El día que no te buscaba

Capítulo 18. No del todo

Cuando conseguí encender el móvil conectado al cargador de Álex, la pantalla se llenó de llamadas perdidas y mensajes. Fui bajando con el dedo sin abrir ninguno. Mi madre. Patri. Marc. Otra vez mi madre.

Llamé a Marc antes de decidir que podía hacerlo dentro de cinco minutos.

Contestó antes del segundo tono.

—¿Dónde estás?

Ni hola.

—En casa de Álex.

Hubo un silencio. Al otro lado escuché una puerta.

—¿Qué Álex?

—El amigo de Hugo.

Esta vez tardó más en responder.

—Mándame la ubicación.

—Marc…

—Marina. La ubicación.

Se la mandé y me quedé junto al enchufe, con el móvil en la mano y la marca del sofá todavía en la mejilla. Había dormido casi todo el día. Seguía costándome mantener los ojos abiertos.

Cuando llegó, Álex me acompañó hasta la puerta. Le di las gracias sin mirarlo demasiado y acabé despidiéndome con una mano, como si no hubiera pasado el día entero ocupándole el sofá.

Muy normal todo.

Marc esperaba abajo. Me miró de arriba abajo antes de abrir el coche.

—¿Estás bien?

Asentí. Él siguió mirándome.

—Estoy cansada.

Se pasó una mano por la cara y arrancó. Durante el trayecto me apoyé contra la ventanilla. En un semáforo preguntó si quería parar a comprar algo para comer.

—No.

Lo dije cuando ya había vuelto a arrancar.

Marc bajó la radio.

Frente a la puerta de casa se quedó un momento con la llave en la cerradura.

—Mamá sabe que vienes conmigo.

Miré el pomo. Había pasado el camino deseando llegar y ahora no quería entrar.

—Vale.

Abrió.

Mi madre apareció desde el comedor. Se quedó quieta al verme y después cruzó el pasillo.

—Marina.

Me abrazó antes de que pudiera decir nada. La mochila se me clavó en la espalda y una de sus manos terminó en mi nuca. Noté su perfume mezclado con café y el olor de algo que había estado cocinando.

Olía a casa.

Tardé un poco en levantar los brazos. Cuando lo hice, ella apretó más.

—¿Dónde estabas?

—En casa de Álex.

Mi padre apareció detrás con las gafas puestas y el móvil en la mano.

—¿Qué Álex? —preguntó mi madre.

—El amigo de Hugo.

Marc cerró la puerta.

—Se le había quedado el móvil sin batería.

—Antes tampoco contestaba.

Mi madre tenía razón. Me acordaba de las vibraciones junto al sofá y de haber cerrado los ojos.

—Lo sé.

—Hemos llamado a Patri. Tampoco sabía nada. Y después el teléfono…

Se apartó un mechón de la cara. Mi padre seguía sujetando el móvil sin hacer nada con él.

—Pensábamos que te había pasado algo.

Yo había dormido casi todo aquel tiempo. Ellos no.

—Lo siento.

Mi madre me pasó una mano por el brazo y después fue a buscar agua. Los seguí a la cocina. Mi padre apartó una silla.

—¿Esto tiene que ver con Hugo?

Me senté antes de responder.

—Lo he dejado.

Mi madre se quedó con el vaso en la mano.

—¿Ayer?

Asentí. Esperé preguntas sobre qué había pasado o si estaba segura. Mi padre dejó por fin el móvil sobre la mesa.

—Vale.

Mi madre me acercó el agua y puso un trozo de tortilla del mediodía en un plato. No preguntó si tenía hambre.

Me pareció bien. No tenía fuerzas para otra pregunta.

Cuando subí a mi habitación, Marc vino detrás con la mochila.

—No hace falta que me escoltes.

La dejó junto al escritorio.

—Ya. Lo has hecho bastante bien sola hasta ahora.

Me senté en la cama. Quise contestarle, pero el cordón se había quedado hecho un nudo y me concentré en eso.

Marc no se fue.

—Están enfadados —dije.

—Yo también.

Levanté la cabeza.

—Ya me he dado cuenta.

—Pues por si acaso, te lo digo.

Volví al cordón. Tiré de una punta y lo apreté más.

Genial.

Marc acercó la silla del escritorio y se sentó.

—Te he llamado nueve veces.

—He visto el móvil.

—Pues entonces has visto a mamá también. Y a Patri. A todos.

Asentí.

—No sabía qué hacer, Marc.

Se quedó callado un momento. Yo aproveché para quitarme la zapatilla sin deshacer el nudo.

—Vale. Pero no puedes pretender desaparecer y que no nos preocupemos.

—No pretendía eso.

—Ya. Pero ha pasado. Mamá me llamaba a mí, yo llamaba a Patri y nadie sabía nada.

Dejé la zapatilla en el suelo. Hasta entonces había pensado en las llamadas por separado. Una que no había contestado. Otra. Otra más.

No en ellos hablándose para intentar encontrarme.

—No quería hablar con nadie.

—Pues me dices eso.

—Y me habrías preguntado por qué.

Marc abrió la boca. La cerró y se echó hacia atrás.

—Probablemente.

Lo miré.

—Pero habría sabido dónde estabas —añadió—. Y tú podrías haberme mandado a la mierda después.

—Lo habría hecho.

—Ya lo sé. Tienes práctica.

Me salió una sonrisa pequeña. A él no le duró mucho.

—Sé que necesitas tu espacio, Marina. Pero no desaparezcas del todo.

Miré la otra zapatilla.

—Es que no estaba bien.

La voz me salió más baja de lo que quería. Marc dejó de moverse en la silla.

—Ya lo estoy viendo.

—Pensaba que si salía… No sé. No quería quedarme aquí y tampoco podía ir a clase.

Me froté una marca que me había dejado el calcetín.

—No sabía dónde meterme.

Marc apoyó los codos sobre las rodillas.

—Vale. Pues si te vuelve a pasar, me dices dónde estás. Aunque añadas que no quieres verme.

—Qué agradable.

—Estoy intentando no soltarte la bronca entera. Colabora.

Bajé la vista.

—Lo siento.

Esta vez no respondió enseguida.

—Me alegro de que estés bien —dijo al final—. Mucho. Pero sigo cabreado.

Asentí. Me escocían los ojos y me dio rabia, porque creía que ya había llorado suficiente para todo el mes.

—Y si necesitas que vaya a buscarte, me llamas.

—Aunque estés enfadado.




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