El día que no te buscaba

Capítulo 21.Curiosidad

Laia cerró el portátil cuando yo todavía estaba copiando la última frase.

—Eso lo ha dicho tres veces.

Miré mis apuntes.

También lo había escrito tres veces.

Taché dos y empecé a recoger mientras ella se colgaba la mochila. Salimos juntas del aula, esquivando a un chico que había decidido desenredar todos sus cables justo en la puerta. Laia tenía que ir a la biblioteca y me preguntó si iba con ella.

Estaba pensando qué contestar cuando vibró el móvil.

GAEL: ¿Qué haces esta tarde?

Me quedé mirando la pantalla.

—¿Marina?

Levanté la cabeza.

—Perdón. Hoy no me quedo.

Laia me señaló con el dedo antes de girar hacia las escaleras.

—Pues mañana me ayudas con lo otro.

Le dije que sí y seguí hacia la salida. Al llegar a la puerta volví a leer el mensaje de Gael, como si pudiera haber cambiado algo durante los últimos diez segundos.

No tenía planes.

Podía escribir eso.

En lugar de hacerlo, abrí la conversación con Patri.

YO: Gael me ha preguntado qué hago esta tarde.

PATRI: ¿Y qué haces?

YO: Nada.

PATRI: Se lo has puesto fácil.

Sonreí y me aparté junto a la barandilla para dejar pasar a un grupo.

YO: Todavía no he contestado.

PATRI: Marina.

PATRI: ¿Te apetece verlo?

Miré hacia la parada del autobús. La respuesta me salió antes de que encontrara una forma de complicarla.

YO: Sí.

PATRI: Pues habla con él, que yo esta tarde no puedo llevarte de la mano.

Guardé su conversación y abrí la de Gael.

YO: Nada especial. ¿Por?

GAEL: Voy a los recreativos. Luego podemos ir a por un helado, si te apetece venir conmigo.

Conmigo.

La última vez habíamos terminado solos porque los demás se habían ido. Aquello lo estaba proponiendo él desde el principio.

Me apoyé en la marquesina mientras escribía.

YO: Me apetece.

La respuesta llegó enseguida.

GAEL: Bien :) ¿A las cinco?

Acordamos dónde y guardé el móvil cuando vi aparecer el autobús. Antes de subir me dio tiempo a escribirle a Patri que al final iba a quedar.

PATRI: Menos mal. Me estaba agotando la cita y ni siquiera voy.

Me senté junto a la ventana todavía sonriendo.

Al llegar a casa encontré a Marc en el sofá, con el portátil sobre las piernas y varios apuntes extendidos por la mesa. Había dejado una taza en un hueco tan pequeño que no entendí cómo pensaba volver a cogerla.

—He quedado esta tarde —dije mientras dejaba las llaves en la entrada.

Levantó una mano sin dejar de leer.

—Vale.

Me quité la chaqueta y avancé hasta el salón.

—Con Gael.

Esta vez sí me miró.

—¿El de la cámara?

Asentí. Marc dejó el bolígrafo sobre una hoja y esperó un segundo, por si había algo más.

—Vamos a los recreativos.

—Pues que no te haga apostar dinero.

—Gracias por confiar en mí.

—Precisamente porque te conozco.

Le di un pequeño golpe en el pie al pasar. Él lo retiró sin demasiado esfuerzo y volvió a la pantalla. Me quedé mirando los papeles hasta que alzó otra vez la cabeza.

—¿Qué?

—Nada. Pensaba que ibas a decir algo más.

—Tengo un examen, Marina. Estoy reservando las palabras largas.

Me reí y dejé de invadirle la mesa. Ya estaba en el primer escalón cuando me llamó.

—Si te quieres ir y te da cosa, me escribes. Te llamo con alguna emergencia doméstica.

Me volví hacia él.

—¿De qué tipo?

—Una tubería. Algo que suene importante y no te mate del susto.

—Muy considerado.

Marc levantó el bolígrafo a modo de saludo.

—Y avisa si cambia el plan.

Le dije que sí y subí.

Pasé un rato bastante poco justificable delante del armario. Saqué una sudadera, me la puse y decidí que quizá era mejor otra. Con la segunda me ocurrió exactamente lo mismo. Al final me quedé con la primera, unos vaqueros y la chaqueta que había llevado por la mañana.

Antes de salir volví a mirarme en el espejo.

No había cambiado nada desde la última vez.

Aun así, comprobé el pelo.

Llegué diez minutos antes de las cinco. Gael ya estaba junto a la entrada de los recreativos, con una sudadera azul y las manos en los bolsillos. Cuando me vio se enderezó y sonrió antes de que yo llegara hasta él.

—Hola.

—Hola. ¿Llevas mucho?

Miró la hora.

—Más de lo que pienso reconocer.

Me reí y él se apartó de la puerta para que no estorbáramos. No llevaba la cámara colgada al cuello ni asomándole de la mochila. Me fijé en eso y después en que seguía mirándome.

—¿Qué?

Gael negó un poco con la cabeza.

—Que estás muy guapa.

Bajé la vista hacia la sudadera que había estado a punto de quitarme dos veces.

—Gracias.

No encontré otra cosa que decir. Él pareció ponerse algo más nervioso después del cumplido y se frotó las manos antes de abrir la puerta.

Eso me gustó.

Dentro, el ruido nos cayó encima casi de golpe. Música, campanas, disparos y varias máquinas anunciando a la vez que alguien había ganado algo. Se me tensaron los hombros al cruzar la entrada. Me quedé un momento mirando las luces hasta localizar un pasillo por el que no viniera gente de frente.

Gael sacó unas monedas.

—¿Por dónde empezamos?

Señalé la máquina de baloncesto, un poco apartada de los altavoces.

—Esa parece fácil.

No lo era.

Al menos para mí.

Gael encestó el primer balón y el segundo. Yo acerté con el segundo después de que el primero rebotara en el aro. El tercero ni siquiera llegó donde tenía que llegar.

Lo oí reírse a mi lado.

—No mires.

—Estamos jugando juntos.

—Pues concéntrate en lo tuyo.

Lo intentó, pero cada vez que yo fallaba de una manera especialmente absurda se le escapaba otra risa. Al final terminé riéndome también y lancé el último con tanta poca convicción que se quedó corto.

Cuando se apagó el marcador, comparé las puntuaciones.




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