El Corrimiento al Rojo

Capítulo 13

El transportador materializó a Vax de golpe sobre la plataforma de recepción de la nave nodriza de la Orden. Apareció arrodillada por completo, con el muñón abierto y vertiendo sin parar gruesos hilos de sangre morada oscura que mancharon de forma indeleble el suelo blanco, pulido y perfectamente limpio que siempre se mantenía impecable por protocolo.

Se esforzaba por levantarse del suelo haciendo un esfuerzo verdaderamente titánico, contrayendo cada músculo de su cuerpo herido y tembloroso hasta que por fin logró recuperar su imponente estatura de dos metros con diez centímetros, con el rostro de piel roja profundamente contraído en una mueca de odio puro que deformaba hasta las cicatrices antiguas que cruzaban su frente y sus mejillas.

Una científica jefa, vestida con la larga túnica blanca impecable que identificaba al personal de los laboratorios de genética avanzada y portando en la mano un escáner médico de última generación, se armó de valor y dio unos pasos lentos y temblorosos en su dirección con la intención de evaluar su estado y comenzar la atención de urgencia.

Mientras en ese mismo instante un escuadrón completo de unidades sintéticas del modelo S.E.L.E.N.E. llegaba caminando al unísono y con pasos rápidos y coordinados desde los accesos laterales de la cubierta, acordonando la zona y acercándose a la Inquisidora Suprema con la calma inamovible que las caracterizaba.

—Inquisidora Suprema —anunció una de ellas con ese tono de voz perfectamente llano, neutro y carente de emoción que era propio de su clase—. Nuestros sensores indican que su integridad biológica general se encuentra comprometida en un 34 %, con daño traumático mayor, pérdida de masa anatómica y hemorragia activa de categoría crítica. Requiere intervención médica inmediata e ineludible para evitar daños permanentes o colapso sistémico. —Vax no replicó con palabras, ni las miró siquiera con atención, sino que sencillamente empezó a caminar con paso pesado, inestable pero firme hacia los pasillos que conducían al sector más profundo y protegido de la nave, de modo que, más que ser escoltada por las máquinas, lo que ocurrió en realidad fue que ella misma escoltó su propia furia por delante de todas, mientras las unidades la seguían por detrás y a los costados en perfecta formación, hasta llegar finalmente a las instalaciones del ala médica de alto nivel.

El lugar era una sala amplia, completamente estéril y de paredes blancas y curvadas, sin aristas ni esquinas, iluminada por una luz fría, uniforme y difusa que parecía brotar del propio aire y de la materia de las paredes mismas, sin fuente visible, y en el silencio solo se oía el zumbido muy suave y constante de los equipos de soporte vital y monitoreo que funcionaban las veinticuatro horas del día. Esa calma clínica y tranquila fue rota de inmediato por los gruñidos cortos y profundos de dolor que salían de los dientes apretados de Vax, mientras las sintéticas procedían con movimientos rápidos, precisos y totalmente desapegados a limpiar, desinfectar y tratar el muñón abierto de su hombro: aplicaron primero líquidos selladores de tejido de color azulado que se esparcían solos por la carne viva, cerrando vasos y nervios al contacto, y después dirigieron contra la herida un chorro fino de gas criogénico que siseaba ruidosamente al tocar la piel caliente, generando una nube blanca de vapor y un frío tan intenso y cortante que servía a la vez para anestesiar, detener la hemorragia y preservar el tejido restante.

—Según nuestros modelos de recuperación y los protocolos estándar para daños de esta magnitud —sugirió una de las unidades sintéticas en medio del procedimiento, justo en el momento en que el gas frío terminaba de sellar las arterias principales por completo—, podemos inducir de forma inmediata un estado controlado de hibernación profunda dentro de cápsula regenerativa, Suprema. De aceptarlo, su proceso de recuperación completa sería hasta un 80 % menos doloroso, mucho más rápido y notablemente más eficiente en la regeneración celular que cualquier tratamiento consciente.

—¡Cierra la maldita boca de una vez y limítate a seguir haciendo tu trabajo sin dar más sugerencias inútiles! —le rugió Vax de golpe, con grandes gotas de sudor frío que le resbalaban por toda la frente, las sienes y el cuello y caían gota a gota sobre el suelo blanco, mientras mantenía la mirada fija y clavada en la pared de enfrente sin pestañear siquiera—. No pienso entrar ni un solo segundo dentro de una de esas cajas de cristal frías y silenciosas, y nadie bajo mi mando me va a inducir sueño ni pérdida de conciencia por la fuerza ni de ninguna otra manera. Jamás lo permitiría.

Vax odiaba esas cápsulas con toda su alma, y lo hacía desde el recuerdo más antiguo que guardaba en su memoria: odiaba esa sensación de entrega total, de vulnerabilidad absoluta en la que te conviertes en un objeto inerte sin defensa, sin capacidad de reacción y sin saber lo que ocurre a tu alrededor, mientras tu propia conciencia se desvanece y flota a la deriva en medio de un vacío negro y sin fondo, y esa sensación de debilidad era algo que su orgullo de guerrera, forjado a fuego en cientos de batallas a lo largo de siglos, sencillamente no era capaz de tolerar ni de aceptar bajo ninguna circunstancia.

Transcurrieron varios minutos más de aquella tortura lenta, dolorosa, pero estrictamente necesaria para salvar su vida, hasta que por fin las unidades terminaron los procedimientos activos y cubrieron toda la zona de la herida y el muñón con una tela biotécnica especial de apariencia grisácea y textura muy fina, una malla inteligente programada que, en cuanto entró en contacto con la piel, empezó a moverse y ajustarse por sí sola, moldeándose con total exactitud a la forma redondeada de su hombro y la terminación del brazo, adhiriéndose firmemente a los tejidos, detectando de forma automática en tiempo real qué zonas requerían mayor presión, mayor irrigación o sellado extra y adaptándose sin cesar a cada movimiento y cada cambio de su cuerpo.




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