Entré en el metro con el móvil todavía en la mano y tardé unos segundos en darme cuenta. Lo guardé en el bolsillo y casi inmediatamente tuve que volver a meter la mano para buscar los auriculares, que estaban enredados como si hubieran aprovechado las últimas horas para organizarse en mi contra.
Intenté deshacer el nudo mientras caminaba por el andén y, cuando por fin conseguí separar los cables, el tren acababa de entrar en la estación. Subí con el resto de la gente, encontré un sitio junto a la puerta y puse la primera canción que apareció en la lista. Estaba demasiado baja, así que subí el volumen hasta dejar fuera las conversaciones, los avisos de las estaciones y cualquier silencio que pudiera utilizar para seguir pensando en la llamada.
Hugo.
Janna.
No sé por qué me afectó tanto.
Apoyé la cabeza contra el cristal frío. Fuera, el túnel iba convirtiéndose en pequeñas luces que aparecían y desaparecían demasiado deprisa. Dentro, en cambio, la gente seguía haciendo cosas completamente normales. Una chica escribía en el móvil, un hombre leía y dos adolescentes discutían sobre dónde tenían que bajarse.
Todo seguía funcionando.
El tren también.
Y me pareció casi ofensivo.
Faltaban tres estaciones. Después dos. Cuando quedó una, me quité los auriculares porque de repente ya no quería llegar aislada del mundo. Me daba miedo verlo y, al mismo tiempo, necesitaba terminar de una vez con todas las conversaciones que llevaba días manteniendo sola.
El tren se detuvo. Bajé con el resto de la gente y casi choqué contra un señor que avanzaba en dirección contraria con una bolsa enorme.
—Perdón.
Murmuró algo que no entendí y seguí hacia las escaleras.
El aire frío me golpeó en la cara nada más salir a la calle. Miré la hora: había llegado cinco minutos antes. No era nada, pero se hicieron larguísimos.
Me quedé junto a la entrada del metro observando a la gente subir. Cada vez que aparecía un grupo nuevo buscaba a Hugo antes de poder evitarlo y, mientras esperaba, recordé que las primeras veces que habíamos quedado solía ser él quien estaba allí antes que yo, apoyado en cualquier sitio y mirando el teléfono. Después levantaba la cabeza, me encontraba entre la gente y sonreía de una forma que siempre conseguía que llegar hasta él pareciera haber valido la pena.
Me froté las manos.
No quería recordar aquello justo entonces.
El móvil seguía marcando que faltaban dos minutos. Lo guardé y respiré despacio. Si conseguía una sola cosa aquella tarde, quería que fuera no empezar a decir que estaba bien antes de que nadie me preguntara.
Luego lo vi.
Hugo acababa de salir del metro con las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta y el pelo ligeramente revuelto, como casi siempre. Caminaba mirando hacia delante hasta que me encontró y redujo el paso.
Durante un segundo lo único que pensé fue que seguía siendo él.
Y eso fue bastante peor de lo que esperaba.
No había nada distinto en su cara que me ayudara a separar al Hugo de la casita, al de las tostadas quemadas o al que se había quedado dormido conmigo en el sofá del chico que avanzaba hacia mí sin saber qué sentía por otra persona.
Era el mismo.
Se detuvo delante de mí.
—Hola.
—Hola.
Normalmente nos habríamos abrazado sin pensarlo. Esta vez ninguno hizo ademán de acercarse, y fui consciente de esa distancia porque antes nunca había tenido que medirla.
Hugo miró un instante hacia la entrada del metro.
—¿Llevas mucho?
—No.
Habían sido casi diez minutos. No sé por qué mentí. Quizá porque todavía quedaba en mí una parte encargada de evitarle pequeñas incomodidades aunque estuviéramos allí porque las grandes ya no cabían debajo de nada.
—Perdona por hacerte venir.
—He sido yo quien ha dicho de vernos.
—Ya.
El silencio empezó a alargarse. Hugo se pasó una mano por el pelo y reconocí el gesto: estaba nervioso.
—Marina…
—Necesito preguntarte algo.
Asintió.
Había pasado demasiados días rodeando la misma pregunta, así que esta vez no lo hice.
—¿Sientes algo por Janna?
Su mirada se apartó apenas un instante.
Fue suficiente para que se me cerrara el estómago.
—No lo sé.
Bajé los ojos hacia el suelo y respiré antes de volver a mirarlo.
—¿Qué significa que no lo sabes?
—Que no lo sé de verdad.
—Ya, Hugo. Esa parte la entiendo.
La mandíbula se le tensó.
—No quiero mentirte.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—Entonces no sé qué quieres que diga.
Se me escapó una risa pequeña que no tenía nada de graciosa.
—Yo tampoco.
La gente seguía saliendo del metro detrás de él y tuvimos que apartarnos para dejar paso. Caminamos unos metros hacia un lateral de la plaza sin decidirlo realmente, como si nuestros cuerpos hubieran entendido antes que nosotros que necesitábamos dejar de estar en medio.
Hugo apoyó la espalda contra una pared.
—No ha pasado nada con ella.
—Ya lo sé.
Pareció sorprenderse.
—¿Lo sabes?
—Sí.
No creía que Hugo hubiera besado a Janna ni que llevara semanas engañándome. Si hubiera pensado algo así, probablemente aquella conversación habría sido mucho más sencilla.
—Entonces…
—No estamos hablando de si has hecho algo.
Me crucé de brazos. Empezaba a tener frío, aunque no sabía cuánto pertenecía realmente a la temperatura.
—Estamos hablando de que llevas días distinto conmigo y ahora me dices que no sabes qué sientes por ella.
Hugo bajó la mirada.
—Sí.
Fue una respuesta pequeña. Precisamente por eso dolió.
—¿Desde cuándo?
Negó con la cabeza.
—No sé si hay un «desde cuándo».
—Hugo.
—De verdad. Janna me cae bien. Es amiga mía. Me cuenta cosas, yo la escucho… y el sábado, cuando la vi con su novio después de todo lo que me había contado, me sentó fatal.
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Editado: 23.09.2026