El Contrato de las Almas Ⅱ

Géminis tenía que ser rápido, a la misma hora el repartidor dejaba los paquetes en la entrada y al encargado le tomaba varios minutos en ponerse de acuerdo y un par de minutos más para levantar su holgazán y descomunal cuerpo para guardarlas una a una en la bodega, a pesar de no mover un solo dedo su negoció prosperaba usando como fachada un mini market.

‒Sí, el jefe dijo que la siguiente semana le enviaría más cajas que debía de guardarlas hasta moverla a un nuevo lugar– dijo el repartidor sonriente por una entrega exitosa y sin falla alguna, algo que en este trabajo se pagaba con la vida misma por el atraso y el error.

‒Un momento ¿En serio más cajas? Apenas tengo lugar para el cargamento de este mes– refunfuño el gordinflón.

‒Ese no es mi problema‒ sonrió el repartidor antes de agarrar el bolígrafo guardándolo en el bolsillo de su pecho y tomando una foto al montón de cajas donde una pegatina tenía la palabra “frágil”

El gordinflón soltó un juramento de malas palabras mientras entraba en la tienda pateando algunas cajas a su paso, se arriesgaba a dar una excusa poca creíble que exudaría echándole la culpa al repartidor.

Era ahora o nunca, Géminis ingreso en la tienda aprovechando la puerta abierta, agacho su pequeño cuerpo de 13 años ocultándose en las estanterías, lejos del pasillo principal, su objetivo eran las bolsas grandes de comida, no tenía tiempo que perder a pesar de que el guardado de las cajas le llevaría algo de tiempo, si lo llegase a pillar sería su final en especial por el arma que guardaba el gordinflón en la cintura.

Géminis logro divisar unas bolsas de pan junto a varios productos lácteos. Su hambre provocó que su pequeño estómago rugiera al imaginar el sabor dichos manjares, desde la pérdida de su madre estuvo vagando en la calle por años huyendo de la gente a quien consideraba que todos eran malos y querían lastimarlo, hubiera muerto si no hubiera sido por la acogida de una mujer cuyo nombre jamás mencionó la cual prefería que la llamaran: Pitonisa.

Un eructo corto el impulso de sus piernas, el gordinflón se movía despacio mientras buscaba la manera de acomodar los paquetes en la parte trasera de la tienda, no le importaba si alguien entrara y tomara lo que quiera mientras este alguien también pagara por todo y más.

‒Qué putada más y más cajas como si fuera esta su casa, además de cuidar su estúpido negocio tengo que encargarme de esta estúpida tienda, jamás quise una tienda, un bar o un burdel serian perfectos‒ fantaseo en una vida diferente.

Géminis se arrastró por el piso la idea de tomar y correr debía descartarla, aunque era veloz, jamás le ganaría a una bala.

Respiro profundamente en un intento de calmar el temblor de sus piernas no debía fallar, llevaba días esperando esta entrega, era elegir morir de hambre o morir intentándolo.

Faltaban muy poco la estantería estaba a unos centímetros arriba de su cuerpo, con unas cajas de verduras en el piso que usaría para subir en ellas, tomaría la primera funda de pan y si fuese necesario usaría las uñas para clavar los productos lácteos con los que acompañaría.

La funda de pan fue sencilla de levantar ahora solo faltaba una leche o un queso, lo primero que pudiera agarrar, estaban un poco lejos algo que no había previsto intentaría tomar una cosa más, caso contrario se resignaría y saldría de la tienda.

Estiro su pequeña mano unos centímetros le separaban de aquella botella de yogur, que rozaba con la yema de sus dedos, hasta que sintió como esta resbalaba y caía al piso.

Géminis caminaba en cuclillas con la funda de pan colgando entre sus dientes y la botella de yogur abrazada a su pecho, la había salvado de milagro, ya afuera de la tienda se dirigió a su escondite donde se llenaría el estómago hasta saciar un hambre de esta vida y la otra.

La ciudad era enorme, al igual que los secretos que en ella aguardaban, Géminis se había perdido más de una vez hasta lograr memorizar los pasadizos, calles y callejones que llevaban a todo lugar si uno sabia a donde quería ir.

Su pequeño hogar era una casa abandonada, cuyos grafitis en paredes y ventanas advertían a todo aquel que quisiera ingresar en ella, Géminis apenas podía leer todo lo había aprendido solo con ayuda de Pitonisa que lo había acogido hace varios años cuando recorría las calles sin rumbo alguno, le enseño varios trucos para poder robar, para protegerse y cuidarse en las calles, pero por más que quisiera vivir con ella, no podía, su mundo era peligroso.

Géminis giro en la esquina una manzana antes de llegar a la casa abandonada, cuando se topó con tres jóvenes de más edad que él y más estatura, fumaban un cigarrillo mientras uno de ellos consumía cocaína de forma disimulada.

‒Baia, Baia– dijo uno de ellos acercándose a Géminis ‒¿Podemos ayudarte?‒ estiro la mano acercándola a la funda de pan ‒parecen pesadas que tal si nos compartes un poco a mí y a mis amigos, no creo que todo eso te lo vayas a terminar tú solo‒ sonrió.

‒O ¿No nos consideras tus amigos?‒ dijo el otro joven acorralándolo

Géminis debía huir fuera como fuera, alejarse lo más pronto de ahí.

‒Venga déjame te ayudo con…‒ dijo uno de los jóvenes acercando su mano a la boca de Géminis con la que sostenía el pan.

Géminis soltó la bolsa de pan para atraparla con las manos, mientras lanzaba una patada a las piernas de quien se acercaba, el joven sintió el golpe en las canillas lo que provocó que se las frotara del dolor.



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En el texto hay: misterio, ficcion, sobrenarutal

Editado: 05.12.2021

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