendían. Al vernos llegar, se levantaron sonriendo. No hubo grandes discursos ni abrazos desesperados. Solo alegría, la más sencilla y la más profunda: la de saber que todos estaban juntos, bien, vivos.

—¿Lo terminaste? —preguntó Ruby, acercándose con brillo en los ojos.

Asentí, y le mostré el cuaderno. —Todo —dije—. Su historia. Tal como la vivieron.

Oliver me miró con gratitud, esa que no necesita gritar. —Gracias, Lili —dijo—. Por no olvidar nada. Por contarnos tal cual somos.

Pasamos la tarde así: sentados, comiendo helado, riendo, recordando cosas que a veces dolían y ahora solo daban paz. Vimos cómo Ruby y Oliver se miraban, cómo se entendían con un gesto, cómo se acompañaban sin estorbarse. Vimos a Anahí a mi lado, sosteniéndome la mano cuando nadie lo veía, compartiendo mi alegría como si fuera suya. Y entendí que la historia no terminaba cuando se cierra el libro. Lo que de verdad importa sigue viviendo, en cada gesto, en cada risa, en cada mano que se sostiene.

El sol empezó a bajar, tiñendo todo de tonos dorados y suaves, y supe que había hecho lo correcto. Contar lo que vi no fue solo escribir un libro. Fue recordarme a mí misma que el amor existe de verdad: que transforma sin romper, que crece sin borrar, que une sin pedir que nadie se pierda. Y que también, al final, nos deja a nosotras, las que acompañamos, encontrar nuestro propio camino, nuestro propio beso, nuestra propia alegría.

Cerré el cuaderno y miré a las personas que tenía alrededor. No necesitaba escribir nada más. La historia seguía, viva, hermosa, nuestra. Y eso era más que suficiente.

Fin




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