El Corrimiento al Rojo

Capítulo 8

La transformación de aquella instalación, concebida en origen como espacio puramente científico, se realizó hasta convertirla en un bastión fortificado. Sin prisas innecesarias, pero sin demoras, cada movimiento fue calculado al milímetro bajo las directrices estrictas y claras de Neliel. Las unidades sintéticas desplegadas en todo el recinto reforzaron cada uno de los accesos con placas de blindaje, instalaron barreras y sistemas de detección, cerraron pasajes secundarios y reforzaron muros que antes solo servían para proteger del clima o del polvo mineral del planeta. La atmósfera que se respiraba en su interior conservaba intacta esa cualidad estéril, ordenada y profundamente silenciosa que define a los lugares diseñados para el conocimiento y la investigación, espacios que nunca fueron pensados para albergar el conflicto ni para ser testigos de la tensión que acompaña siempre a la preparación para lo desconocido.

En Keya, las horas no transcurrían con la misma regularidad mecánica a la que Miguel estaba acostumbrado desde que tenía uso de razón en la Tierra. Los momentos se alargaban, se dejaban sentir, y cuando por fin la noche cayó sobre la superficie del planeta, el firmamento que se abrió sobre sus cabezas nada tuvo que ver con el espectáculo al que él siempre había mirado al levantar la vista: no se incendió con la saturación de luces cercanas y brillantes, ni con la Vía Láctea dibujada con trazo grueso y luminoso, sino que se reveló como un vacío profundo, oscuro y casi infinito, salpicado tan solo por puntos de luz tan diminutos y tan lejanos que, más que estrellas, parecían susurros estelares, ecos de algo que sucedió hace eones y que solo ahora llegaba hasta allí, callado y suave.

Miguel estaba de pie en la terraza más alta del complejo, con el viento fino y fresco de Keya acariciando su rostro y trayendo consigo el aroma seco y mineral del suelo del planeta, cuando percibió unos pasos suaves y casi imperceptibles acercándose por detrás, sin prisa y sin intención de sorprender, y al poco rato Neliel apareció a su lado, deteniéndose con la calma natural de quien conoce cada rincón y cada corriente de aire de aquel lugar.

—Es una vista abrumadora, ¿verdad? —dijo ella con voz serena, posicionándose justo a su altura y mirando también hacia el horizonte perdido en la oscuridad.

Miguel, sin apartar ni un instante la mirada de aquella inmensidad que aún le costaba trabajo creer real, respondió despacio, como si estuviera ordenando cada pensamiento antes de dejarlo salir:

—Es… es distinto y extraño, de una forma que no sé explicar bien del todo. En mi hogar, el cielo siempre parece estar tratando de decirte algo, de gritarte su historia o de mostrarte todo lo que hay en él con fuerza, pero aquí… aquí se siente como si el universo entero estuviera simplemente escuchando, en silencio, esperando. Y el planeta mismo, bueno, jamás había estado fuera de la Tierra, jamás había puesto un pie en otro mundo, y todo lo que veo, por más desconocido que sea, se ve… interesante, profundamente interesante.

Neliel sonrió entonces con una ternura suave y verdadera, y sin dejar de mirar las luces lejanas le propuso con calma:

—¿Quieres verlo de más cerca, más allá de los muros y de las luces del complejo? Conozco un sendero que baja hacia un lugar apartado, y creo que te podría gustar mucho.

Miguel giró la cabeza entonces para mirarla a los ojos, con sorpresa y un poco de emoción.

—En serio... ¿Podemos ir? —pregunta Miguel.

Neliel sonríe un poco para él y se da la vuelta.

—Sígueme y cúbrete —le indica Neliel.

Miguel hace caso rápidamente y un poco emocionado.

Una vez que Miguel se cubrió por completo la cabeza y el rostro con la ropa que le habían entregado para moverse sin ser reconocido, salieron juntos del recinto principal, y todo el trayecto se convirtió poco a poco en un ejercicio silencioso y profundo de confianza: avanzaban por pasillos y caminos internos y luego por los senderos exteriores, y en cada tramo se cruzaban con patrullas que, en cuanto reconocían la figura y la presencia de la Comandante, inclinaban la cabeza con respeto absoluto y guardaban un silencio reverente, sin atreverse a hablar ni a mirarla fijamente por mucho tiempo, aunque era inevitable que sus miradas, discretas pero curiosas, buscaran de reojo la figura encapuchada que caminaba justo a su lado, sin preguntar quién era ni por qué iba con ella, solo observando en silencio tal como se lo había ordenado.

Miguel, por su parte, caminaba atento a todo lo que lo rodeaba, pero manteniéndose estrictamente callado, cumpliendo al pie de la letra la indicación que le habían dado de no hablar ni mostrarse en absoluto mientras estuvieran en zonas públicas o frente al resto del personal, limitándose a seguir el paso firme y seguro de Neliel y a dejar que ella guiara el camino sin dudar.

Poco a poco se fueron desviando del camino principal para adentrarse por un sendero mucho más estrecho, una vereda natural formada por piedra mineral compacta y fría que descendía de forma suave pero constante hacia un valle profundo que permanecía casi totalmente oculto bajo una capa ligera y brillante de bruma nocturna, y cuando llegaron a un espacio abierto y llano, un claro rodeado de formaciones rocosas que lo aislaban del resto del mundo, Neliel se detuvo por completo y se volvió hacia él con voz suave:

—Ya puedes descubrirte, con toda tranquilidad. Aquí no hay ojos que no sean los nuestros, nadie vendrá, nadie nos verá ni nos escuchará.

Al quitarse finalmente la tela que lo cubría, Miguel dejó salir un suspiro largo y profundo de puro alivio, moviendo la cabeza para recuperar la sensación del aire directamente sobre la piel y sonriendo con naturalidad mientras el aire fresco y nocturno golpeaba con suavidad su rostro después de tanto tiempo cubierto, y Neliel, al verlo tan relajado y cómodo, sonrió de nuevo y le dijo con total sinceridad:




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