Cuando abrí los ojos todavía era de noche.
Durante unos segundos no entendí por qué estaba despierta. La habitación estaba en silencio, las persianas apenas dejaban entrar luz y no había sonado la alarma. Me quedé mirando el techo, intentando agarrarme a esos primeros segundos en los que todavía no recordaba nada.
Entonces giré la cabeza hacia la mesita.
La luna estaba allí, pequeña y plateada sobre la madera.
Y volvió la tarde anterior.
No de golpe, sino poco a poco: la estación, Hugo delante de mí, aquella forma suya de mirarme como si todavía estuviera buscando algo que decir, mis labios contra su mejilla y las puertas del metro cerrándose entre nosotros.
Mañana Hugo ya no será mi novio.
Me quedé mirando el collar.
Pues ya era mañana.
La frase se instaló dentro de mí de una forma extraña. No era una revelación; sabía perfectamente lo que había hecho. Había sido yo quien había decidido terminarlo, quien había dicho que no podía seguir esperando a que Hugo supiera qué quería. Había sido yo quien se había cansado de intentar entender silencios, dudas y medias respuestas.
Y, aun así, allí tumbada, con la misma ropa del día anterior y el cuerpo todavía pesado de sueño, no sentía el alivio que se suponía que debía acompañar a una decisión correcta.
Solo sentía pena.
Una tristeza espesa y difícil de colocar que parecía haberse quedado conmigo durante la noche.
Noté humedad en la sien y me pasé la manga por la cara.
Estaba llorando.
—No.
Lo dije en voz baja, casi enfadada conmigo misma, y me incorporé.
Eran las seis y veinte.
Los vaqueros se me habían clavado en la cintura durante la noche y tenía la camiseta completamente arrugada. Ni siquiera recordaba en qué momento había decidido meterme en la cama. Recordaba llegar a casa, escuchar a mi madre desde el salón, contestar algo y subir. Después, poco más.
Cogí el móvil.
Siete mensajes de Patri.
Dos llamadas perdidas.
Un audio.
El último mensaje estaba enviado cerca de medianoche.
PATRI: Marina, contéstame aunque sea con un punto.
Se me cerró el estómago.
Le había dicho que le escribiría.
Durante todo lo que había pasado después —Hugo, el metro, el mar, volver a casa—, Patri se había quedado esperando una respuesta que yo no había enviado.
Abrí los mensajes anteriores.
PATRI: ¿Estás en casa?
PATRI: ¿Dónde estás?
PATRI: Marina.
PATRI: Me estás preocupando.
Apoyé los dedos sobre el teclado.
Un punto.
Eso era todo lo que me pedía.
Podía hacerlo. Un punto no significaba explicar nada. Ni siquiera significaba decir que estaba bien. Solo quería decir sigo aquí.
Lo escribí.
Me quedé mirándolo unos segundos y después lo borré.
No quería hablar con Patri todavía.
No era porque no quisiera contarle lo ocurrido. Era precisamente porque sabía lo que pasaría en cuanto respondiera. Patri estaría al otro lado. Me preguntaría cómo estaba, aunque intentara no hacerlo, y yo tendría que decir en voz alta —o al menos escribir— que Hugo y yo ya no estábamos juntos.
Tendría que convertir lo de ayer en algo que había ocurrido.
Y todavía no podía.
Dejé el teléfono boca abajo.
El silencio de la habitación volvió enseguida y me di cuenta de que tampoco podía quedarme allí quieta. Mientras no hiciera nada, mi cabeza regresaba a la estación. Así que me levanté y empecé a recoger sin pensar demasiado en ello.
La silla estaba cubierta de ropa, la mochila seguía abierta en mitad del suelo y había una taza junto al portátil que llevaba suficientes días allí como para empezar a resultar sospechosa. Normalmente habría ordenado poniendo música o abriendo la ventana. Aquella mañana no hice ninguna de las dos cosas.
Simplemente me moví.
Recogí el abrigo, guardé dos sudaderas, cerré el estuche y empecé a hacer la cama.
Tiré del edredón para estirarlo y una de las esquinas quedó más alta. Intenté arreglarla y conseguí que se saliera la otra.
Volví a colocarla.
No quedó mejor.
Me quedé mirándola más tiempo del necesario.
Era absurdo, pero noté que los ojos volvían a escocerme.
—Pues así.
Aparté las manos.
No sabía qué me estaba pasando. O sí lo sabía, pero no entendía por qué una cama mal hecha podía parecerme de repente un problema imposible.
Respiré hondo y seguí.
Mientras tuviera algo entre las manos resultaba más sencillo. Una camiseta podía ir al armario o al cesto. Un bolígrafo tenía un lugar. Incluso el calcetín que encontré debajo del escritorio tenía una respuesta bastante clara.
Lo lancé hacia el cesto.
Fallé.
Normalmente habría ido a recogerlo.
Aquella mañana me limité a observarlo junto al mueble y decidí que podía quedarse allí.
No tenía energía ni siquiera para fingir crecimiento personal.
Continué recogiendo porque los problemas pequeños eran más fáciles. Tenían una solución. No había que preguntarse si se había hecho lo correcto o si tomar una decisión significaba dejar de echar de menos aquello a lo que se había renunciado.
Cuando levanté el abrigo de la silla noté algo dentro del bolsillo.
Me detuve.
No necesitaba sacarlo para saber qué era.
El ticket.
Lo desplegué lentamente.
Hoy he dejado a Hugo.
Debajo:
No sé qué hago ahora con todo lo demás.
Me senté en la cama.
A plena luz de la lámpara aquellas dos frases parecían demasiado pequeñas para contener lo que había pasado. La letra estaba torcida porque las había escrito sobre la rodilla frente al mar, cuando todavía parecía capaz de pensar con cierta claridad.
Pasé el pulgar por encima de la primera.
Hoy he dejado a Hugo.
Había sido yo.
Volvió a dolerme justo por eso.
Si Hugo hubiera decidido terminar, podía haberme enfadado con él. Podía haber pensado que era un imbécil, llamar a Patri y pasar horas desmontando cada cosa que había hecho mal.
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Editado: 23.09.2026