El destino en sueños

Capítulo 2

Althea - Mordus, Syukur

 

Althea se removió un poco en el lecho tibio y se estiró hacia su derecha buscando a Primus, quien, como todos los días, ya no estaba en la cama. Ella gruñó quedamente, con anhelo de la presencia de su esposo. Pero Primus, siendo un pastor, se levantaba muy temprano.

 

Desperezándose, luego de dar algunas vueltas, se decidió a vestirse y comenzar su día. Había soñado intensamente y esperaba con ansia el momento en que pudiera contárselo a su esposo.

 

Se levantó con su habitual lentitud matutina, pero una vez que estuvo bien despierta, comenzó sus actividades con mucha energía. Y esto hizo que el tiempo se le pasara muy rápido hasta que llegó Primus.

 

— Tengo algo que contarte — decía atolondradamente mientras se lanzaba a sus brazos.

 

Él la abrazó amorosamente y le habló sonriendo:

 

— Bueno, ¿y qué puede ser? ¿Algún nuevo sueño tal vez? — Comentó sabiendo lo propensa que era la chica a tener intensas experiencias oníricas.

 

— ¡Sí! — Exclamó apartándose un poco de él para dejarlo terminar de entrar en la pequeña cabaña. — ¿Tienes hambre?

 

— Bastante — Primus se sentó a la mesa de madera rústica, mientras ella se dirigía al fogón frente a él, donde tenía una olla humeante, de la cual se desprendía un delicioso aroma.

 

Llevaban casados varios años; sin embargo, ellos no tuvieron hijos ni habían deseado tenerlos tampoco, se sentían muy felices tal cual estaban. Aunque a los padres de ambos no les agradaba la situación, ni Primus ni Althea se preocupaba al respecto. Ocupaban sus momentos libres en sus cosas y en compartir tiempo juntos. Él, además de ser pastor, tallaba la madera y hacía figuras hermosas que adornaban las casas de la mayoría de los habitantes del pueblo. Y ella, aprendía el arte de curar con las hierbas con la vieja Aneti, quien, era una bruja reconocida por todos, pero ignorada por los sacerdotes del dios único.

 

Althea sirvió abundante guiso de cordero en cazos de barro y se sentó junto a su esposo.

 

— Soñé que corría por el bosque hacia el sur, sentía que alguien me perseguía, pero no podía ver quien era, y en un momento, antes de cruzar un río, miré mis pies, y vi que tenía estrellas dibujadas en ellos; además, era como si mis dedos se hubieran alargado y solo caminara de puntillas.

 

— Es algo muy raro... — Comentó él mientras comenzaba a devorar la comida. — Tal vez desciendes de los lobos...

 

— ¿Por qué piensas eso? — Replicó ella frunciendo el ceño. — Que tú tengas sangre de lobos no significa que todos la tengamos.

 

— Mi sangre de lobos está muy muy diluida, no creo que queden más que unas pequeñas gotas, y por lo que sabemos de ti, podrías tener cualquier origen. Pero sería lógico que alguna criatura cambiante escondiera su prole entre los humanos, las legiones del dios son cada vez más agresivas.

 

— Por eso te llevas tan bien con mi madre...

 

— Sé realista, Althea. ¿Por qué más te dejarían tus padres?

 

— ¿Tal vez porque no me querían?

 

— Qué tontería, nadie deja a sus hijos sin una razón.

 

— Le pediré una interpretación a la vieja Aneti, ella sabrá decirme qué significa — habló la muchacha cambiando de tema.

 

— Me parece muy bien.

 

Pasaron unos días hasta que Althea por fin pudo hablar con Aneti. La anciana vivía al otro lado de la aldea, apartada del resto de la comunidad de Mordus, su casa se diferenciaba de las otras viviendas del pueblo porque era redonda, e incrustada en la montaña como si fuera parte de ella. En las paredes y el techo crecían distintas variedades de enredaderas y otras plantas, haciendo que pareciera una cueva en la cual alguien había colocado puertas y ventanas.

 

— Es algo muy fantástico lo que me cuentas, muchacha — le hablaba con voz añeja.

 

— Me pareció raro y pensé que podría tener alguna interpretación... — Explicaba la chica.

 

— Mmm... Podríamos consultar las piedras a ver que dicen al respecto — dijo.

 

— ¿Sería posible? — Althea estaba ansiosa por recibir una lectura de aquel oráculo, pero no deseaba importunar a la anciana.

 

— Claro que sí... — Respondió risueña la vieja mientras se levantaba de su asiento para buscar los glifos.

 

La muchacha se quedó sentada donde se encontraba, en la pequeña sala a la entrada de la casa. De repente se sentía muy nerviosa, aunque no era la primera vez que la bruja le predecía el futuro, intuía que esta vez sería diferente.

 

La anciana regresó con una bolsita en la mano. Era una mujer pequeña y delgada que caminaba con un poco de dificultad debido a su avanzada edad, en el pueblo se decía que había pasado hacía tiempo los cien años, pero por cortesía Althea nunca se atrevió a preguntar.

 

— Veamos... — Decía Aneti mientras volvía a ubicarse en la silla delante de la chica. Sacudió un poco la bolsa y la abrió. — Saca tres piedras sin mirar.

 

La joven metió la mano en la bolsita y revolviendo las piedras dejó que se deslizaran en su palma la cantidad indicada colocándolas en la mesa.

 

Los símbolos eran un círculo, una estrella y una flecha que apuntaba al sur.

 

— ¡La estrella!

 

— El destino te aguarda al sur, y también tu origen... — Hablaba la anciana. — Pero no puedes ir a buscarlo sin más, debes esperar a ser encontrada.

 

— ¿Entonces no debo hacer nada? — Preguntó Althea sorprendida y un poco confusa. — Si quisieran ya me habrían encontrado, puesto que me dejaron aquí y no me he ido a ninguna parte — gruñó.

 

— Puedes empezar por esos dibujos que viste en tu sueño.

 




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