

Parte 1: Amazair
Luna, Mustafah y Onyx partieron a caballo un par de horas después de su encuentro. Los obsequios que había recibido Luna, guardados con orgullo, llegaron en el momento justo para abastecer su viaje a Yakur. Ese continente le era ajeno, un lienzo desconocido, y llevar alimento consigo no era un lujo, sino prudencia.
Mustafah, diligente, encontró para ella uno de los mejores corceles disponibles. Al entregárselo, le dijo:
—Se llama Tormenta.
Luna acarició el lomo del animal. El nombre despertó en su pecho una punzada de memoria: recordó a Relámpago, su fiel caballo, que había dado su vida para que ella pudiera escapar.
El sol descendía con lentitud mientras cabalgaban rumbo al monte Kaereth, atravesando dunas doradas y senderos de piedra rota. Fue entonces que Mustafah, con voz grave y un dejo de nostalgia, comenzó su relato.
—Ah… los Portales Peregrinos… —dijo—. Hace miles de años, un suceso inesperado rasgó la piel misma de Tessareth. Dos grietas se abrieron en lugares distantes, como si el mundo hubiera recibido heridas opuestas en un mismo instante.
“La primera surgió al oeste, en la cordillera de Nilgorov, allá donde el frío es eterno y el cielo se cubre con nubes como acero. Un agujero negro, de naturaleza maligna, se formó en el corazón de una montaña. La segunda apareció en el este, en los valles de Albrund al sureste de Bruskana, donde un claro en medio del bosque se hundió sobre sí mismo revelando un abismo que emitía un fulgor que no pertenecía a este mundo.
Al agujero oscuro lo llamaron la Grieta de las Sombras. De ella salieron miles de criaturas nocturnas con un único propósito: matar. Arrasaron aldeas, devoraron ciudades, hicieron caer reinos enteros bajo su paso de garras y miedo.
Se cuenta que, al abrirse la Grieta de las Sombras, su poder se derramó sobre la tierra creando los Portales Peregrinos, pasos entre continentes que les permitieron alcanzar cada rincón del mundo, hasta el último refugio de vida.
Y casi lo lograron. La humanidad se redujo a unos pocos dispersos, escondidos en cavernas, islas remotas y montañas inaccesibles. Solo cuando creyeron que la vida había sido extinguida, las sombras regresaron a su grieta. Pero dejaron los portales peregrinos abiertos.
Con el tiempo, aquella herida en Nilgorov cicatrizó, cerrándose como si la tierra misma tratara de olvidar. Pero como un ciclo maldito, cada vez que transcurre un puñado de siglos las sombras abren la grieta de nuevo y llegan para preparar un nuevo holocausto diezmando a la humanidad hasta casi desaparecerla.
Fue así por miles de años hasta que aparecieron las reliquias del alma. Y sus portadores nos dan la oportunidad de sellarla cada 400 años. Han hecho esto al menos un par de veces. Eso ha permitido al mundo crecer y desarrollarse hasta hoy.”
Luna interrumpió la historia, pronunciando el nombre con voz cautelosa, como si tratara de atrapar un recuerdo esquivo.
—Nilgorov… la batalla de Nilgorov. Fue allí donde Aitherion selló la grieta… hace cuatrocientos años.
—Así es, joven Anzarah —respondió Mustafah, asintiendo con gravedad—. Los antiguos portadores marcharon a través de Azurova hasta Nilgorov para cerrar la grieta. Se dice que lucharon contra un portador cuya mente había descendido hasta la locura, consumida por el dolor de haber perdido a un ser amado.
Luna, con un suspiro breve, recordó al instante el nombre.
—Dravenn.
Mustafah la miró con una mezcla de sorpresa y respeto.
—Conoce la historia, joven Anzarah. Es un pasaje oculto, una mancha en la memoria de los portadores que todos prefirieron enterrar. Solo unos pocos la saben… ¿dónde escuchó tal relato?
—La leí en un libro, en la Biblioteca del Saber de Methisarys —susurró Luna.
—Ah… la Biblioteca de Mnemosyne. —Mustafah sonrió apenas—. No cabe duda: su vínculo con la Guardiana de la Sabiduría le ha concedido acceso a un conocimiento profundo del mundo.
Onyx escuchaba maravillado la conversación, sin atreverse a interrumpirla. Mustafah hizo una breve pausa, pero pronto retomó la palabra mientras el camino ascendía por una suave colina cubierta de polvo dorado.
—Una vez tuve la oportunidad de conocerla, a la joven Astrid. Viajaba hacia el este, hacia Elirya. Un brote de plaga al sur del continente la empujaba a moverse con urgencia. En ese tiempo, me habían enviado a Hesperia.
Luna recordó el episodio de la plaga, pero lo que realmente capturó su atención fue la forma en que Mustafah dijo “me habían enviado”. ¿Quién lo había enviado? ¿Con qué autoridad? Estaba a punto de preguntar cuando Onyx, súbitamente, señaló al horizonte.
—Parece que hemos llegado.
Al norte, más allá de la pendiente, el paisaje se transformaba. Las arenas desnudas y las dunas ásperas cedían terreno a un valle verde salpicado de huertos, terrazas de cultivo y arroyos que serpenteaban bajo pequeños puentes de piedra. Y allí, al pie de la montaña, se alzaba Amazair: una ciudad amurallada, de muros de caliza blanca que reflejaban la luz como un faro. Sus techos eran de teja oscura y sus torres se elevaban como lanzas, con estandartes ondeando al viento.
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Editado: 16.10.2026