No sé cuándo empieza una historia. Ojalá lo supiera, porque así habría estado más atenta. Me habría peinado mejor, por ejemplo, o no habría salido de casa con las zapatillas que siempre se me mojan por la punta. Aunque, siendo sinceros, si una historia importante dependía de mis zapatillas, ya empezábamos mal.
A veces creo que las historias empiezan con una tontería: una decisión absurda, un mensaje que contestas cuando no deberías, una noche a la que no querías ir. O una goma de pelo. Sí, ya sé cómo suena. Pero mi vida tampoco suele tener demasiado presupuesto narrativo.
Aquella mañana estaba sentada en mi roca de siempre. No era mía, claro. No tenía escrituras ni nada, pero llevaba tantos años sentándome allí que, en mi cabeza, ya existía una especie de contrato emocional entre las dos. Ella no me juzgaba. Yo no le pedía explicaciones. Relación sana.
La playa fuera de temporada era mi sitio favorito. Sin sombrillas ni niños gritando; sin gente sacudiendo toallas como si le hubiera declarado la guerra a la arena. Solo el mar, el frío en la cara y alguna gaviota con complejo de dueña del planeta. El aire olía a sal y a madera mojada. Me quedé un rato siguiendo con la vista la espuma que desaparecía en la orilla, sin intentar pensar nada concreto.
Cuando el viento empezó a colarse por las mangas del abrigo, metí la mano en el bolsillo y saqué mi goma de pelo. Era vieja, azul, con unas piedrecitas pequeñas que se me clavaban al apretarla. También hacía de pulsera y de objeto para esos momentos en los que no sabía qué hacer con las manos sin sentir que todo el mundo podía verlo.
La gente no habla lo suficiente de lo complicado que es tener manos. Están ahí todo el rato, esperando instrucciones. Mientras enrollaba la goma entre los dedos, una ola llegó más lejos que las demás y me mojó la punta de las zapatillas.
—Genial —murmuré, apartando los pies tarde. La ola se retiró como si no hubiera hecho nada. Típico. Por un momento solo quedaron el agua oscureciendo la tela y el rumor constante del mar.
Entonces el móvil vibró en mi bolsillo. Patri. Nadie más en mi vida tenía esa capacidad de insistir como si mi supervivencia dependiera de contestar en menos de treinta segundos. Saqué el teléfono.
PATRI: Marina.
PATRI: Sé que estás en la playa.
PATRI: No hagas como que no existes.
PATRI: Hoy salimos.
PATRI: Y no acepto dramas de señora ermitaña.
Suspiré. Miré el mar. Luego la pantalla. Luego otra vez el mar, igual que si el mar fuera a darme argumentos legales para quedarme allí. No lo hizo. Muy útil todo. Escribí:
YO: No soy una señora ermitaña.
La respuesta llegó al segundo.
PATRI: No. Eres peor. Eres una señora ermitaña de diecinueve años.
Sonreí sin querer. Muy poco. Pero sonreí.
PATRI: Paso por ti a las nueve.
YO: No he dicho que vaya.
PATRI: No hacía falta.
Bloqueé el móvil y me quedé mirando la pantalla apagada. A veces Patri daba muchísimo miedo. Con cariño, pero miedo. Me levanté de la roca, me sacudí la arena del pantalón y miré una vez más el mar. Siempre hacía eso antes de irme. Despedirme. Como si el mar fuera a notar mi falta.
Como si tuviera que comprobar que seguiría allí cuando volviera. Spoiler: siempre seguía. El problema era todo lo demás.
A las nueve de la noche, Patri apareció en mi portal con dos cafés fríos, unas gafas de sol en la cabeza —de noche, porque ella era así— y cara de haber venido a rescatarme de una secta. La secta era mi habitación. Y mi pijama. Y mi plan perfecto de no salir.
—Tienes cara de haber intentado cancelar —dijo en cuanto me vio.
Yo cerré la puerta detrás de mí.
—No he intentado cancelar.
—Marina.
—Lo he pensado con respeto.
—Eso no existe.
Me tendió uno de los cafés.
—Toma. Para que no mueras antes de llegar.
Lo cogí con las dos manos.
—Te quiero un poco cuando haces esto.
—¿Solo un poco?
—No te emociones.
Patri sonrió, satisfecha, y empezó a caminar hacia el paseo marítimo como si el mundo entero fuera suyo y yo solo estuviera alquilando una esquina. Yo iba a su lado con las manos metidas dentro de las mangas de la sudadera. Error número uno: había aceptado salir.
Error número dos: había elegido una camiseta negra porque Patri dijo que «me quedaba bien». Error número tres: había mirado el grupo de WhatsApp.
SÁBADOOO 🍻 🌊
Ochenta y siete mensajes. Eso no era un grupo. Era una amenaza con notificaciones.
—¿Cuánta gente va a venir exactamente? —pregunté.
Patri bebió de su café. Demasiado tranquila. Mala señal.
—Normal.
—¿Qué significa normal?
—Pues... gente.
—Patri.
—No sé. Diez. Doce. Alguno más.
Me paré en seco.
—Eso no es gente. Eso es una manifestación.
—No exageres.
—Habrá conversaciones cruzadas.
—Sí.
—Música.
—Sí.
—Gente saludándose.
—Marina, cariño, eso suele pasar cuando hay humanos juntos.
Volví a caminar, pero más despacio. De repente vivir aislada en una cabaña sin cobertura sonaba razonable.
—No tienes que hablar con nadie —dijo Patri.
—Eso es mentira.
—Vale. Tienes que saludar. Pero poco.
—Saludar es una trampa social. Nunca sabes si son dos besos, abrazo, mano, hola raro...
—Puedes hacer tu sonrisa de «soy funcional».
—¿Tengo una sonrisa de esas?
Patri me miró.
—Sí.
—Qué horror.
—Es mona. Un poco de rehén, pero mona.
Le di un golpe con el hombro. Ella se rio. Y eso era lo malo de Patri. Que conseguía hacerme reír cuando yo ya había decidido estar dramática.
Caminamos por el paseo. Olía a sal, a perfume de gente que se había puesto demasiado y a esas noches frías de diciembre en las que todo el mundo parece tener un plan menos tú. La carpa estaba montada a pocos metros de la playa. Desde lejos ya se escuchaba la música. Bajos. Risas. Voces.
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Editado: 02.08.2026