Laia me alcanzó cuando estaba intentando cerrar la mochila con la bata todavía dentro.
—Te llevas mi bolígrafo.
Bajé la vista. Lo tenía en la mano.
—Te lo estaba guardando.
—Qué considerada.
Se lo devolví y tiré otra vez de la cremallera. Laia esperó a que terminara, con su propia mochila colgada de un hombro y las gafas de laboratorio aún encima de la cabeza. Salimos juntas al pasillo mientras detrás de nosotras alguien volvía a entrar a buscar un estuche.
Habíamos pasado las últimas horas revisando muestras y discutiendo una tabla de resultados que, según el profesor, tenía que ser muy sencilla. A nosotras nos había ocupado casi toda la práctica.
—Esta tarde intento arreglarla —dije.
—No hace falta que lo hagas todo. Tú revisa los datos y yo la discusión. Luego lo juntamos.
Asentí. Al llegar a la salida, Laia miró la hora y se acordó de que tenía que coger el autobús. Se despidió levantando una mano y echó a correr con las gafas todavía en la cabeza.
Estuve a punto de gritarle que las llevaba puestas.
Después decidí que ya las encontraría.
Saqué el móvil mientras los demás se repartían entre la biblioteca y la parada. Patri me había escrito hacía unos minutos.
PATRI: Estamos en la cafetería. ¿Te vienes?
Últimamente terminaba bastante por su facultad. En la mía tenía compañeros, trabajos que repartir y conversaciones que no tenían nada que ver con ella. Con Laia empezaba incluso a quedarme después de clase sin necesitar una práctica de por medio. Pero al salir, estos días, muchas veces me apetecía buscar a Patri. La conocía lo suficiente para llegar con pocas ganas de hablar y no tener que explicar por qué.
Además, cuando decía «estamos» casi siempre significaba que podía aparecer y encontrar un sitio entre sus cosas.
YO: Voy.
Durante el camino me mandó un audio que empezó con «no hace falta que corras» y terminó con Janna protestando porque estaba grabando encima de la música del montaje.
No corrí.
Cuando llegué, las encontré junto a las ventanas, en una mesa larga ocupada por dos portátiles, varias mochilas y una bolsa de patatas. Patri levantó la cabeza sin dejar de mover el ratón.
—Mira quién ha venido.
—Me has llamado tú.
Janna me saludó y apartó un cable de mi camino. Al otro lado, Gael quitó su mochila de la silla que tenía al lado.
—Patri me ha dicho que venías. Te he guardado un sitio.
Lo miré un segundo antes de sentarme.
—Gracias.
Dejó la mochila bajo sus pies y acercó un poco su silla para que yo no quedara pegada a la pata de la mesa. Tenía la cámara guardada y una taza vacía delante. Me preguntó qué tal la mañana mientras yo sacaba un cuaderno que se había quedado doblado en la mochila.
—He aprendido que «esto lo hacemos en un momento» no significa lo mismo para un profesor que para el resto de las personas.
Gael sonrió.
—¿Ya has acabado?
—Por hoy sí.
—Pues deja eso. Parece que vayas a seguir.
Miré el cuaderno que acababa de colocar sobre la mesa y volví a guardarlo. No me había dado ni cuenta de que lo había sacado.
Me había quedado sin agua a mitad de la práctica. Gael vio la botella vacía cuando intenté meterla también en la mochila y señaló la barra.
—Voy a pedir. ¿Quieres algo?
—Agua, por favor.
Se levantó y Patri aprovechó para girarme el ordenador.
—Dime que se lee.
En la pantalla había unas letras blancas sobre una pared casi blanca.
Me incliné, intentando distinguirlas.
—Si me dices lo que pone, igual.
Janna soltó el aire y dejó caer la espalda contra la silla.
—Gracias. Llevo diez minutos diciéndoselo.
—Antes se veía mejor —protestó Patri.
—Antes estaba en negro.
Mientras discutían, Gael volvió con dos botellas y un plato. Dejó una delante de mí, apartando el cable del portátil para que no se mojara con las gotas.
—¿Has comido?
—Un bocadillo.
—Entonces no mires esto con esa cara.
Bajé la vista hacia el trozo de bizcocho que acababa de dejar en la mesa.
—No he puesto ninguna cara.
Gael cortó un pedazo con el tenedor y lo probó antes de responder. Le costó un poco más de lo que esperaba.
—Creo que tampoco te pierdes nada.
Me reí y él empujó el plato hacia el centro, por si quería comprobarlo. Cogí un trocito con los dedos cuando Patri se inclinó sobre nosotros para mirar. Janna consiguió quitarle el ratón mientras estaba distraída y cambió el título a negro.
—Ahora se lee —dije.
Patri masticó, miró la pantalla y decidió que aquello era exactamente lo que quería hacer desde el principio.
Nos quedamos allí bastante rato. A veces los cuatro estábamos metidos en la misma conversación; otras Patri y Janna se concentraban en el montaje y Gael me preguntaba algo más bajo, sin interrumpirlas. Me enseñó unas fotografías que tenía que seleccionar para clase. En una, una mujer esperaba el autobús con una bolsa entre los pies. En la siguiente aparecía hablando con un hombre que le sujetaba el abrigo.
Elegí la segunda.
Gael volvió a mirarla después de que se lo dijera y dejó marcada también la primera.
—No te he convencido mucho.
—Me gustan por cosas distintas.
Me explicó cuáles, señalando la luz en una y las manos del hombre en la otra. Yo acabé fijándome en detalles que no había visto. Me gustó escucharlo hablar sin estar pendiente de si mi respuesta iba a ser suficientemente inteligente.
Cuando Janna mencionó un documental, busqué la libreta para apuntar el título. Al abrirla encontré las cruces de la esquina.
Catorce.
Habían pasado dos semanas desde que dejé a Hugo. También desde aquella mañana en la que me presenté en casa de Álex sin saber muy bien por qué había ido hasta allí.
Miré las dos filas de marcas. Esa mañana había visto una chaqueta parecida a la suya en la parada y me había quedado mirando a un desconocido hasta que subió al autobús. Después había llegado a clase, había trabajado con Laia y me había reído de algo que ya ni recordaba.
#669 en Joven Adulto
#6067 en Novela romántica
segundas oportunidades, slow burn • friends to lovers, universidad • música • amistad
Editado: 29.10.2026