El día que no te buscaba

Capítulo 22. Ahora vuelvo

Gael me propuso ir a la carpa el sábado mientras intentaba quitarme una patata del plato.

—Puedes pedir otra ración —le dije.

—Pero esta ya está aquí.

Aparté el plato antes de que llegara a cogerla. Estábamos sentados en una terraza cerca de la facultad, con las mochilas debajo de la mesa y una cuenta que ninguno de los dos había pedido todavía.

—¿Entonces? —preguntó.

—¿Entonces qué?

—Lo del sábado.

—Sí.

Sonrió y aprovechó que lo estaba mirando para robarme la patata.

Llevábamos unos días haciendo aquello. Quedar un rato y terminar pasando juntos bastante más tiempo del previsto. Mandarnos alguna tontería. Besarnos al despedirnos y tener que despedirnos otra vez porque el primer intento no había servido para que ninguno se marchara.

Me gustaba verlo.

Así que el sábado llegué a la carpa con ganas y dos minutos antes de la hora, lo que Gael consideró un asunto suficientemente grave como para comprobarlo en su móvil.

—Otra vez.

—Buenas noches a ti también.

Guardó el teléfono y se acercó. Pensé que iba a seguir con lo de la puntualidad, pero me besó antes de que pudiera preparar una defensa.

—Buenas noches —dijo entonces.

Se me quedó una sonrisa bastante poco discreta.

—Así mejor.

—Lo tendré en cuenta.

Me rozó los dedos con los suyos antes de cogerme de la mano y fuimos hacia la entrada.

Dentro hacía calor. La música llegaba hasta el suelo y había grupos parados justo donde cualquier persona con un mínimo de intención de avanzar habría preferido que no estuvieran. Gael levantó nuestras manos para pasar entre dos chicos y me giré de lado detrás de él, intentando que mi bolso no se quedara enganchado a una chaqueta.

Cuando alcanzamos la barra, se inclinó hacia mí.

—¿Agua?

Asentí.

—Ya te lo sabes.

—Soy una persona atenta.

—No exageremos. Hemos tomado algo tres veces.

—Cuatro.

Lo miré.

—El café que no te bebiste cuenta —añadió.

—Era tu café.

—Y me dijiste que estaba malo sin probarlo.

—Olía fatal.

Se rio y pidió las bebidas. Mientras esperaba, me aparté para dejar pasar a una chica que llevaba dos vasos y ninguna posibilidad de llegar con los dos enteros. Gael la vio venir y me hizo un hueco a su lado, con una mano breve en mi espalda.

Me entregó la botella abierta. Bebí mientras él pagaba y, al volverse, me encontró mirándolo.

—¿Qué?

—Nada.

Sonrió un poco, sin apartar los ojos.

—Vale.

No dijo nada más. Aquello consiguió ponerme más nerviosa que si hubiera hecho una broma.

Fui yo quien bajó la vista primero, ocupadísima de repente con el tapón del agua.

—¿Quieres bailar? —preguntó.

Miré hacia la pista.

—Querer es una palabra muy fuerte.

—Podemos empezar por acercarnos.

Le dejé mi botella en la mano para quitarme la chaqueta. La doblé como pude sobre el bolso y recuperé el agua antes de seguirlo.

Acercarnos resultó ser una descripción bastante generosa de lo que hicimos.

Un minuto después estaba bailando.

Mal, probablemente, pero tampoco había nadie tomando notas.

Gael no intentó enseñarme. Se movía delante de mí, sonriendo cada vez que yo reconocía una canción demasiado tarde, y se acercaba para decirme cosas que la mitad de las veces no entendía.

—¿Qué?

Repitió algo junto a mi oído.

—Sigo sin oírte.

Apartó un poco la cabeza.

—¡Que me gusta esta!

Miré hacia el techo, como si allí hubiera información útil sobre la canción.

—¡Podías haber asentido!

Se echó a reír.

Había una chica detrás de él que bailaba con los ojos cerrados y muchísimo más espacio del que tenía disponible. La vi levantar un brazo justo cuando Gael iba a retroceder y lo cogí de la sudadera.

—Cuidado.

Se acercó siguiendo el tirón.

—¿Me estás salvando la vida?

—La nariz, como mucho.

Miró por encima del hombro y después volvió hacia mí.

—También me sirve.

Tenía la cara cerca. Noté sus dedos en mi cintura y levanté un poco la barbilla antes de que me besara.

Esta vez ya conocía la forma que tenía de sonreír justo antes de apartarse. Me gustaba que a veces pareciera que tampoco él tenía demasiadas ganas de hacerlo.

—Gracias —murmuró.

—Por salvarte la nariz.

—Claro.

La chica volvió a mover el brazo. Gael se apartó de golpe y yo terminé riéndome contra su hombro.

—Vamos a otro sitio —dijo.

—Me parece una decisión muy madura.

Encontramos un hueco un poco más allá. Dejé el bolso y la chaqueta en un lateral, donde podía verlos, y esta vez fui yo quien buscó su mano al volver.

No me pasaba toda la noche pensando en lo que estaba haciendo. A ratos solo seguía la canción, o me fijaba en él, o intentaba recordar de qué conocía una letra que después cantaba mal con una seguridad completamente injustificada.

Gael se dio cuenta en el segundo estribillo.

—Eso no dice.

—En mi versión sí.

Se acercó a cantármela al oído. Lo hizo tan mal que tuve que apartarle la cara con una mano.

—Por favor.

—Te estoy ayudando.

—Pues déjame equivocarme sola.

Se rio y me besó en la mejilla antes de seguir bailando. El beso me pilló girada hacia la pista, sin esperarlo, y cuando lo miré tenía una expresión tan satisfecha que me salió otra risa.

Estaba a gusto.

Hasta el calor, que normalmente habría empezado a molestarme mucho antes, parecía un problema que podía resolver apartándome el pelo del cuello y bebiendo agua entre canciones.

Cuando paramos, llevaba un mechón pegado a la frente y Gael tenía que inclinarse para recuperar el aire.

—Un momento —dijo.

—¿Ya?

Me señaló sin llegar a incorporarse.

—Ahora no seas valiente.

Recogí mis cosas y salimos a una zona junto a la entrada. Fuera seguía llegando la música, pero podíamos hablar sin tener que meternos prácticamente dentro del oído del otro.




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