El Destino de la Estrella

Capítulo XLII: Presas de la oscuridad

Más allá de Q’Aru, al este, al amanecer, el Guante Carmesí avanzaba tras cruzar el portal al pie del Pico Kherion. Cabalgaban a paso constante, cada uno enfocado en su propia tensión. Velka llevaba sobre su caballo a un muchacho de trece o catorce años, sujetándolo por la cintura con un brazo mientras con el otro guiaba las riendas.

El grupo había atravesado a toda velocidad las estepas de Velgorod hacia el oeste, internándose luego en los bosques de Esseltya, siguiendo la ruta indicada por Tharos según las antiguas instrucciones de Elías Venerov. Recorrieron la espesura hasta hallar el portal, incrustado en la roca a la base de la montaña.

Allí encontraron a un niño cazando venados. Huérfano y acostumbrado a moverse entre ambos mundos, el joven conocía bien la región y había aprendido a hablar dos idiomas con fluidez. Por fortuna para el Guante Carmesí, lo entendía; no hubo necesidad de tortura: bastó con el filo de las espadas y un poco de miedo para que cooperara.

El muchacho no solo conocía la zona del portal, sino que sabía cómo llegar a Q’Aru por un camino mucho más corto de lo que el grupo había calculado. Tras preguntarle su nombre, respondió con naturalidad: Maki, como un pequeño animal del bosque en la lengua de su gente.

Sin embargo, había algo en Velka que lo aterrorizaba. Su mirada cruel y las afiladas cuchillas que portaba hicieron que el niño temblara, casi orinándose de miedo al ser sujetado por ella. Velka, consciente de su poder sobre él, lo llevó sobre su caballo, susurrándole al oído promesas de tortura y dolor, palabras que hacían retumbar su corazón y paralizaban su respiración.

—Cuando termine este viaje, te enseñaré a usar esa daga que llevas contigo —murmuraba, apretando su mano bajo la cintura del joven, entre sus piernas.

No era un estímulo; solo aumentaba su terror. En otra ocasión, le dijo, con una sonrisa cruel:

—Quisiera ver de qué color es tu sangre… ¿es tan roja como la de las gentes de Tessareth?

El niño rogaba, temblando, prometiendo obediencia, deseando que su llegada a Q’Aru no significara un destino peor de lo que podía imaginar.

Fue un golpe de suerte encontrar al chico, pues les reveló secretos de la región que Luna había tenido que descubrir por su cuenta: el mal de altura, el frío cortante de las montañas y la dureza del terreno. A diferencia de ella, el grupo ya iba preparado: abrigos gruesos, botas resistentes y provisiones, siguiendo las indicaciones de Venerov sobre la salida del portal, ubicada al pie de una montaña nevada en la gélida zona de las estepas de Tarkary. El resto del tiempo se dedicaron a hacer una breve parada en la choza de Maki, donde recogieron todas las hojas de Koka que pudieron cargar.

Mientras avanzaban hacia el oeste, el joven les indicó que podrían encontrar una pequeña aldea con botes, desde donde navegarían por el lecho del río Rovilca hasta llegar a la mismísima ciudad de Q’Aru.

Pero Velka no podía resistirse a jugar con su poder sobre el muchacho. Se inclinó hacia él mientras compartían el caballo:

—¿Alguna vez has tocado a una mujer, muchacho? —susurró, con una sonrisa que no prometía nada bueno.

Sin darle tiempo a responder, tomó la mano del joven y la posó sobre su muslo descubierto, forzándolo a un contacto que lo hizo estremecerse. Luego rozó con la punta de su lengua la oreja del chico, provocando un escalofrío que le recorrió la espalda. Maki se contorsionó, tratando de liberarse, mientras Velka estallaba en una carcajada, divertida por su reacción.

—¡Deja en paz al chico, Velka! —exclamó Cassian, con la vista fija en el camino mientras mascaba una hoja de koka—. No queremos que se escape por miedo.

Velka solo giró la cabeza un instante, evaluándolo con ojos brillantes de desafío, antes de volver a concentrarse en su pequeño prisionero. El miedo del chico parecía alimentar su diversión, y eso solo intensificaba la tensión que se sentía en el aire mientras avanzaban hacia Q’Aru.

***

Al oeste, la tarde del día anterior, Luna había cabalgado siguiendo el sendero del río tal como le habían indicado. La noche la alcanzó cuando apenas le restaban unos kilómetros para llegar al río Rovilca, así que decidió detenerse y pernoctar antes de continuar. Encendió una fogata a la orilla del río y se envolvió entre mantas, dejando que el cansancio la arrastrara al sueño. La diferencia de horario la había mantenido despierta más tiempo de lo habitual, y su cuerpo necesitaba descansar.

Al amanecer, calentó un poco de agua para prepararse un té y, después de un desayuno ligero, se dispuso a continuar el camino. Cabalgó en silencio, acompañada solo por el murmullo del viento y el agua, hasta que una hora más tarde llegó a la confluencia del río Robamba con el Rovilca. El Rovilca, a diferencia del cauce que había seguido hasta ahora, era ancho, caudaloso y profundo.

Bajó de su caballo y se acercó al agua, observando los peces de color oscuro que nadaban bajo la superficie. Por un instante pensó en bañarse en las aguas del rio, pero al sumergir la mano comprobó que el agua estaba helada. Se limitó a llenar su cantimplora y siguió su camino, dejando que el sonido del río la acompañara.

Tras recorrerlo durante una hora, llegó a un lago donde las aguas del Rovilca se depositaban tranquilas, en marcado contraste con el caudal impetuoso que había dejado atrás. El terreno alrededor del lago estaba fangoso, cubierto de bejucos y vegetación densa que ocultaba de la vista de Luna un posible camino a seguir.



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En el texto hay: aventura, epico, elegidos

Editado: 16.10.2026

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