EL CUADRADO
A pesar de que el origen francés de Álvaro Fournier hacia casi impronunciable su apellido para los oriundos del lugar, ellos, obviando toda lógica, habían optado, sin proponérselo, por castellanizar su pronunciación para dirigirse a él en lugar de dar preferencia al nombre, así, todo el mundo en el pueblo le llamaba "Furnier" en español “raso”, prescindiendo de la sofisticada guturalidad francesa.
La procedencia gala de Álvaro también se translucía en su físico, aunque con ese pelo tan rubio, el monumental cuerpo y su elevada estatura, bien podría haber sido, descendiente de alemanes o suecos. Ese aspecto casi vikingo tan diferente al del entorno, unido al hecho de habitar en una casita aislada del resto, en la que vivía con su madre, un "hada" robusta y afable, le hacía parecer en el imaginario de Garza un personaje casi de fábula, con ese exceso de nobleza en el rostro, regalo de la genética materna y esa mirada “suprahumana”, inspiradora de confianza como la del leñador de Caperucita, o al menos así dibujaba ella aquellos rasgos en su mente infantil cuando de pequeña su “nani” le narraba el cuento.
La familia Fournier había fijado su residencia en España, país de los bisabuelos por línea materna, en un pueblo perdido cercano a la frontera portuguesa, por causa del cabeza de familia, al que el destino llevó allí por motivos difuminados por el tiempo y su temprana muerte al poco de asentarse, hecho que favoreció el que los lugareños se olvidaran de su persona casi al mismo tiempo de haberle conocido, acogiendo de manera espontánea a su viuda y al niño como hijos adoptivos de la villa, integrándolos con toda naturalidad en la cotidianidad de su paisanaje.
No obstante, algún poso de desarraigo debió permanecer enquistado en la minorada membrana familiar, pues madre e hijo mostraban, a pesar de su carácter sociable, una cierta tendencia a la soledad, Así, Rosa, pese a su innata amabilidad, permanecía dichosamente enclaustrada en la santidad de su hogar, alternando las obligaciones domésticas y el cuidado del huerto con el bordado a mano y la repostería. Por su parte Álvaro, vivía alojado en la amplitud de una sonrisa que incomprensiblemente lucía perenne en su semblante incluso cuando se desdibujaba y que junto a la bondad involuntaria que todo su ser exhalaba, le hubieran convertido en blanco seguro de acoso escolar de no haber contado con la presencia disuasoria de su fornido cuerpo.
Sin embargo, en algún momento algo explosionó en el interior de ese Adonis adolescente, que solitario, paseaba sus libros diariamente de camino al instituto y cuya inteligencia podría haber hecho de él un alumno brillante, pero la ausencia de motivación y su escasa fuerza de voluntad le impedían rebasar el aprobado raspado.
Esta abulia aparentemente injustificada se fue extendiendo como una metástasis a casi todos los aspectos de su vida desaprovechando un magnífico potencial del que con toda probabilidad no era consciente, como una oruga que muere dentro del capullo antes de convertirse en mariposa. Su sonrisa permaneció indemne, pero aquel estallido sordo en alguna parte de su entramado emocional, dejó al descubierto un vacío inexplicable lleno de "porqués" sin respuesta que Fournier empezó a cubrir con la excitación de mundos nuevos e inexplorados inducidos artificialmente con la colaboración de las dos almas más desarrapadas del lugar: Samuel, el hermano de Manuel "el liebre", bautizado con ese mismo apodo por extensión consanguínea y Mick que ostentaba este mote cual título nobiliario, por su caricaturesco parecido con el cantante de "los Rolling" y de cuyo auténtico nombre nadie parecía acordarse, que eran consumidores habituales de todo tipo de sustancias a la par que los suministradores "oficiales" de las mismas, por todo el pueblo conocidos y que a fuerza de "colocarse" habían reducido sus funciones vitales y sociales al grado más básico, hasta el punto de acabar convertidos en una especie de "zombis”.
No era el caso de Fournier, cuya adicción no le había llevado, al menos aún, a la autoexclusión o a la paralización vital propia del desencanto, ni era tan fuerte como para sustraerle al magnetismo del poder femenino, prueba de ello era que junto a la complicidad con aquellos dos "parias " propiciada por el vicio compartido, mantenía una singular amistad con un par de antiguas "novietas" totalmente dispares entre sí, pero armoniosamente integradas junto a él en una especie de triángulo “post-amoroso”. En uno de los vértices, Verónica, cinco años mayor que Álvaro y cuya fealdad era tan intensa como el irresistible atractivo de su apasionada personalidad, en el otro extremo del equilátero, Blanca, de una particular belleza, con una temprana y exagerada vocación doméstica y maternal ya a sus 16 años, uno menos que Fournier, diferencia de edad ésta idealizada en el pensamiento de la adolescente como la perfecta en una pareja y avalado por la mentalidad de aquellos años, haciendo de esta armónica aritmética entre ambos, un aliciente más a añadir como edulcorante a los ya de por sí almibarados sueños que la muchacha seguía albergando calladamente tras la ruptura de la relación sentimental que los unía, al igual que lo hacía Verónica, que no lo habría reconocido ni bajo tortura.
La diferencia era que mientras "Blancanieves", como así llamaba Álvaro en tono de broma a Blanca "estirándole" el nombre, no había perdido la esperanza de recuperar el malogrado vínculo, Verónica sí, con lo que ésta, para asegurarse la continuidad en su vida, camuflaba bajo la apariencia de una inquebrantable amistad la dolorosa realidad de su sentimiento amoroso, ausente de eco por la caducidad en su reciprocidad, hasta el extremo de asumir con gozosa resignación el papel de la fiel servidora, con tal entrega y devoción que la convertían en una suerte de Sanchopanza femenina rindiendo perpetua pleitesía a su señor.