El Corrimiento al Rojo

Capítulo 12

Miguel caía envuelto en un torbellino descontrolado de aire frío, corrientes violentas y pánico que le apretaba el pecho con fuerza de hierro, mientras el silbido agudo y continuo del viento rozando su cuerpo era tan fuerte en sus oídos que se volvió ensordecedor, borrando por momentos cualquier otro sonido del mundo. Arriba, muy por encima de su cabeza, Neliel se había lanzado tras él sin la menor vacilación, adoptando de inmediato una postura perfectamente aerodinámica, con el cuerpo alineado como una flecha y los brazos pegados a los costados para ganar velocidad cada segundo que pasaba y reducir la brecha que los separaba, pero aun con toda su habilidad y su capacidad de impulso, la distancia seguía siendo crítica, demasiado grande para alcanzarlo solo con su cuerpo antes de que tocara tierra. Mientras descendía, su mirada entrenada durante décadas barrió el terreno que se abría cada vez más grande abajo, hasta que fijó la atención en la única superficie que ofrecía alguna posibilidad: un lago extenso y de aguas profundas, pero en el mismo instante en que lo identificó, su mente procesó también la verdad más dura y peligrosa de todas: a la velocidad vertiginosa a la que ambos caían, el agua no funcionaría en absoluto como refugio suave ni amortiguador, sino que se comportaría al impacto de forma idéntica al concreto más endurecido, una masa sólida y rígida capaz de destrozar cada hueso, cada órgano y cada estructura del cuerpo de Miguel en el instante mismo del choque.

Sin perder ni una milésima de segundo más, Neliel tomó una decisión táctica, estiró con fuerza su brazo derecho apuntando directamente hacia abajo, alineando la mano con la trayectoria exacta por la que descendía Miguel y con el punto preciso donde este chocaría contra la masa líquida. —¡Ahora! —ordenó con toda claridad a través del enlace neural directo que la conectaba con ATHENA, la inteligencia rectora de la nave, y desde la posición elevada y camuflada de la Hekate Nova Lux, uno de los cañones de precisión de largo alcance ajustó automáticamente su ángulo y su velocidad de salida para disparar en el instante exacto un proyectil fabricado en una aleación especial de muy bajo peso, lanzado a velocidad hipersónica mucho mayor que la de cualquier otra arma convencional.

Miguel, que caía completamente de espaldas con la mirada fija en el cielo que se iba cerrando cada vez más arriba, vio pasar a escasos centímetros de su hombro algo largo, brillante y delgado, de dimensiones muy parecidas a un proyectil de calibre cincuenta, que surcaba el aire tan rápido que dejaba tras de sí una estela visible de distorsión y calor, como si el propio espacio se curvara a su paso. El objeto impactó contra la superficie tranquila del lago apenas unos milisegundos antes de que lo hiciera él, generando una detonación controlada, calculada y sin poder destructivo alguno, diseñada exclusivamente para romper de golpe toda la tensión superficial del agua, abrir en ella un profundo agujero temporal y generar alrededor de este una gran burbuja llena de aire, espuma y remolinos que suavizó por completo la entrada y eliminó casi en su totalidad la fuerza de choque que habría acabado con su vida al instante.

Miguel se sumergió entonces con violencia, sintiendo cómo la masa fría y pesada del agua lo engullía por completo desde todos los lados a la vez, y cómo el frío intenso y cortante caló hasta lo más hondo de sus huesos en menos de un segundo, mientras una penumbra espesa, turbia y llena de burbujas que subían y bajaban sin cesar lo rodeaba por completo, borrando toda referencia de arriba y abajo, de izquierda y derecha. Había un detalle absolutamente vital, una realidad que Neliel no conocía: Miguel no sabía nadar, y en cuanto comprendió que estaba sumergido y sin fondo visible a su alrededor, el pánico más absoluto y primitivo se apoderó de cada fibra de su cuerpo y de cada rincón de sus pulmones.

Empezó a agitar los brazos y las piernas con desesperación, moviéndose al azar y con toda la fuerza que le quedaba, sin saber que cada uno de esos movimientos desordenados lo empujaba cada vez más hondo hacia las capas más bajas y oscuras del lago, alejándolo de la luz y de la salvación. El poco aire que aún le quedaba dentro se agotó con una rapidez aterradora, y empezó a sentir en el centro del pecho una presión abrasadora, ardiente e insoportable, como si alguien le apretara el tórax con dos piedras enormes; sus ojos, cada vez más irritados y ardiendo por la presencia del agua, empezaron a cerrarse por su propia voluntad mientras todo su cuerpo se volvía pesado, lento, inerte y difícil de mover, como si de repente estuviera hecho de plomo.

El resplandor difuso y dorado que bajaba desde la superficie se fue haciendo cada vez más tenue, más pequeño y más lejano, convirtiéndose poco a poco en un recuerdo borroso y casi inalcanzable, y justo en el instante en que la oscuridad de la inconsciencia ya lo reclamaba por completo y sentía que ya no podía aguantar ni una fracción de segundo más, sintió de repente unas manos grandes, suaves, cálidas y firmes que rodearon sus mejillas y la parte posterior de su cabeza. Abrió los párpados con una dificultad inmensa y solo con la fuerza de la última pizca de voluntad que le quedaba, y vio frente a él, a escasos centímetros y dentro de esa penumbra azulada y silenciosa, la figura de Neliel, con su cabello blanco y largo suelto y flotando en todas direcciones igual que si fuera una medusa luminosa y etérea moviéndose en la corriente.

Sin dudar ni por un instante, sin perder tiempo en miradas ni en señales, ella acortó hasta eliminar por completo la distancia que los separaba, pegó con urgencia y fuerza sus labios a los de él y selló herméticamente el contacto, y quedó absolutamente claro desde el primer momento que aquello no era en absoluto un beso cargado de sentimiento romántico, sino una transferencia pura, directa y desesperada de vida misma. Miguel sintió de inmediato cómo una corriente de aire fresco, puro y cargado de energía entraba con fuerza desde la boca de Neliel hasta lo más profundo de sus propios pulmones, un alivio tan grande, tan intenso y tan reparador que dolió en lo más hondo, y reaccionando por puro instinto se aferró con todas sus fuerzas renovadas a los hombros y a la espalda de ella, aferrándose con desesperación como si fuera el único punto sólido en todo el universo. Neliel se separó entonces muy poco, solo lo indispensable para rodearlo con fuerza y seguridad por toda la cintura y la espalda con uno de sus brazos, y con potentes, largos y rítmicos impulsos de ambas piernas comenzó a ascender sin detenerse ni un instante, cortando el agua hacia arriba en línea recta y veloz hacia la claridad que los esperaba fuera.




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