Había pasado una semana desde que dejé a Hugo.
Lo sabía porque había siete pequeñas cruces en una esquina de la libreta. Una por cada día que conseguía dejar atrás, como si llevar la cuenta pudiera decirme en algún momento cuánto faltaba para que aquello dejara de doler.
De momento, siete no parecían suficientes.
La semana había ido recuperando una forma reconocible. Universidad, casa, algún rato frente al mar. Mi madre preguntándome si iba a comer como si existiera una posibilidad real de que un día dejara de necesitar alimento. Marc buscando objetos que normalmente llevaba encima. Mi padre comprobando una persiana que, según él, estaba arreglada y, según el resto de la familia, simplemente había cambiado de ruido.
Y Hugo seguía estando.
A veces conseguía olvidarme durante horas. Otras veía algo que habría querido enseñarle y mi mano llegaba al móvil antes de que mi cabeza recordara que ya no funcionábamos así.
También había abierto nuestra conversación tres veces sin escribir nada, así que tampoco hacía falta emocionarse demasiado con los progresos.
Aquella mañana marqué la séptima cruz y fui a clase.
El profesor terminó media hora antes. El aula se vació con la velocidad habitual de una evacuación y yo me quedé frente al portátil ya cerrado, pensando qué podía hacer con una tarde que acababa de quedarse demasiado larga.
Podía volver a casa.
Ir al mar.
Buscar a Patri.
Y entonces pensé en Álex.
Desde el martes solo le había escrito para darle las gracias y pedirle perdón por ocupar su sofá. Él había respondido que no pasaba nada. Dos mensajes. Una conversación apasionante.
Saqué el móvil mientras salía de la facultad.
YO: ¿Molesto?
Lo envié y guardé el teléfono.
Duré tres pasos.
Nada.
Claro. Habían pasado unos cuatro segundos.
—Muy bien, Marina.
Lo guardé otra vez. Conseguí llegar hasta la esquina antes de notar la vibración.
ÁLEX: Un poco.
Me detuve.
Qué borde.
Ya estaba buscando una respuesta suficientemente desagradable cuando llegó otro mensaje.
ÁLEX: Es broma. Ahora estoy fuera.
Solté el aire.
Idiota.
YO: Pensaba pasar un rato.
Esta vez tardó un poco más.
ÁLEX: Tengo conservatorio después. Sobre las seis estaré en casa.
Miré la hora.
Las dos y veinte.
Perfecto. Había propuesto una visita con casi cuatro horas de antelación a alguien con quien nunca había quedado porque sí.
Abrí el teclado para decirle que lo dejábamos para otro día.
ÁLEX: Si sigues queriendo venir.
Me quedé mirando la pantalla.
YO: Vale.
Ahora solo faltaba averiguar qué hacía hasta entonces.
Escribí a mi madre que comería por ahí, que después iría a casa de Álex y que volvería para cenar. Su respuesta llegó cuando estaba entrando en una panadería.
MAMÁ: Vale. Come algo de verdad.
Miré los cruasanes.
Qué capacidad para estropearme los planes incluso a distancia.
Compré un bocadillo y seguí andando.
Entré en una librería, cogí una libreta que no necesitaba y conseguí devolverla a la estantería antes de comprarla. Eso podía considerarse crecimiento financiero. Después acabé en una tienda de instrumentos, mirando un ukelele rosa que alguien había decidido fabricar por algún motivo.
El móvil vibró.
PATRI: ¿Qué haces?
YO: Matar el tiempo.
PATRI: Ven a la plaza. Estamos aquí.
Un segundo después:
PATRI: Janna también.
Me quedé junto a una fila de guitarras.
No veía a Janna desde antes de dejar a Hugo.
Miré la hora. Las tres y diez.
YO: Voy.
Vi a Patri primero, sentada sobre el respaldo de un banco como si alguien hubiera colocado el asiento en el sitio equivocado. Janna estaba a su lado, inclinada sobre un móvil que compartía con un chico que llevaba una cámara colgada del hombro.
Los escuché antes de llegar.
—Está oscura —decía él.
—Está contrastada.
—No se ve a la chica.
—Se intuye.
Patri me vio y levantó una mano.
—¡Por fin!
—Han pasado diez minutos.
—Once.
Me acerqué sonriendo, aunque la sonrisa se me frenó un poco cuando Janna levantó la cabeza.
Ella sabía que Hugo y yo lo habíamos dejado. Lo que no sabía era que su nombre había estado dentro de la conversación que había terminado con nosotros.
No había hecho nada.
Lo sabía perfectamente.
Al parecer, saber las cosas no impedía que resultaran incómodas.
—Hola —dijo.
—Hola.
Bajó el teléfono.
—¿Cómo estás?
—Tirando.
Janna hizo una pequeña mueca.
—Me parece bastante aceptable.
No preguntó más. En lugar de eso, me puso el móvil delante.
—Necesito una opinión imparcial.
En la fotografía había un puente y algo debajo que, con bastante buena voluntad, podía ser una persona.
—Está oscura.
El chico soltó una risa.
Janna retiró el teléfono.
—Qué bien. Otra.
—Gael —dijo él, mirándome.
—Marina.
—Ya lo sé.
Giré hacia Patri.
—¿Qué has contado?
—Que venías.
—Y que tenía que ser amable contigo —añadió Gael.
Patri cerró los ojos.
Janna dejó caer la cabeza hacia atrás.
Los miré a los tres.
—Ah.
Gael debió de notar algo porque dejó de sonreír.
—Eso no tenía que decirlo, ¿no?
—No —respondió Patri.
—Vale.
Se ajustó la correa de la cámara, miró un momento hacia la plaza y volvió a mirarme.
—¿Puedo empezar otra vez?
Me hizo gracia que pareciera estar preguntándolo en serio.
—Depende. ¿Tienes otra presentación preparada?
—No. Ese puede ser el problema.
Se me escapó una sonrisa.
Gael la vio y dejó de tocarse la correa.
—Hola. Soy Gael.
—Marina. Y no hace falta que estés pendiente de mí.
—Bien. Porque por lo visto se me da fatal.
Patri soltó una carcajada y terminó haciéndonos reír a todos.
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Editado: 29.10.2026