El Destino de la Estrella

Capítulo XLIII: La Ribera

Luna continuó caminando por el sendero junto al río, esta vez sin la compañía de Tormenta. El que había sido su fiel y recién ganado compañero había caído bajo las fauces de una criatura brutal, desconocida para ella, un recordatorio implacable de que se hallaba en una tierra nueva, regida por peligros que aún no comprendía.

Avanzó un par de kilómetros hasta que la tarde comenzó a desvanecerse, y entonces el hambre, como un susurro que se volvió clamor, le recordó una verdad inquietante: en las alforjas de Tormenta habían quedado todas las provisiones que había guardado para varios días de viaje. Solo le restaban en su mochila algunos dátiles secos y unas tiras de carne endurecida.

Se dijo a sí misma que su destino estaba cerca, que con fortuna al día siguiente alcanzaría la meta. La naturaleza exuberante parecía prometerle alimento y sustento; sin embargo, cada vez que el río brillaba a su lado con peces jugueteando en su corriente, el recuerdo del monstruo reptante volvía a herirle los sentidos. Se acercaba al agua con la misma reverencia que con temor, como si cada sombra pudiera transformarse en amenaza.

Pensó en internarse en el bosque para buscar fruta silvestre, pero dudó. Su vida había transcurrido entre el desierto y la costa: allí la piedra y la arena eran claras, el mar impredecible pero familiar. El bosque, en cambio, era un mundo extraño, donde una fruta podía ser alimento benévolo o un veneno disfrazado.

El aire de la montaña ya no le pesaba en el pecho como antes; respiraba mejor, y sentía su cuerpo más ligero. Pero el camino pedregoso la obligaba a avanzar con lentitud. Tropiezos constantes marcaban su marcha, y más de una vez tuvo que frenar su caída apoyando las palmas en el suelo áspero y frío.

Esa noche cenó lo poco que quedaba en su mochila, de cara al río. Vigilaba cada sombra, cada hoja que se movía. Buscó la parte más caudalosa y, a distancia prudente del lecho, eligió un claro donde tenderse. El murmullo del agua la acompañó como un arrullo incierto: mezcla de amenaza y consuelo.

En la mañana del siguiente día abrió los ojos al canto de las aves y al resplandor tímido del sol que nacía por el Este. Con paso cauteloso se acercó al río para lavarse el rostro, llenar su cantimplora y continuar el viaje, cuando de pronto lo vio: un pez inmóvil, hermoso, detenido entre las piedras como si aguardara por ella.

Luna oteó a su alrededor, desconfiada aún de las sombras del río, pero todo parecía en calma. Sonrió con una chispa de picardía: ¿qué más daba? Podría intentar atraparlo; más por juego que por hambre, pues la simple idea de asarlo en la leña le pareció un premio tentador.

El pez no parecía advertir los dedos al acecho, y Luna, confiada en la cercanía, se inclinó velozmente para hundir las manos en el agua. Pero la mochila tiró de su cuerpo hacia un costado, una roca húmeda le traicionó bajo el pie, y en un pestañeo se precipitó de bruces al río helado.

Un jadeo escapó de su garganta al emerger; corrió tambaleante hacia la orilla, temblando, con los dientes castañeteando y el vestido pegado a su piel. El abrigo, empapado, se aferraba a sus hombros como un peso muerto. Una certeza la sacudió: proseguir en la montaña con la ropa húmeda sería invitar a la fiebre o a la muerte.

Temblando por el frío del río, rápidamente se internó en el bosque a recoger ramas secas para encender una hoguera. Entre la espesura descubrió un ser diminuto: un animal cubierto de un pelaje claro, tan pequeño que cabría en la palma de su mano. La miraba desde una rama como si llevara siglos esperándola. Su color le recordó a Eron y aquella primera vez en que él, sorprendido, había reparado en el tono de su piel. La ternura la impulsó a darle al extraño ser su nombre: Eron.

Al volver junto al fuego colgó sus ropas para que se secaran con el calor de las llamas. El poncho, las botas y el gorro cayeron uno a uno. Finalmente, al sentir la humedad helada pegada a su vestido, se lo abrió con resignación. Apenas lo hizo, descubrió que no estaba sola.

En una rama próxima, tres pequeños monos de pelaje oscuro la contemplaban en silencio. Sus ojos, redondos y brillantes, seguían cada movimiento suyo con una fijeza incómoda. Uno de ellos mostró los dientes en un gesto ambiguo, que podría ser sonrisa o amenaza; otro ladeó la cabeza, curioso; el tercero se rascaba como si no comprendiera lo que veía.

Luna, sobresaltada, sujetó el vestido contra su pecho. Miró a su alrededor, pero no había nadie más: solo el río, el bosque y aquellos testigos inesperados. Se reprendió en silencio —eran solo monos, nada más—, y poco a poco volvió a descubrirse junto al fuego.

Pero al volverse de nuevo, ya no eran tres. Otros dos se habían sumado, y más allá, en otra rama, un sexto los acompañaba. El bosque la observaba. Los ojos diminutos de las criaturas brillaban como carbones encendidos, clavados en su figura. No parecían animales vulgares, sino jueces diminutos, atentos, incómodamente humanos. Luna se cubrió los pechos con las manos, sintiendo por primera vez que incluso en lo profundo de la montaña no podía escapar a las miradas.

Permanecía encogida junto al fuego, los brazos cruzados sobre su pecho, cuando escuchó un crujido en las ramas. Entre las hojas apareció uno de los pequeños animales, sosteniendo entre sus manos una banana. Se acercó con paso torpe, casi reverente, y estiró el brazo como quien entrega un tesoro.



#5463 en Fantasía
#1768 en Personajes sobrenaturales
#5640 en Otros
#760 en Aventura

En el texto hay: aventura, epico, elegidos

Editado: 16.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.