El día que no te buscaba

Capítulo 17. Puedes estar

El clic de la puerta quedó detrás de mí mientras seguía a Álex hacia el salón. Todavía llevaba la mochila colgada de un hombro y durante unos segundos no supe si quitármela o continuar sujetándola como si fuera una excusa para no terminar de instalarme allí.

Reconocí la casa enseguida.

El sofá seguía en el mismo sitio, igual que la mesa baja y la puerta del balcón. Con verla bastó para que apareciera la última noche que había pasado allí, Hugo entrando con las bolsas, la película que apenas vimos y aquel balcón donde todo había empezado a cambiar.

La planta seguía fuera.

Parecía incluso más muerta que entonces, cosa que tenía mérito.

Aparté la mirada antes de continuar con el recorrido completo de mis recuerdos.

Álex se había quedado cerca de la entrada del salón, observándome con la misma cara que probablemente pondría cualquiera si la exnovia de su mejor amigo apareciera llorando en su casa un martes por la mañana.

—Puedes dejar la mochila.

Bajé la vista.

Seguía allí.

—Ah. Sí.

Me la quité y la apoyé junto a la pared.

—¿Quieres sentarte?

Asentí y fui hasta el sofá. Me acomodé en uno de los extremos, quizá demasiado cerca del reposabrazos, mientras Álex desaparecía un momento hacia la cocina. Escuché abrirse un armario, después el grifo, y volvió con un vaso de agua.

—Toma.

—Gracias.

Lo sujeté con las dos manos aunque no tenía sed. El cristal estaba frío y tener algo entre los dedos resultaba bastante útil.

Álex no se sentó a mi lado. Cogió una silla y la colocó frente al sofá, aunque un poco apartada, como si tampoco él tuviera muy claro a qué distancia se suponía que debía estar.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. Álex seguía mirándome desde la silla y yo mantenía las dos manos alrededor del vaso, pendiente de una pequeña gota de agua que resbalaba por el cristal como si fuera mucho más interesante que explicar qué hacía allí.

Al final fue él quien habló.

—Esto es un poco raro.

Levanté la cabeza.

—Sí.

Se pasó una mano por el pelo todavía húmedo y miró hacia algún punto del salón antes de volver a mí.

—Es que… Hugo es mi mejor amigo.

—Lo sé.

—Y tú…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Hasta unas horas antes yo había sido la novia de Hugo. Ahora estaba sentada en casa de su mejor amigo después de haberle dicho que había dejado a Hugo.. Puesto así, incluso a mí me parecía una situación bastante difícil de gestionar.

—Lo he dejado —dije, ayudándolo.

Álex asintió.

—Sí. Eso.

Volvió a quedarse callado y por primera vez pensé que quizá él estaba tan incómodo como yo. No parecía enfadado ni daba la impresión de querer que me marchara. Simplemente no sabía qué hacer conmigo, lo cual, teniendo en cuenta que yo tampoco sabía qué hacía allí, me pareció bastante razonable.

—No sé qué decirte —admitió finalmente.

Aquello me hizo mirarlo de verdad.

—No tienes que decirme nada.

—Ya, pero…

Se inclinó un poco hacia delante, apoyando los brazos sobre las piernas.

—No sé. Es Hugo.

—Lo sé.

—Y tú eres…

Se detuvo otra vez.

—¿Su exnovia? —propuse.

Álex hizo una mueca.

—Eso suena fatal.

—También es bastante reciente.

—Sí.

Bajé otra vez la mirada al vaso. Escuchar la palabra exnovia había sido peor de lo que esperaba, aunque técnicamente fuera verdad. Hacía menos de un día que había sido otra cosa y mi cabeza todavía no parecía haberse actualizado.

Álex tampoco insistió. Se quedó un rato moviendo los dedos sobre las rodillas, como si estuviera buscando algo que pudiera preguntar sin meterse donde no debía.

—¿Hugo sabe que estás aquí?

Negué.

—No.

—Vale.

Saque el móvil del bolsillo, pero no llegué a mirar la pantalla. Lo dejé boca abajo sobre la mesa.

—¿Y alguien sabe dónde estás?

Pensé en mi madre metiendo una manzana en la mochila, en Marc señalándome el bolsillo antes de salir y en el mensaje de Patri.

—Saben que he salido.

Álex frunció un poco el ceño.

—Ya, pero… ¿saben que estás aquí?

—No.

—Ah.

No hubo reproche. Solo otra pausa.

—Quizá deberías avisar —dijo al final—. Más que nada para que no se preocupen.

Asentí, aunque no hice ademán de buscar el móvil.

—Luego.

Álex pareció a punto de decir algo más, pero cambió de idea.

—Vale.

Y agradecí muchísimo que lo dejara ahí.

El móvil vibró justo cuando el silencio empezaba a hacerse demasiado visible entre los dos. No necesité darle la vuelta para imaginar los nombres que podían aparecer en la pantalla. Patri, mi madre, quizá Marc. Álex también oyó la vibración y bajó un momento la mirada hacia el móvil.

—¿Patri?

—Puede.

—¿Tu madre?

—También.

Dudó un instante antes de hacer la siguiente pregunta.

—¿Hugo?

Apreté un poco más el vaso entre las manos. No sabía si quería que fuera él, si me daba miedo que lo fuera o si simplemente todavía no estaba preparada para descubrir qué sentiría al ver su nombre.

—No sé.

Álex pareció entender que ahí había una puerta que no convenía empujar y no preguntó nada más. Yo agradecí el cambio de silencio, aunque seguía teniendo el vaso demasiado lleno entre las manos y acabé dejándolo sobre la mesa antes de tirármelo encima.

—No quiero hablar de Hugo contigo.

Álex levantó ligeramente las cejas.

—Vale.

La respuesta fue tan rápida que sentí la necesidad de explicarme, aunque en realidad acababa de decir exactamente lo que quería decir.

—No porque no quiera hablar de él.

Me escuché a mí misma y cerré los ojos un segundo.

—Eso ha sonado muy lógico.

—Muchísimo.

Me salió una pequeña exhalación que estuvo cerca de una risa, pero no llegó a serlo. Álex seguía esperando, sin intentar ayudarme a terminar la idea, y tuve que ordenar yo sola lo que quería decir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.