Había un cuervo observándome desde la ventana.
Sus ojos estaban fijos en los míos y sus plumas negras como el carbón relucían entre la neblina.
Había algo curioso en sus ojos, casi espeluznante, como si me reconociera de alguna manera. No era la primera vez que venía, siempre me observaba desde el mismo punto.
Pero esta vez, había algo distinto. Y no podía dejar de preguntarme si es que había llegado mi hora. Además, el incesante sonido de un repiqueteo no salía de mis oídos.
Dicen que los cuervos tienen memoria y deseé por un segundo que se olvidara de todos los acontecimientos que llevaban mi nombre.
Tomé mi cámara fotográfica, y, con movimientos suaves, abrí la ventana de mi habitación, decidida a hacerle una toma. Se vería bien en mi portafolio, se vería bien en mi colección de los que susurran.
—¡Alicia, mira lo que encontré! —Mi pequeña hermana entró dando zancadas y el cuervo se esfumó. Seguí su silueta hasta perderlo entre las nubes; Había perdido mi oportunidad. Aurora se encogió de hombros en cuanto me giré a verla—. Lo siento.
Suspiré derrotada y le sonreí. Ya no importaba. Era mi hermana, jamás podría enfadarme con ella. Enarqué una ceja en su dirección al ver que tenía las manos ocultas tras la espalda, siempre tenía algo extravagante que enseñarme.
—¡Mira! —repitió Aurora con más urgencia. Y me mostró lo que sostenía mientras me sonreía con malicia. Palidecí al verlo, ¿cómo es que lo había encontrado? El relicario de plata que tantos malos recuerdos me traía brillaba entre sus pequeños dedos—. Mamá dice que tú lo enterraste, ¿es cierto?
Apreté sin darme cuenta la cámara que aún sostenía en mis manos. Me sentía tensa y expuesta. Respiré profundo y la miré con evidente interés. No sacaba nada tratando de gritarle o molestarme con ella, porque si había alguien curiosa en la familia, era la pequeña Aurora. Ella y yo nos parecíamos mucho más de lo que me gustaría admitir. Quizá bastante más de lo que nuestros padres jamás aceptarían. Tal vez por eso, hice lo que hice.
¿Cómo lo había encontrado? ¿Y por qué lo había hecho? Tenía muchas preguntas que quería hacerle; no obstante sabía que acabaría haciéndole ninguna.
Negué moviendo mi cabeza y dejé la cámara sobre la cama. Era la época más fría del año, así que cerré la ventana y me estremecí al ver la silueta de un hombre apoyado en el árbol frente a mi habitación. Hace semanas no lo veía. Había vuelto.
Cerré las cortinas y obligué a mis pulmones a respirar con normalidad. Que él volviera nunca significaba algo bueno, pero tenía que estar calmada. Por mi hermana, por mi madre y por los mellizos.
Aurora intentaba abrir la joya, pero yo sabía que no lo conseguiría. Había solo una manera de hacerlo y ella era muy joven para saber lo que había dentro. Y la verdad era que nunca lo descubriría.
Suspiré y me acerqué a ella quitándoselo de las manos, me miró desconfiada y solté una pequeña risita limpiando el resto de tierra que tenía encima con el dobladillo de mi vestido. De seguro me llamarán la atención por ensuciarlo más tarde.
La nostalgia me invadió en cuanto vi la flor tallada en el relicario, era un lirio… no, era una rosa.
—Esa era la flor favorita de la abuela, ¿no es así? —preguntó mi hermana en un susurro. El cabello le caía por los hombros con su característico color caoba como el de mamá. A diferencia del mío, que tenía el cabello oscuro.
Asentí, dispuesta a contarle la historia familiar, pero los golpes en la puerta de mi habitación interrumpieron mis pensamientos. Me puse el relicario y vi mi reflejo en el espejo. A pesar de los malos recuerdos que me traía, me gustaba como se veía puesto.
Los golpes se volvieron más urgentes y cerré los ojos con fuerza tratando de mantener el orden en mi cabeza.
Detestaba que vinieran a molestarme cuando ellos querían. Los colores titilaban y parpadeé con rapidez hasta que la vista me volvió a la normalidad. No recordaba que el sofá de mi habitación fuese azul.
Aurora se escondió bajo la cama robándome una risa, y la silueta de mi madre se acercó a pasos lentos fingiendo no darse cuenta. Me hizo una seña para que no dijera nada y le guiñé un ojo en respuesta.
Extrañaba esta sensación inusual y cálida cuando estábamos juntas.
Me sostuve del escritorio en cuanto una punzada vino a mi cabeza sintiendo un ligero mareo. La nueva medicación llevaba días causándome náuseas.
—Te hará mal tomar tantos fármacos, hija —dijo reprendiéndome con voz suave. Era buena en eso, preocuparse y llamar mi atención de manera sutil al mismo tiempo—. Aurora me dijo que pintaste las cortinas rojas, ¿por qué rojas?
«Porque es como el color de tu cabello», pensé. Pero solo me encogí de hombros.
El vestido verde de mi madre tenía tonalidades naranjas que no había notado en cuanto entró. Quise preguntarle tantas cosas pero solo dejé caer mis hombros pesadamente mientras un largo suspiro escapaba de mis labios. Era un día extraño, me sentía cansada y adormilada.
—¿Dónde será que se escondió mi pequeña? —dijo mi madre estirándose hasta que alcanzó a mi hermana y la pequeña gritó de la emoción.
Siempre me gustó verlas jugar. Aurora se levantó entre risas mientras mamá seguía haciéndole cosquillas, y noté una mancha oscura que no vi antes en su vestido rosa.
—Alicia.
Miré a mi madre con una sonrisa mientras se acercaba a la ventana, Aurora la siguió e hice lo mismo. Me hubiese gustado una habitación con balcón, pero en esta propiedad todas las habitaciones tenían barrotes.
—El cuervo vino a visitarte de nuevo —murmuró mi madre con cautela. No le gustaba que él viniera. Y a mí tampoco. Me desconcertaba la mayor parte del tiempo—. Vamos a tener que irnos.
Abrí mi boca pero nada salió. Las palabras siempre se quedaban atoradas en mi garganta. El persistente sonido no dejaba mis oídos y los destellos de luz comenzaron a hacerse más brillantes otra vez.
Sacudí la cabeza con impaciencia a medida que las luces se iban distorsionando y mi hermana apareció frente a mí con su precioso vestido verde. Me sonrió y sacó mi conejo de peluche de su espalda.
—¿Alicia? —escuché mi nombre a lo lejos, como un murmullo insistente. Decidí ignorarla, tratando de tomar el peluche de las manos de Aurora y sentí su mano sostenerme el hombro con presión. Me giré a verla con mala gana—. Han venido a verte.
Enarqué una ceja en su dirección. No pensaba ver a nadie. Mi hermana y mi madre seguían viéndome a un costado de la habitación con evidente curiosidad. Más allá de ellas, no había nadie a quien quisiera ver. No me quedaba nadie después de todo.
Aparté la vista hacia la ventana y me concentré en lo importante. El cuervo había vuelto, siempre volvía.
—Alicia —masculló, evidentemente perdiendo la paciencia. No me gustaba el sonido agudo de su voz. No sé qué hacía una persona como ella en un lugar como este.
Me giré a verla cruzándome de brazos y ella fingió su mejor sonrisa. Hubiera sido una pésima actriz, sabía que le desagradaba.
—Han venido a verte —dijo con desdén.
Miré detrás de ella. Había dejado la puerta abierta, si era lo suficientemente rápida podría salir de aquí y volver a casa para la cena.
—Ni lo pienses. —Se interpuso entre mi campo de visión y la miré poniéndome de pie. Sonreí en cuanto se estremeció mientras caminaba hacia ella—. Sabes que vas a pagar por lo que hiciste, ¿no?
Volví a sonreír. Por supuesto que lo haría, lo sabía. Todos tarde o temprano pagaban por sus acciones. Y yo sabía que había hecho algo inolvidable.
—Fenómeno, desquiciada —escupió y mi sonrisa se hizo más grande.
Miré detrás de ella en cuanto él apareció y la vi palidecer, sonreí ante su debilidad. Ese era el efecto que personas como él tenían en la gente. Menos en mí. Yo era inmune ante su presencia.
Lo saludé con una reverencia fingida, manteniendo la diversión en mi sonrisa mientras él entró en mi habitación con su perfecto traje negro, zapatos brillantes y maletín en mano.
—Enfermera Lauren, retírese, por favor —dijo con voz neutra. Siempre mantenía ese tono condescendiente con todos. Me pregunté si con su familia también lo hacía.
Sus ojos verdes al fin se posaron sobre los míos y me crucé de brazos desafiándolo a que hiciera lo mismo que la última vez que estuvo aquí. Aunque sabía que lo haría. A eso venía siempre. Había contado los días para su regreso.
—Alicia, toma asiento por favor. —Señaló mi escritorio y comenzó a sacar sus instrumentos del maletín de cuero. Exhaló pesadamente al ver que no estaba siguiendo sus órdenes—. Alicia, por favor, colabora. No quiero que suceda lo mismo que la última vez.
Mantuve mi posición viéndolo con detenimiento y tragué el nudo que se formó en mi garganta. Enterré las uñas en las palmas de mis manos como si eso pudiese de alguna manera borrar el dolor que estaba sintiendo por dentro.
Sabía lo que me preguntaría, y él sabía que yo no se lo iba a poner fácil.
Tomé asiento en mi escritorio y él repitió mi acción en la silla frente a mí, encendiendo ese aparato que siempre lograba distraerme mientras las cintas giraban junto a la cámara de grabación que usaba para todas nuestras sesiones.
—Hoy es veinte de junio, dos mil veintitrés —comenzó recitando el inicio de un mal cuento y rodé los ojos entretenida con la situación—. Paciente Alicia Hayes, de veinte años. Diagnosticada con trastorno psicótico esquizoafectivo y trastorno de la personalidad antisocial.
Lo vi con detenimiento mientras repetía las mismas palabras que lo había escuchado decir tantas veces. Sus ojos me veían desafiantes, esperando el momento exacto en que flaqueara, pero no le daría la satisfacción.
—Comencemos —anunció acomodándose y me crucé de brazos—. El tribunal necesita tu confirmación de los hechos.
Miré detrás de él y vi a mi madre sosteniendo a los mellizos, ¿Habían sido siempre dos niños? Aurora a su costado abrazaba mi antiguo conejo de peluche. A diferencia de mí, ella siempre había sido muy buena para este mundo.
—Alicia —la voz del detective Gael interrumpió mis pensamientos y en un parpadeo mi familia ya no estaba.
Enterré las uñas en las palmas de mis manos y lo miré furiosa. Él sonrió, sabía que había conseguido lo que quería.
—Comencemos por el accidente que mató a tu familia el ocho de noviembre de dos mil diecinueve, donde todo inició.
«No comenzó ese día», quiero decirle, pero me trago las palabras. No es que pueda pronunciarlas después de todo.
—Accidente que afirmas tu padre causó, y que por eso lo asesinaste el dieciocho de octubre del dos mil veintiuno junto a su nueva pareja. —Termina de leer el expediente como hacía cada vez que venía y se cruzó de manos sobre la mesa. Jamás lo admitiría, pero me gustaba su determinación a no darse por vencido conmigo y con este caso—. Alicia, esta no es toda la historia, ¿verdad?
Me encogí de hombros restándole importancia y negué inclinándome en el asiento.
Al final del día, no importaba la verdad. Yo era la única que sabía lo que había sucedido aquella primavera. Y eso me parecía más que suficiente. Así se quedaría para siempre.
Lo cierto, es que volvería a hacerlo si tuviera la oportunidad. Y el detective lo sabía.
Él y yo no éramos muy distintos después de todo. Nuestra única diferencia era que él estaba libre y a mí me habían atrapado para siempre. Él había sido el cuervo ingenioso y yo una lechuza que desde su nacimiento, estuvo destinada a la soledad.
Los monstruos sabemos reconocernos entre nosotros, y él y yo nos parecíamos mucho más de lo que él jamás admitiría. Los monstruos no se esconden. Son los que están frente a ti con una sonrisa encantadora o sosteniendo tu mano por la acera. Esperando el momento exacto en el cual mostrar su verdadera naturaleza. Y Gael también lo haría, algún día. Solo esperaba que no lo atraparan como a mí.
—Siento que aquí hay una historia que grita ser contada, Alicia.
Me gustaba como decía mi nombre. Me preguntaba cómo sonaría el suyo en mis labios, pero no lo sabría nunca. Nunca pude escuchar mi propia voz.
Y recordé con rencor la noche en la que todo comenzó. Se reprodujo como una película ante mis ojos. El recuerdo de los gritos y las súplicas del hombre que me lo quitó todo me robó una sonrisa que fue imposible contener.
Las voces susurraban, sin descanso, casi gritando por ser escuchadas. Ansiaban su liberación tanto como yo quería escapar de aquí.
Años atrás, un hombre sin uso de razón, cortó los frenos del auto de su esposa porque se había enamorado de su colega. En el impacto contra un árbol, falleció su mujer embarazada de mellizos y su hija menor de siete años. La mayor fue encontrada apenas con vida unos metros más allá del choque. Ella no podía hablar, nunca consiguió hacerlo, solo escuchaba y se guardaba las cosas para sí misma. Como aquella conversación que desencadenó su ira.
Una emoción que siempre fue parte de ella. Desde muy pequeña había estado rodeada del caos provocado por su mente. En su cabeza siempre habían coexistido dos mundos distintos.
Él había decidido sin piedad, y yo solo le devolví el favor. Le quité la vida y todo por lo que alguna vez trabajó en una noche de luna llena. Y volvería a hacerlo si tuviera la oportunidad. No era la primera vez que me enfrentaba a la muerte, y no sería la última.
Gael tenía razón. Era una historia que merecía ser contada, sólo que los muertos no gritan, susurran.
Me giré quitándome los cascos en cuanto tocaron mi hombro.
—¿Has terminado ya? —me preguntó mi esposo con una sonrisa.
Asentí estirando mis brazos y un pesado suspiro salió de mis labios. Llevaba horas frente al portátil terminando los últimos capítulos de mi novela. Por fin, después de arduos meses de escritura, había llegado al fin de la historia. Siempre supe cómo acabaría la historia de Alicia. Había mucho más de mí en ella de lo que mis lectores podían imaginar.
Kael besó mi mejilla antes de salir de nuestra habitación. A veces no entendía cómo alguien como él se había enamorado de mi eterno silencio, mis historias y de mis secretos.
Continúe tamborileando los dedos contra el teclado, y vi mi reflejo en el espejo llevando mis manos al relicario que caía sobre mi cuello. Sonreí. «Sí, había mucho más sobre mí en Alicia de lo que nunca descubrirán.» Sobre la identidad que ambos decidimos olvidar cuando dejamos todo atrás. Y aquellos delirios de mi mente fragmentada.
—¿Alice, tomaste la medicación esta mañana? —La voz de Kael interrumpió mis pensamientos acercándose con dos tazas de café en sus manos.
Asentí mientras terminaba de escribir la historia que juntos habíamos enterrado para siempre.
Desde la puerta, mi pequeña hermana me sonrió y le sonreí de vuelta. Se desvaneció tan rápido como apareció. Siempre lo hacía y siempre lo haría.