El demonio que Amé

Capítulo 87: Una señal imposible

Dae-hyung permaneció inmóvil junto al arenero, con Rumi sentada sobre sus piernas y las pequeñas manos de la niña cubiertas de arena. Al principio había pensado que aquella línea en su mano izquierda era una simple mancha, quizá un rasguño provocado por alguna piedrecilla mientras jugaba. Sin embargo, después de limpiarle cuidadosamente los dedos, comprendió que no se trataba de suciedad. La línea seguía allí, fina y tenue, extendiéndose cerca de su muñeca con una forma que le resultaba demasiado familiar.

Era una marca demoníaca.

No podía asegurarlo todavía, pero había visto señales semejantes en innumerables demonios a lo largo de su existencia. Conocía sus formas, las variaciones que podían presentar y la manera en que la energía demoníaca se manifestaba a través de ellas. Lo que tenía delante no era una marca desarrollada como las que él había llevado durante tanto tiempo, sino algo mucho más débil, casi imperceptible, como si apenas estuviera comenzando a formarse.

Y eso era precisamente lo que le preocupaba.

Rumi, ajena a la tensión de su padre, levantó la mano derecha para intentar agarrarle la barbilla. Al no conseguirlo, soltó un balbuceo y se inclinó hacia delante, interesada en el pequeño recipiente de plástico que había utilizado para jugar con la arena. Dae-hyung la sujetó antes de que perdiera el equilibrio, pero no apartó la mirada de su mano izquierda.

—Espera un momento, pequeña —murmuró, girándole suavemente la muñeca—. Déjame ver.

Rumi respondió con un sonido alegre y trató de agarrarle un dedo. Él se lo permitió durante unos segundos, aunque su expresión se había vuelto mucho más seria. Necesitaba examinar la marca, comprobar si realmente contenía energía demoníaca y averiguar si se trataba de algo permanente o de una manifestación pasajera. Sin embargo, hacerlo en medio de un parque lleno de niños y adultos era demasiado arriesgado.

No podía utilizar sus habilidades libremente, y mucho menos cuando Celine, Soo-ming y Mie-yeong se encontraban a pocos minutos de distancia.

Además, la posibilidad de que su hija estuviera heredando su naturaleza demoníaca le provocaba una inquietud que no había experimentado ni siquiera durante su enfrentamiento con Gwi-ma. Había pasado buena parte de su existencia enfrentándose a criaturas peligrosas y había soportado castigos que habrían quebrado a otros demonios, pero ninguna de aquellas experiencias lo había preparado para descubrir algo semejante en Rumi.

La niña no tenía la culpa de nada. Ni siquiera sabía qué era un demonio, mucho menos lo que significaba llevar una marca como aquella.

—dada... —balbuceó Rumi, extendiendo los brazos hacia él.

Dae-hyung levantó la cabeza al escucharla y su expresión se suavizó por un instante. La tomó con cuidado y le dio un pequeño beso en la frente antes de volver a examinarle la mano. La línea parecía menos visible que unos segundos antes, aunque no podía saber si se estaba desvaneciendo o si la luz del parque le impedía distinguirla con claridad.

Entonces escuchó unas voces acercándose desde el camino que conducía a las tiendas.

—¡Ahí están! —exclamó Soo-ming a cierta distancia—. ¡Ya pensaba que tendríamos que buscarlos por todo el parque!

Dae-hyung reconoció las voces de inmediato. Mie-yeong, Celine y Soo-ming regresaban con varias bolsas y parecían haber terminado de organizar buena parte de las compras para el cumpleaños de Rumi. Él se incorporó, acomodó a la niña en el cochecito y empezó a retirar la arena que todavía tenía en la ropa.

Había intentado limpiarla antes de regresar, pero Rumi se había movido tanto que no había conseguido quitarle toda la suciedad. En aquel momento, mientras sacudía cuidadosamente las mangas de su vestido, no se le ocurrió que ese pequeño detalle terminaría complicando la situación.

—¡Por fin! —dijo Soo-ming al llegar—. ¿Qué han estado haciendo todo este tiempo?

—Jugando —respondió Dae-hyung.

Soo-ming miró a Rumi y después contempló el estado de su ropa.

—Eso ya lo veo. ¡Parece que la has dejado caer dentro del arenero!

—No la he dejado caer en ninguna parte, ha estado jugando en la arena

—¡Es una forma de hablar!—respondio

—Entonces deberías hablar con más precisión.

—¡Dae-hyung! —protestó Soo-ming, indignada.

Celine negó ligeramente con la cabeza mientras se acercaba al cochecito. Mie-yeong, por su parte, sonrió al ver la expresión de su hija, que comenzó a agitar los brazos al reconocerlas. Rumi parecía encantada de tener de nuevo a sus tías cerca y soltó varios balbuceos mientras intentaba alcanzar a Soo-ming.

—Ven aquí, pequeña —dijo esta última, inclinándose para acariciarle la cabeza—. ¡Mírate cómo has terminado! ¿Tu padre te ha llevado a jugar a una excavación?

Rumi soltó una risita y trató de agarrarle un mechón de cabello.

—No ha sido una excavación —replicó Dae-hyung—. Ha sido un parque infantil.

—¡Ya sabemos dónde has estado! —respondió Soo-ming—. Lo que no entiendo es cómo has conseguido que se llene de arena hasta las orejas.

—No se ha llenado de arena hasta las orejas.

—¡Era una exageración!

—Últimamente parece que utilizas muchas expresiones que no significan lo que dices.

Mie-yeong soltó una risa breve antes de acercarse a su hija. Le limpió una mejilla con una toallita que sacó del bolso y le dio un beso en la frente.

—Pobrecita. Tu padre habrá pensado que como podias sentarte en la arena, también podía llevarla un poco de ella a casa.

—No se ha llevado arena a la boca —aclaró Dae-hyung—. Me he asegurado de que no lo hiciera.

—Eso está bien, pero mira su ropa ha quedado con rastros de arena.

—La he limpiado antes de que vengan.

Mie-yeong observó el vestido y después volvió a mirarlo.

—¿De verdad?

—Sí.

—Entonces tendré que enseñarte a limpiar a una bebé sin dejar la mitad de la arena en su ropa.

—No veo qué tiene de complicado.




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