Hoy tengo que brillar, ¡seré la estrella principal! No es divertido, pero no puedo evitar sonreír. Estoy tan drogado que mis pensamientos no dejan de salir unos tras otros… creo que se le llama verborrea ¿o no? ¿A quién le hablo? Estoy solo aquí, cucu, nadie puede oírme. Esa cosa que me pusieron me tiene totalmente seco. Tengo una sed endemoniada y mis ojos no podrían producir lágrimas aunque de eso dependiera mi vida. Todos mis músculos están tensos y las costillas no se me ven tanto. Me dieron a comer una especie de licuado con muchas cosas, sabía horrible pero me hace sentir fuerte, no lo suficiente para liberarme por mí mismo, pero sí lo suficiente para no pensar en mi apetito durante el abuso que seguro me darán hoy. ¿Abuso? ¿Se le puede llamar así al uso de una cosa que tiene cierta utilidad? Como si pudiera alguien llamarle abuso a pisar mucho el piso, que fue hecho para eso. Ya me imagino la pelea por el derecho de las escobas para que sólo barran ciertas superficies y sólo permitir determinado tiempo para evitar el desgaste. Hilarante —una carcajada sale de mí—. Yo soy como esas escobas, que será usada por una persona que desea que algo quede tan limpio que no importará que le escoba se rompa. Hoy cumpliré con un objetivo: divertir a la audiencia.
Soy un bicho raro, la gente camina por todos los lugares de este sitio que, en comparación con el resto de los alrededores, es muy hermoso, se admiran plantas bajo un techo que hoy proyecta la luz de la luna. Recuerdo cuánto me gustaba la luna cuando era niño. ¿Sabían que me seguía a mí? Cuando caminaba ella me acompañaba, era mi amiga. Mi papá me explicó que no me seguía que… que… bueno, él lo explicó. ¿Mi papá? Yo tenía un padre amoroso… Maldita señora ¿qué tanto me ve? ¡No me toque! Suelto un bufido que hace que la señora choque con un mesero, la escena es tan graciosa. La señora cayendo de nalgas y halándome a mí del sitio que me hace especial en esta fiesta. Seguro que el dueño habría servido de plato fuerte a la señora si me dejaba sin el atractivo.
El dueño está en lo alto del pretensioso trono del que la niña me habló. ¡Es más tiene un ridículo bastón bañado en oro, el muy imbécil! —Suelto otra tremenda risotada que hace que me arquee sólo un poco y eso logra que la piel de mi espalda se estiré y ahora grito como un perro atropellado—. Todo eso no parece agradarle a aquel que nos ve en las alturas, disimulando una mueca de desagrado por el evento, noté una furia grande en sus ojos de lobo y su mandíbula apretada, pero se recuperó pronto. Supongo que es porque los gritos están programados para más tarde o probablemente porque todo lo imagino, no me puedo fiar de mis sentidos. En este momento acaece la recepción.
Muchas personas se están congregando aquí. No sé cuántas porque creo que he perdido hasta la facultad de contar. La fiesta se hace a las afueras de la casa principal, un inmenso terreno bajo techo, alternado con gruesos tragaluces y una fuerte iluminación, pero creo que eso ya lo dije... Se instalaron grandes pantallas de modo que ninguna parte de la fiesta se fuese a perder de ser vista. El único espectador seguro sería el dueño y varios de sus sociópatas ayudantes.
Jamás pensé volver a ver algo tan organizado y ¿civilizado?, no sé qué palabra usar: hay hasta meseros y camarógrafos. Eso sí, todos desnudos. La gente que se avecinaba llegaba fuertemente cubierta, pues el frío se respira, aunque yo no lo siento, pero el vaho emanando de mi boca opina lo contrario.
Hay parejas que llegan juntas, abrazándose, como prometiéndose que lo hacen para poder estar juntos el resto del año, que olvidarán este día. Ojalá que no tengan un recordatorio físico permanente. Parece ser que la asistencia es obligatoria. Nadie puede perderse la diversión, hay una persona revisando en la entrada, llevando un control. “Una celebración si no es un poco forzada, aunque sea por un recordatorio, no es celebración digna”, debe ser la idea de festejo del dueño.
No sé qué es, tal vez una pareja que llega sofocada a la entrada con esperanza y dolor en su rostro, o quizá la luna que sé que está arriba y que la imagino como el rostro pálido de un niño como un día fui yo; que una vez tuvo una vida, pero que después se enamoró y cerró las otras posibilidades de ser, haciendo que pensara en el humano como alguien bueno y digno de amar. No sé. Sigo sin saber qué fue, pero me doy cuenta que puede ser mi día, hay señales. Es el día en que moriré. Respiro un clima de certeza en el aire. No puedo explicarlo. Ni siquiera antier, el día que decidí morir, parecía tan real. Ahora no quiero perder la vida, bueno, no así. Me gustaría poder decidir. Que no sea mi simple renuencia a participar en este juego el que me haga perecer desangrado por mis partes íntimas.