No le había vuelto a ver. Y eso que tampoco era que lo hubiera buscado. Mucho. Solo acompañé a Patri dos veces al bar donde trabajaba Janna porque, de repente, me apetecían muchísimo unas patatas bravas. También miré alguna historia de Carol por si aparecía alguien al fondo. Pero eso no cuenta como buscar.
Eso cuenta como... comprobar el estado general del municipio. Muy cívico por mi parte. Nada. Ni rastro de Hugo. Ni de sus ojos verdes. Ni de su sonrisa de «sé algo que tú no». Ni de mi goma azul en su muñeca. La goma sí me importaba. Era mía. Ese era el punto.
Y también era una excusa bastante cómoda para preguntarme dónde estaría él sin tener que decirme a mí misma que quería verlo. Porque eso habría sido peor. Mucho peor. El móvil vibró encima de la cama y pegué un salto bastante ridículo, teniendo en cuenta que estaba sola y nadie me estaba atacando.
PATRI: Dime que sigues viva.
YO: Depende. ¿Tengo que arreglarme?
PATRI: Bolera. Cuarenta minutos.
YO: Perfecto. Llegaré tarde.
PATRI: Por eso te aviso una hora antes.
Eso también era amistad. No la de las películas, con discursos preciosos y abrazos bajo la lluvia. La real. La de alguien que conoce tan bien tu desastre que aprende a calcularlo. Aun así, llegué tarde.
—Te odio —dijo en cuanto me vio aparecer por la calle.
Estaba apoyada en una farola con el móvil en la mano y cara de llevar tres vidas esperándome.
—Hola para ti también.
—Marina.
—Vale. Perdón.
No parecía enfadada de verdad. Más bien tenía esa resignación suya de persona que llevaba años viendo el mismo documental.
El documental era yo. Y sí, tenía muchas temporadas. Caminamos hacia la bolera mientras Patri me miraba de reojo. Yo fingí no darme cuenta. Mal. Patri siempre se daba cuenta de que fingía no darme cuenta. Era muy molesta para esas cosas.
—Entonces —dijo al fin—, ¿vas a contarme qué pasa?
—No pasa nada.
—Ajá.
—De verdad.
—Claro.
Miré hacia delante. Había gente entrando y saliendo de los bares, coches pasando despacio, una pareja discutiendo junto a una moto y un niño llorando porque se le había caído un globo. Todo el mundo parecía tener algo clarísimo que hacer. Yo ni siquiera sabía dónde meter las manos.
Las escondí dentro de las mangas de la sudadera.
—Solo tengo curiosidad —dije al final.
—¿Por Hugo?
—Por mi pulsera.
Patri sonrió. Demasiado.
—Ah, claro. La pulsera.
La miré.
—Estás usando ese tono.
—¿Qué tono?
—El de «no voy a decir nada porque si hablo me da la risa».
Patri apretó los labios.
—No sé de qué me hablas.
—Eres una traidora.
—Soy tu mejor amiga. Es parecido, pero con más información.
No contesté porque, técnicamente, tenía razón.
Y porque justo entonces llegamos a la bolera.
La bolera era igual que todas las boleras del mundo. Luces demasiado fuertes. Pantallas de colores imposibles. Música antigua sonando muy alta. Olor a fritanga, palomitas y zapatillas alquiladas. Encontré primero la risa de Janna. Después a Carol, sentada con un vaso de refresco y cara de estar escuchando una historia larguísima.
Cristian estaba al lado de una bolsa de patatas, protegiéndola igual que si contuviera documentos secretos del gobierno. Álex estaba apoyado cerca de la pista. Tranquilo. Como siempre. Y entonces lo vi. Hugo. Sentado encima del respaldo del sofá, con una botella de refresco entre las manos y mi goma azul en la muñeca. Mi goma.
La muy traidora. Porque sí, él me la había robado. Eso seguía siendo un dato objetivo. Pero verla ahí, enrollada en su piel como si hubiera decidido quedarse, me hizo algo raro. No malo. Tampoco bueno. Bueno, quizá un poco bueno. Qué asco. Hugo levantó la vista justo en ese momento.
Me vio mirarle la muñeca. Luego me miró a mí. Y sonrió. No de lado. No como en la carpa. Esta vez sonrió como si le hiciera gracia haberme pillado. Aparté la vista demasiado rápido. Profesional. Muy madura.
—¡Por fin! —gritó Janna—. Pensábamos empezar sin vosotras.
—Podíais haberlo hecho —dijo Patri, dejándose caer en el sofá —. Marina estaba teniendo una crisis textil.
—No era una crisis.
—Miraste tres camisetas negras durante diez minutos.
—Eran diferentes.
—Una tenía una mancha.
—Eso cuenta como personalidad.
Carol se rio. Álex también, bajito. Hugo no dijo nada. Peor. Seguía mirándome. Me senté al lado de Patri e intenté actuar como una persona que no había pasado la última semana comprobando historias ajenas por si aparecía un chico al fondo. Una persona normal. Sencilla. Con intereses sanos. Duré aproximadamente once segundos.
La primera partida confirmó algo que yo ya sospechaba desde hacía años: los bolos y yo manteníamos una enemistad personal. Cogí una bola morada porque parecía menos agresiva que las demás. Error. Pesaba como si dentro llevara cemento y malas decisiones.
—Venga, Marina —dijo Carol—. Tú puedes.
—No digas eso con esa cara.
—¿Qué cara?
—Cara de que no puedo.
Patri bebió de su refresco.
—Es que no puedes.
—Gracias por el apoyo emocional.
Me coloqué frente a la pista. Respiré. Di dos pasos. Solté la bola. La bola decidió irse a la izquierda. Directa. Con seguridad. Acabó en el canal. Janna soltó una carcajada tan fuerte que un niño de la pista de al lado se giró.
—¡Es imposible que tengas tan mala puntería!
—La pista está torcida.
Cuando me giré, Hugo estaba apoyado en la máquina de puntuación. La pulsera seguía en su muñeca. Yo intenté no mirarla. Miré. Muy poco. Pero miré. Él bajó la vista hacia su muñeca y luego volvió a mirarme.
—¿La echabas de menos? —preguntó.
Mi cerebro hizo algo muy útil. Se quedó en blanco.
—¿A quién?
—A la pulsera.
—No.
Mentira.
—Solo estaba comprobando que siguiera viva.
Hugo soltó una risa baja.
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Editado: 02.08.2026