El Corrimiento al Rojo

Capítulo 9

Brista continuó avanzando sin prisa, pero sin detenerse, hasta quedar de pie justo al lado de Colneth, quedando las dos Matriarcas Imperiales una junto a la otra en el centro mismo del salón, y en ese momento ambas ejecutaron al unísono la reverencia protocolaria frente a Elthindra, un movimiento breve, medido y geométricamente perfecto que mantenía con una exactitud matemática ese equilibrio tan difícil y tan delicado entre el respeto que se debía a la sangre y al título de la Princesa, y la autoridad, el poder y la antigüedad que cada una de ellas representaba por derecho propio.

—Princesa —dijo Brista al enderezarse de nuevo, con una voz notablemente más suave, más dulce y más aterciopelada que la grave resonancia de Colneth, pero que no perdía ni un ápice de firmeza, de peso ni de autoridad en ninguna de sus sílabas.

Acto seguido, sin mover los hombros ni el cuerpo, solo deslizando la mirada con una precisión absoluta hacia la figura que permanecía inmóvil a la mano izquierda de Elthindra, añadió con total naturalidad y sin la menor vacilación:

—Comandante Suprema.

Era el reconocimiento pleno, oficial y sin reservas del rango más alto militar que existía bajo la corona, y Neliel respondió únicamente con un gesto mínimo y muy discreto con la cabeza, manteniendo intacta en todo momento su compostura de hierro y su postura erguida como columna, aunque en el fondo de su mirada se notaba que su atención no se apartaba ni un solo instante de lo que ocurría apenas a unos centímetros a su lado derecho.

Porque fue en ese preciso instante, sin que mediara señal alguna, sin que nadie hablara ni hiciera un gesto llamativo, cuando ambas Matriarcas desviaron al mismo tiempo, al unísono perfecto, la dirección de su mirada y la fijaron directamente sobre la figura completamente cubierta por telas oscuras que permanecía del otro lado del estrado. No fue un movimiento exagerado, ni rápido, ni aparatoso; a los ojos de cualquiera que no estuviera prestando la máxima atención habría pasado casi desapercibido, e incluso en apariencia no fue inmediato, como si ambas hubieran tardado un poco en decidirse o en darse cuenta, pero para quien sabía leer el ambiente fue algo inevitable, una atracción tan fuerte y tan natural como la que ejerce la gravedad sobre la materia, que las llevó sin remedio a clavar la vista allí y solo allí.

Elthindra observó todo ese intercambio silencioso, ese cruce de miradas y ese cambio sutil en la atmósfera con una precisión fría y clínica, sin perderse ni el más mínimo detalle, y habló entonces con una suavidad que contrastaba fuertemente con la electricidad que corría por todo el salón, alzando apenas la mano derecha solo unos centímetros del cuerpo y señalando con un movimiento casi imperceptible hacia la figura encapuchada.

—Probablemente ya saben quién… o qué es —dijo con total calma, sin dar más explicaciones de entrada, dejando que fueran ellas quienes confirmaran lo que sus propios sentidos les habían estado diciendo desde que cruzaron la atmósfera del planeta.

Colneth fue la primera en reaccionar, asintiendo muy lentamente con la cabeza mientras su rostro permanecía impasible, inmutable, como una estatua tallada en piedra azul, sin que se le leyera absolutamente ninguna emoción por fuera.

—Lo percibimos claramente desde el mismo momento en que comenzamos el descenso hacia la superficie —respondió con claridad meridiana, con esa voz profunda que parecía vibrar dentro de los huesos de todos los presentes.

Brista, en cambio, no asintió de inmediato, sino que inclinó la cabeza apenas unos grados hacia un lado, y el brillo de sus ojos cambió de tonalidad, adquiriendo un matiz más profundo, más agudo y mucho más decidido, y habló entonces sin dar rodeos de ninguna clase, sin suavizar su intención ni ocultar lo que quería, con la franqueza propia de quien está acostumbrada a que el mundo se ajuste a lo que ella dice.

—Quiero verlo.

En cuanto la frase terminó de sonar en el aire, toda la estancia reaccionó de forma automática e inmediata, como si fuera un solo organismo vivo: las luces empotradas en techos y muros descendieron de intensidad de forma paulatina pero constante, no hasta sumir todo en la oscuridad total, pero sí lo suficiente para cambiar por completo la iluminación, oscureciendo las zonas periféricas y concentrando todo el resplandor justo en el centro, marcando con luz misma que el momento había cambiado de naturaleza, que se había traspasado una línea que no se vuelve atrás.

El protocolo de seguridad de nivel máximo se había activado, y el ambiente entero se volvió de golpe mucho más contenido, mucho más cerrado y hermético. Elthindra giró el torso solo unos pocos grados hacia donde estaba Miguel, lo suficiente para que él la viera perfectamente, y con otro gesto mínimo, casi invisible para el resto, le indicó con total claridad lo que debía hacer en ese instante. Miguel sintió cómo el aire a su alrededor se volvía más espeso y pesado cada segundo que pasaba, como si de repente estuviera respirando dentro del agua, y sus manos, frías y un poco temblorosas a pesar de todo su esfuerzo por mantenerse firme, comenzaron a moverse muy lentamente, buscando los pliegues de la tela para retirar primero la capucha grande y pesada que cubría toda su cabeza y su cabello.

Nadie en toda la sala pronunció ni una sola palabra, ni siquiera respiró fuerte, y el silencio se volvió tan absoluto que se podía oír el roce casi imperceptible de la tela contra sí misma. Una vez descubierta la cabeza, sus dedos buscaron después el cubrebocas que le ocultaba la mitad inferior del rostro, lo retiró con la misma lentitud y lo dejó caer suavemente sobre su pecho; su propia respiración, profunda y entrecortada, se hizo claramente audible por unos instantes, resonando de forma extraña en el recinto, y por último, muy despacio, venciendo el peso que parecía tener su propia nuca, levantó por completo el rostro y miró derecho al frente, quedando totalmente al descubierto frente a todas ellas.




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